ISSN 2954-4300 · https://doi.org/10.32399/ICSYH.bvbuap.2954-4300.2026.8.15.933
Reseñas e intervenciones
Introducción
De nuestro estar en el mundo. Narrar como acto de rebeldía
· · ·
Helena Scully Gargallo
Diego Ferraris
Este archivo reúne textos que dialogan directa y formalmente con la idea de una razón narrativa de Francesca Gargallo, relacionándose de manera íntima y creativa con su narrativa, temas y aportaciones políticas y conceptuales, tanto en el contenido como en la forma. Todos dialogan concreta y profundamente con su ser una novelista y poeta, con su producción filosófica e histórica, así como con su feminismo autónomo y complicidades políticas que no se pueden separar de su pensamiento científico y riguroso como con sus prácticas de vida, su pluma crítica del arte y de la sociedad en general.
Por todo esto, Gargallo Celentani es una narradora, una escritora que muestra la historia de las ideas como algo vivo, plástico y concreto:
Reconsiderar la relación entre resistencia y narratividad, entendida como la relación entre una persona o un conjunto de personas que cuentan y otras que escuchan con la opción de participar, implica hoy revisar de facto las ideas clásica e iluminista de ciencia, volver los ojos a los conocimientos que la ciencia moderna desechó como constitutivos de un saber académico (propiamente «científico») y enfrentar políticamente el modelo globalizador, con sus correlativas imposiciones de una idea de necesidad. Narrar implica transmitir los diversos conocimientos de manera generosa, sumar hechos en una trama, divagar sobre sus posibles relaciones y también sintetizar; seguir un esquema y revisarlo sobre la marcha, responder a lo imprevisto. (Gargallo, Intentando acercarme a una razón narrativa, 2011)
Mis amigos
Entre ellos a: Graziella Scotese,
Edoardo Ventimiglia y
Saúl Ibargoyen
Mis amigos son sin necesidad de adornos.
Su vida en mi vida es un paso más
una brazada de navegante que hiere
la noche plateada de estaciones benignas
y lleva a cualquier tierra la libertad del mar.
A veces viajamos sin movernos
otras gastamos mucho movimiento en subir
un peldaño.
Mis amigos son una tribu que regala sus frutos
y habla de amor
para acercar nuestros brazos al futuro
y entregarle trabajo a una pasión.
Mis amigos instruyen caracolas
Así la verdad llega al oído de mi isla sagrada
y las secretas costas de todos los mares
por medio de una generosa flor de cal.
Ellos me acogen en su dicha
me piden que ahuyente su soledad
y respetan la transparencia de mis recuerdos.
Visitaciones
1
Cuando Francesca Gargallo vivía en Roma escribió sus primeros poemas. Los escribió a pedacitos, mientras estudiaba filosofía y se entregaba a la militancia y los amores. Los escribió en italiano. Y es que no sabía que sus pies la arrastrarían al otro lado del Atlántico. Ni tampoco que se dedicaría, más tarde, a los cuentos y novelas. Ni menos aun que escogería la lengua española para habitar el mundo.
De vez en cuando, Francesca despojaba a esa lengua de sus vestidos y volvía a vestirla con poemas de un intenso erotismo. Y entonces, como en apasionados retornos a casa, se acordaba de Sicilia «árida negra malvada», tierra que «canta de gusto / al viento que mueve sus naranjos», y del «mar estival» y esos lejanos días de los primeros amores.
Y así a «tus ojos morenos sobre mi piel quinceañera».
Y a los
Pequeños cajones abiertos:
pechos adolescentes.
Redes de pescar ya lanzadas
pájaros atrapados y collares.
2
Estaba fresca la tarde y el cielo sin nubes. Ella acudió a los Viveros de Coyoacán envuelta en una sonrisa. Transcurrieron las horas mientras caminábamos bajo el oleaje de los cedros y los eucaliptos. Como en un lugar sin lugar apenas y existía, allá afuera, allá a lo lejos, la ciudad que echaba humo y rugía. A veces los larguísimos silencios, silencios cómplices, eran interrumpidos por las correrías de una ardilla.
Cuando el suave sol empezaba a irse, Francesca me pidió que la acompañara a una lectura de su hija y luego de mucho andar por la selva de cemento, llegamos a un barcito donde escuché por vez primera la dulce voz de Helena.
Muchos años después, con los pies llenos de viajes, sentado nuevamente aquí en su escritorio, tratando de que las palabras no corran lejos de mí como caballos a todo galope, vuelvo a leer sus poemas y siento, como siempre que las palabras calan hondo, que fueron escritas para mí:
No sé si comprendiste
tan necesitado de luz como te siento
que te pedía
penetrar la oscuridad.
3
En Sicilia, allá por 1974, Edoardo Ventimiglia le tomó una foto. La muchacha se apoya en el tronco de un árbol caído. Sobre sus manos cruzadas como faraona, está asentado el mentón. La foto descubre el pelo revuelto de Francesca, como escapando al pañuelo atado en la frente, y su boca muy hembra. Con un ojo deliberadamente cerrado, el otro parece un sol negro. Y su cara es al mismo tiempo delicada y tajante.
Una mujer así debió estar prohibida.
Sólo una mujer así, una mujer al filo del mar, es capaz de escribir
Cuando amé sentí mío su pene
y suya mi vagina. Mis pechos
se suspendían en el aire como dardos lanzados
sentí mi vientre convertirse en un hoyo negro
en que se pierde el sentido
mis piernas capaces de atravesar el mar
mi piel no ser más que el contorno que es
pero fuerte
trazado a tinta china.
Sentía su presencia en la boca mi cuello
los pezones el ombligo
la raya de pelo que baja hasta el clítoris.
Grité y callé al amar
sonreí gemí
me reí a carcajadas
hablé canté susurré
abrí mis piernas
las cerré
lo monté me montó
rodamos besando la inmensidad infinita
de nuestros cuerpos.
4
Helena me contó que para arrullarla por las noches, sentada en el borde de la cama, Francesca leía para ella la Ilíada. Pienso que era inevitable que nos reconociéramos. No sé por qué nunca se lo dije, pero cuando yo empecé a escribir en serio, llamé a ese atadito de textos Puertas Esceas, que son las puertas que cruza Héctor para cumplir su destino ante Aquiles.
Cuando la visité en su apartamento por primera vez, charlamos las horas de las horas. Todavía huelo el perfume del café recién hecho y puedo ver nuestros ojos bien abiertos, puros en sus luces, cuando desfilaban simétricas nuestras lecturas entrañables.
Tal vez por eso, o por melancolía, puedo sentir la vida caliente de estos versos:
De repente saber que no es cierto
que pasiones tuve muchas
y me duele su agonía.
Y de estos otros:
Podrida sobre el agua aletea
la muerte de las flores
y es silencioso
el pescador con su remo.
Y sentir el desafío que le encendió el alma siempre: «lleva a cualquier tierra la libertad del mar».
5
Al poco tiempo de que nació Marcelo, Francesca me escribió para contarme uno de sus sueños. Nos veía a los dos enseñándole a nadar y poquito después Marcelo quería llegar él solo hasta una isla a mitad de la bahía. Y se iba, deslizándose por las aguas.
Pasaron unos cuantos años y en su última Nochebuena vio a Marcelo. Sentada en el comedor, Francesca jugó con él y me preguntó, como cada que hablábamos, por mi libro. Yo estaba a punto de acabarlo y, más que nunca, me iba dejando cuerpo y alma en el camino. Cansada, se fue a la cama. Helena le estiró una manta. La besé, me susurró en el oído y me fui.
De regreso al hotel, me vino a la cabeza el final de uno de sus poemas:
Hay un poema en el mundo
que no calla e invade
nuestro jardín de bugambilia.
6
Aquí estás y aquí me voy
nuevamente yo
para siempre nosotros.
Universos paralelos
Francesca está sentada en una mesita dentro del aeropuerto de la Ciudad de México; mira con desconfianza el vaso de café y no se decide a probarlo. Tiene una mano apoyada sobre la maleta a su lado, con el temor de que pueda desaparecer de un momento a otro. Está aturdida, no está acostumbrada a los viajes intercontinentales y no entiende bien qué hora es; deberían ser las siete de la mañana, hora local, pero su cuerpo aún no lo ha comprendido y le cuesta sintonizarse. En el vuelo durmió a ratos, comió toda la comida que le pusieron enfrente, leyó un poco, vio dos películas en español y, extrañamente, entendió casi todo. Un viaje tranquilo, sin turbulencias; se había dejado envolver por la atmósfera acolchada que se crea en la cabina tras unas horas de vuelo, por esa especie de hipnosis inducida que genera el zumbido de los motores. Cuando el capitán anunció que faltaba poco para llegar, empezó a mirar por la ventanilla. La megalópolis fluía debajo de ella, infinita, dibujada por las luces que dejaban adivinar grandes avenidas flanqueadas por un laberinto de calles pequeñas, mientras en el horizonte se intuía el acercamiento de la aurora. Sentía temor por lo que le esperaba, junto a una extraña sensación de familiaridad: ella nunca había estado allí.
Francesca observa el incesante ir y venir del larguísimo pasillo que parece no tener ni principio ni fin. Prueba el café aguado y tuerce la boca; le vienen a la mente frases trilladas sobre la unicidad del verdadero café italiano. El celular le da la bienvenida a México, así que se espabila y decide el plan: cambiar unos cuantos euros a pesos, encontrar la estación del metro y llegar a la dirección donde alguien la estará esperando. Le habían ofrecido ir a recogerla, pero ella respondió que prefería llegar sola; no quería obligar a madrugar a las amabilísimas personas que se habían ofrecido a hospedarla. Ahora se arrepiente de su escrúpulo excesivo, pero ya es demasiado tarde. Poco después recorre los largos pasillos subterráneos del metro: baja escaleras, sube escaleras; la maleta pesa como una losa y no hay escaleras eléctricas. Más de una persona cortés se ha ofrecido a ayudarla; tras sus dudas iniciales ha aceptado, recriminándose los prejuicios. Camina en compañía de miles de personas que se dirigen al trabajo o a sus lugares de estudio. A Francesca le llama la atención el promedio de edad tan bajo; no está acostumbrada, Italia es un país de viejos. Le cuesta trabajo subir al vagón: es la hora pico y van apretados como sardinas.
Después de algunas estaciones Francesca se baja; tiene que cambiar de línea y esa es la estación correcta. Ni siquiera ha mirado el nombre de la estación porque algo en su cabeza le ha dicho que se baje. Se queda en el andén con una expresión de sorpresa en el rostro; luego se espabila y va a consultar el mapa de la red en la pared: efectivamente se ha bajado en la estación correcta y no sabe explicarse cómo ha sido posible. Ahora no tiene tiempo para reflexionar sobre ello, no es ni el lugar ni el momento adecuado; entiende hacia dónde tiene que ir, agarra el asa de la maleta y se dirige hacia la otra línea. Y, sin embargo, siente algo anormal: le parece reconocer esos lugares, le resultan familiares. Intenta buscar una explicación: tal vez sea el cansancio del viaje, el jet lag, los sentidos agudizados por la necesidad de apañárselas en los subterráneos de una ciudad extranjera al otro lado del mundo.
Francesca reemerge a la superficie, la luz del sol la deslumbra, busca sus lentes oscuros y se los pone; mira a su alrededor, desorientada. ¿Qué tiene que hacer ahora?
Debe orientarse en la gran plaza concurrida por miles de personas que se mueven rápidamente en todas direcciones; debe entender por dónde cruzar la gran avenida congestionada por el tráfico de autos y autobuses, sin distraerse con los puestos ambulantes que venden de todo. Sin pensarlo, echa a andar en una dirección precisa como atraída por un imán; el semáforo peatonal está en verde y ella cruza a paso firme, bordea una parada de autobuses larguísimos repletos de gente, recorre un tramo de banqueta y luego da vuelta a la derecha en una calle secundaria. De pronto se detiene, tiene el corazón desbocado y la respiración fatigada; se pregunta qué está haciendo, adónde va. Un grupo de niñas con uniforme escolar pasa rápidamente a su lado; la primera de la fila la mira a los ojos, le dice «buenos días» y le sonríe; ella le devuelve la sonrisa, apenada. Saca el celular y abre el mapa, revisa la ruta: está en la calle correcta.
Francesca sacude la cabeza y mira a su alrededor; aquel pequeño local en la banqueta de enfrente, donde algunas personas están desayunando, le resulta familiar, como si lo hubiera soñado la noche anterior o como si hubiera estado allí cien veces. Siente que la cabeza le da vueltas, se sienta sobre la maleta y respira hondo; una señora se detiene y le pregunta si todo está bien; ella la tranquiliza y le da las gracias hablando en un español perfecto, sin necesidad de traducir del italiano. Se pone de pie y decide suspender el juicio: está cansada, tiene hambre y lo único que importa en este momento es llegar a casa de sus amigos. Sabe adónde tiene que ir: en el próximo cruce debe girar a la izquierda, luego inmediatamente a la derecha y finalmente otra vez a la izquierda, y la casa estará justo enfrente. Consulta el mapa para confirmarlo: todo es correcto.
Francesca está parada frente al gran portón de hierro de la casa donde se hospedará durante todo el tiempo que se quede en la Ciudad de México; no se decide a tocar, algo la frena. Siente un extraño sentimiento: le viene a la mente la palabra nostalgia, pero no sabe si es el término adecuado, unida a una sensación corporal de calor, algo que nace en el estómago y que por un instante la envuelve. Siente la necesidad de soltarse el cabello, que hasta ese momento llevaba recogido con una liga, y sacude la cabeza como para librarse del exceso de energía. Ha caminado rápido arrastrando la maleta, esa debe haber sido la causa. Se da cuenta de que tiene mucha sed; lo primero que hará será pedir un vaso de agua. Respira hondo, se acerca al portón y toca con fuerza; solo entonces se da cuenta de que podría haber llamado por teléfono para avisar que había llegado.
Le abre un hombre joven que lleva un overol manchado de grasa.
—¿Eres Francesca, la italiana?
—Sí.
—Bienvenida, te estábamos esperando. ¿Qué tal el viaje? Estarás cansada.
—Muy bien, gracias. Más que cansada, estoy confundida por el cambio de horario.
—Y de continente.
—De continente, claro.
Ambos se ríen. Él la examina, la mira directamente a los ojos.
—¿Nos hemos visto antes? ¿Ya habías estado aquí?
—No, nunca he estado en México.
—Y sin embargo…
El chico reacciona y se da un palmazo en la frente.
—¡Te estoy teniendo parada en la puerta sin dejarte entrar! Pásale, por favor. Dame la maleta, yo te la llevo.
—Gracias, eres muy amable, no te molestes.
—Hablas muy bien castellano.
—He estado en Latinoamérica otras veces y aprendí algunas palabras.
Francesca se da cuenta de que nunca había hablado español tan bien; a ella nunca se le han dado bien los idiomas. Le regresa la sensación de calor junto a un sentimiento conmovedor: esta vez le viene a la mente la palabra melancolía.
Entra en la casa y lo primero que ve es un espacio lleno de cuadros de bicicletas, parece un taller mecánico. Luego alza la vista y ve el jardín: es un patio interior lleno de plantas de todo tipo, incluso hay árboles. Todo está verdísimo, la vista es hermosa, es una sorpresa, no se lo esperaba. La arquitectura de la casa también es particular: escaleras, corredores, ventanas y puertas de habitaciones que dan al patio. Le viene a la mente Escher. Una gata se le acerca y se frota contra su pierna; ella se agacha para acariciarla y la gata la mira y maúlla. Se levanta y da una vuelta sobre sí misma: está fascinada con esa casa, siente una sintonía con ese lugar de belleza inesperada, siente que ya lo ama.
—La cocina está ahí, ¿verdad?
Sin esperar respuesta cruza el patio, abre una puerta de cristal y, efectivamente, se encuentra en la espaciosa cocina. Toma un vaso, abre la llave y lo llena; se dispone a llevárselo a los labios, pero se detiene.
—¿El agua es potable?
—¡No! Tómala de ese garrafón. Te mueves como si conocieras la casa.
—Bueno, la cocina solo podía estar aquí.
—¿Por qué?
El chico tiene razón, ella ha ido decidida en la dirección correcta. Siente un escalofrío, pero no tiene tiempo para pensarlo: ha llegado la mujer joven con la que se había estado comunicando los días anteriores. También es italiana, hija de una colega y queridísima amiga. Nunca se han visto en persona hasta ahora, pero el abrazo que se dan es largo y cálido.
—Bienvenida, Francesca, esta es tu casa.
—Sí, es mi casa.
Francesca está sentada en la gran mesa redonda en el centro del jardín, en compañía de su nueva amiga, de una pareja de jóvenes que también viven en la casa y de un hombre ya no muy joven que ha venido a propósito para conocerla. El chico del overol ha vuelto a su taller de bicicletas, tiene trabajos pendientes. La casa es un oasis de paz; fuera del portón la megalópolis ruge, pero allí dentro los ruidos llegan amortiguados y se puede conversar sin alzar la voz.
—Quería conocerte porque leí con mucho interés algunos de tus escritos sobre el movimiento feminista italiano —dice el hombre mayor.
—Te lo agradezco. Hace unos años me invitaron a México para impartir un ciclo de conferencias, pero al final no pude viajar, hubo unos contratiempos. De hecho, tengo una relación extraña con este país.
—¿Qué quieres decir? Si no me equivoco, es la primera vez que pisas México.
—Sí, es la primera vez. En realidad, tendría que haber venido hace mucho tiempo, pero el destino no lo quiso así.
—¿El destino?
—No se me ocurre otra palabra. Estudié Filosofía en la universidad La Sapienza de Roma y en 1979 debía haber venido aquí para un posgrado en estudios latinoamericanos en la unam. Ya tenía el boleto y las maletas listas, me moría de ganas de empezar una nueva aventura de vida; me acariciaba la idea de quedarme aquí mucho tiempo, no tenía boleto de regreso. A mis amigos y familia les había dicho que no sabía cuándo volvería y que tal vez no regresara nunca; estaba dispuesta a dejarme atrapar por el fascinante encanto de una nueva vida en un nuevo mundo. Incluso ahora, después de tantos años, me sigo emocionando al pensar en aquellos días frenéticos, en el entusiasmo y la energía de mi juventud.
Las personas alrededor de la mesa están pendientes de sus palabras, esperando escuchar la continuación de la historia. Ella se toma una larga pausa; por dentro necesita dominar el repentino aumento de sus latidos, tiene un nudo en la garganta y los ojos húmedos. Logra recomponerse, se aclara la garganta y continúa su relato.
—Dos días antes de partir descubrí que estaba embarazada. Decidí inmediatamente no renunciar a la maternidad, aunque estaba sola; el padre ya había desaparecido de mi vida. Así que renuncié a México, regresé a Sicilia con mi familia y traje al mundo a mi hija. Durante algunos años me dediqué exclusivamente a ser madre soltera, renunciando a todo lo demás: mis ambiciones académicas, mis estudios, mis pasiones y mi compromiso político, todo. Fue muy duro.
—Mi madre me había comentado algo. ¡Tremenda historia! —exclama su nueva amiga.
—Luego, poco a poco, volví a encauzar mi vida, retomé mi formación y la actividad política. Incluso fui concejala municipal por una lista de la izquierda radical. Luego tuve que huir de Sicilia.
—¿Huir?
—Denunciaba la complicidad entre la mafia y la política, los intereses económicos que había detrás; daba nombres. Sufrí intimidaciones y atentados, además de los infaltables insultos machistas, pero seguí adelante. Luego las amenazas se volvieron concretas, involucraban también a mi hija; tuve que abandonar Sicilia y regresar a Roma. Allí empecé otra vida, de nuevo.
—En Roma empezó tu exitosa carrera académica.
—Acompañada de grandes polémicas. Intentaba hacer de puente entre las demandas sociales de lucha y el mundo de la educación: mucho esfuerzo, pero también muchas satisfacciones.
—Mi madre dice que hubo una época en la que te invitaban siempre a la televisión.
—No exageremos, pasó tres o cuatro veces.
—Mi madre también me dijo que has viajado mucho, también por Latinoamérica, te invitaban de todas partes. Pero nunca a México.
—En realidad me invitaron varias veces aquí también, pero por una u otra razón siempre pasaba algo que me impedía viajar. Hasta que, hace unas semanas, mi hija me dijo que ya era hora de romper el hechizo y me organizó el viaje. Me acompañó al aeropuerto junto con su esposo y mis dos nietos, que ya están grandes. ¡Casi me subió al avión a la fuerza!
Mientras tanto el café está listo, riquísimo, y también aparecen algunos dulces. Las personas alrededor de la mesa aprovechan la pausa para quedarse en silencio y procesar lo que acaban de escuchar. Francesca mira a su alrededor; aún no ha visitado la casa, no sabe dónde dormirá, su maleta sigue apoyada allí cerca. ¿Por qué cree saber que detrás de la última puerta al fondo del corredor se esconde una habitación llena de libros? ¿Por qué imagina que en la gran habitación de al lado hay cuadros colgados en las paredes que cree conocer? Alza los ojos al cielo; le parece ver algo brillar, como una luz temblorosa que se manifiesta para ella, tal vez sea el reflejo de un avión que pasa, o tal vez no.
—Francesca, ¿estás bien?
Ella ahora está confundida, ve a la gente levantarse de sus sillas y acercarse, preocupada. Le parece ver también a otras personas: están en segundo plano y tienen los rostros borrosos, pero ella percibe sus miradas. Se le acerca una niña de ojos negrísimos que le sonríe y le pone una mano en el hombro; ella siente el calor de esa pequeña mano. Francesca reemerge de golpe a la superficie y se da cuenta de que se ha desmayado.
—¡Estoy bien, estoy bien! —dice casi gritando.
Las personas a su alrededor la observan, intentan comprender si está pasando algo grave, si hay que llamar a alguien, le acercan un vaso de agua fresca.
—Estoy bien, solo es el cansancio, tal vez necesite acostarme un poco. ¡Será la altura! Estoy acostumbrada a vivir a nivel del mar.
El chico que preparó el café ha cargado la maleta y está subiendo a la planta superior donde se alojará Francesca.
—¿Puedes subir las escaleras?
—Tranquilo, ya me recuperé.
Al final de la subida hay una puerta de madera que conduce a una habitación llena de cosas, un desorden ordenado. Las paredes están casi totalmente cubiertas de cuadros y fotografías, imágenes que le parece haber visto antes. El suelo cruje bajo sus pies; se da cuenta de que esto no la sorprende, conoce ese sonido. Siente una sensación de intimidad reencontrada, como la que se siente en un lugar protegido donde no hay nada que temer.
—Más adelante está el dormitorio y el baño —dice Francesca sin pensar.
—¿Cómo lo sabes?
Ella no responde; no sabe cómo lo sabe, simplemente lo sabe. El chico no insiste, le desea un buen descanso y le dice que se verán más tarde para la cena, donde podrá conocer a los demás habitantes de la casa y escuchar sobre las muchas actividades que enriquecen ese lugar. Mientras tanto, si quiere, puede darse una ducha. Francesca se lo agradece de corazón y piensa que ahora lo único que desea es dormir una buena siesta en esa habitación que le resulta tan familiar.
Francesca está acurrucada en posición fetal en la gran cama acogedora, tiene los ojos cerrados y su respiración es regular, profunda. Amortiguados, llegan los ruidos de la calle: la voz de una chica difundida por un altavoz invita a los vecinos de la zona a deshacerse de las cosas viejas, colchones, microondas, lavadoras, refrigeradores. Esa cantinela lejana es como una nana que le acaricia el alma y la invita a dejarse llevar por el sueño. Se siente como una niña en la cuna, en el calor del nido. Las mil imágenes de las últimas veinticuatro horas emergen a ratos de las profundidades de su conciencia; se manifiestan rápidamente y enseguida vuelven a hundirse para dejar sitio a otras visiones repentinas, cada vez más difusas, atenuadas. Los sonidos de la megalópolis son cada vez más débiles, lejanos, manifestaciones borrosas de otro mundo, de otra dimensión que se disuelve lentamente.
Ahora Francesca se encuentra en una gran sala llena de gente; está rodeada de personas sonrientes que la saludan, la besan y la abrazan, la felicitan por el premio que acaba de recibir, una importante distinción que se ha merecido por alguna razón que ahora se le escapa. Le gustaría pedir aclaraciones a la gente amable a su alrededor, pero se pregunta si será oportuno hacer una pregunta tan impertinente; tarde o temprano recordará el motivo de tanto reconocimiento.
Ahora Francesca está observando los cuadros colgados en las paredes de lo que parece ser una galería de arte; está en compañía de otras personas a las que conoce muy bien y discute con ellas sobre la calidad de las obras expuestas. Sus amigos la escuchan con atención y deferencia, parecen tener un gran respeto por sus opiniones. Ella dice que quiere escribir algo para publicarlo; es crítica de arte, conoce a muchos artistas.
Ahora Francesca está observando a un hombre que pinta un cuadro; él le pregunta qué opina y le sonríe; ella le devuelve la sonrisa y le dice que lo tiene que pensar.
Francesca abre los ojos y se dice que estaba soñando, aunque a ella le parecía estar despierta; más que sueños parecían recuerdos aflorados de la conciencia más profunda, como cuando se va al sótano después de muchos años y se encuentra una caja llena de objetos cuyo recuerdo se había perdido. ¿Pero recuerdos de quién? No lo sabe, pero no está turbada: se siente serena como quien reencuentra el camino a casa tras haberse perdido en el bosque al atardecer. Cierra los ojos y respira hondo.
Ahora Francesca está sentada tras una cátedra y habla ante un centenar de jóvenes que la escuchan con atención; muchos toman notas. Está orgullosa de estar allí, se siente orgullosa de ser una profesora de prestigio en una universidad importante que ella ha ayudado a crecer. Se expresa de forma decidida y directa; esto impone un poco de respeto en el aula, pero ella percibe la estima que despierta en el auditorio. De pronto oye que la llaman por su nombre, gira la cabeza hacia el origen del sonido y se encuentra sentada sobre un tronco en la selva, en algún lugar muy lejano de su ciudad. Está escuchando los relatos terribles de un grupo de mujeres que intenta llegar a la frontera con Estados Unidos; aún están muy lejos de su objetivo y se preguntan qué precio tendrán que pagar.
Francesca se levanta del suelo, levita a un metro de altura y declama:
Sin voz pizcan café al cruzar de la frontera
áfonas lavan ropa ajena
disimulan las gracias en el comedor de la casa del migrante.
Temen, por supuesto, el estupro.
La acecha desde los atavíos militares.
Los policías exigen sus gratificaciones de cuerpo
y la esclavitud sexual es negocio de traficantes.
En promedio dos violaciones cuesta el peaje
que pagan las azoradas mariposas del verde Usumacinta
a los cactos de Arizona.
Ahora Francesca está en compañía de un grupo de jóvenes compañeros y compañeras en una bonita casa de la periferia de una ciudad del sur de México. Habla con ellos en italiano, saborea la melodía y el ritmo de su lengua materna; le cuentan cómo van las cosas, los problemas, las dificultades, las tragedias y las ganas de luchar contra las injusticias. Le ponen en la mano una novela de un compañero italiano, uno de su generación, y la invitan a leerla. Ella observa la foto de portada, una famosa foto tomada en la Universidad de Roma, una foto en la que tal vez ella también estaba, confundida entre la multitud. Dice que la leerá seguro, ¿por qué no?
Ahora Francesca está inmóvil con las manos entrelazadas sobre el pecho. A su alrededor hay gente que llora en silencio; alguien le roza el rostro para darle el último adiós. Reconoce a personas a las que ama más que a sí misma; quisiera hablarles, quisiera decirles que no sufran porque ella ya no sufre. Quisiera decirles que estará siempre en sus vidas, siempre a su lado. No puede hablar, pero sabe que no hace falta: ellos ya lo saben.
Ahora Francesca está entre el sueño y la vigilia, acostada en la cama de la habitación donde descansa tras el largo viaje. De la nada aparece la niña de profundos ojos negros; la observa en silencio y ella le devuelve la mirada; permanecen así mucho tiempo, comunicándose sin necesidad de hablar, hasta que la niña se mete en la cama y busca su abrazo. Largos años de cuidado y amor recíproco reviven en pocos minutos; una energía potente la envuelve y la arrastra a un vórtice de maravilla.
Francesca se despierta gritando, con el rostro bañado en lágrimas. Le falta el aire, se esfuerza por respirar, se sienta en el borde de la cama con los pies apoyados en el suelo.
—Santo cielo, ¿qué me está pasando?
Le cuesta salir de las sugestiones del sueño; ni siquiera está segura de que haya sido solo un sueño. ¿Qué era? Se pregunta si se estará volviendo loca. Mira a su alrededor: ahora la habitación está en penumbra, el sol acaba de ponerse y la noche cae de prisa. Los ruidos del tráfico exterior llegan ahora con más fuerza; la percepción del mundo normal que sigue viviendo su vida la ayuda a salir de esa especie de trance emocional que la había arrollado. Se levanta con alguna dificultad y se dice que debe suspender el juicio, se lo repite varias veces. Se mete bajo la ducha y se queda allí mucho tiempo, disfrutando del chorro de agua casi fría que le lava las lágrimas, el sudor y las emociones intensas que la han conmocionado. Unos minutos más tarde, envuelta en la toalla, se asoma a la ventana y mira hacia el cielo, donde la pálida luz de la luna intenta abrirse paso entre la bruma. Francesca pronuncia palabras de agradecimiento al universo; no sabe muy bien por qué, pero siente que debe agradecer: algo ha llegado, se le ha hecho un regalo y todo eso no tiene precio.
Francesca está sentada ante la mesa servida para la cena en compañía de unas diez personas, todas jóvenes, que están allí por ella y hacen todo lo posible por hacerla sentir a gusto. Es de noche y, en el trozo de cielo que se entrevé entre las ramas de los árboles, asoma una estrella solitaria. La temperatura ha bajado –hace frío por la noche en la Ciudad de México–; se ha puesto una sudadera gruesa y ha cambiado las sandalias por calzado cerrado. Mira a su alrededor, feliz de esa compañía viva y charlatana; los habitantes de la casa le regalan una conversación brillante y culta, impregnada de la frescura de su juventud.
—¿Descansaste? ¿Dormiste bien? —le pregunta el chico del taller de bicicletas.
Francesca deja pasar unos segundos antes de responder; no es fácil hacer una síntesis de lo que ha vivido en las horas previas.
—Sí, dormí bien, el descanso me ha sentado de maravilla, aunque tuve unos sueños raros que me turbaron. Ahora me siento como si me hubiera quitado un peso de encima, estoy viviendo un momento de gran serenidad. Es más, me siento feliz de estar aquí con todos ustedes.
El auditorio no esperaba una respuesta de este tipo, tan íntima y confesional. La gente asiente, sonríe, pero no comenta nada. Tras un momento de silencio general, acentuado por el claxon lejano de un auto, la conversación se reanuda tan fluida como antes. Discuten sobre los proyectos que están llevando a cabo en la casa; Francesca descubre que ese lugar es un punto de encuentro utilizado por diversos grupos, colectivos y trotamundos que se dedican al arte, al teatro y a cuestiones sociales y políticas. Entonces empieza a hacer preguntas, quiere saber más; las respuestas que obtiene le resuenan como si entendiera de inmediato de qué están hablando, propone sus propias interpretaciones y se comporta como si conociera bien los temas. Mientras percibe el asombro de sus interlocutores, una parte de su cerebro observa la escena a vista de pájaro, con el desapego con el que se mira una escena de película. Se pregunta de dónde le viene esa capacidad para entender tan fácilmente cosas que deberían resultarle ajenas, cosas de otro mundo. Entonces da un paso atrás, deja de intervenir y se pone a escuchar a las personas a su alrededor; las observa con atención y le parece conocerlas de siempre, se siente como si hubiera reencontrado algo que había perdido. Podría asustarse, podría dudar de su cordura; en cambio, se siente abierta a la sorpresa, a lo inusual: le parece que el universo le está haciendo llegar algo importante e imperdible. Respira hondo y cierra los ojos, escuchando con benevolencia su tumulto interior.
—Prueba este mezcal, es artesanal —le propone su nueva amiga joven.
Ella reacciona y vuelve al presente.
—Está bien, probemos, nunca lo he tomado.
El licor le quema la garganta y le calienta el corazón; sonríe alzando el vaso en un brindis silencioso.
—Bueno, ¿cuándo sale tu vuelo de regreso? —le pregunta alguien.
—Se supone que salgo en veinte días.
—¿Te quedas tan poco? Qué pena, podrías colaborar en alguno de nuestros proyectos, para nosotros sería un honor.
Francesca lo piensa, siente la energía de esa afirmación y la alegría que le produce.
—Pensándolo bien, nada me impide quedarme más tiempo. Es más, creo que me voy a quedar. Aquí me siento en casa.
Cara Fra, come stai?
Yo te imagino como un espíritu del mar, uno spirito del mare, nadando feliz en el Mediterráneo, libre y desnuda. Estos días también estoy frente a nuestro mar, y mientras terminaba de leer tu libro Feminismos desde Abya Yala, entre un capítulo y otro me lanzaba al agua e imaginaba que nadaba contigo. Era como si estuviéramos en la playa, platicando del mundo y sus grandes temas, los que están alrededor y dentro de nosotras, con alguna pausa en el agua para «bajar lo platicado al cuerpo».
Antes de contarte todo lo que me ronda en la cabeza a partir de la lectura de tu libro, quiero decirte gracias. Gracias, Fra. El libro es bellísimo, y las experiencias que recuperas son tan profundas que no sé por qué antes solo lo había hojeado y no leído. Quizá porque requiere una atención plena, y en el momento en que quise hacerlo me era difícil tenerla. O quizá porque deseaba leerlo en el contexto de mi tesis sobre los retos políticos de las mujeres en organizaciones mixtas, cuando te había elegido como lectora externa precisamente por este libro… y luego te enfermaste. Yo no pude leerlo completo entonces, así como tú no pudiste leer mi tesis terminada. Por eso ahora, hacerlo, fue importante: un pendiente, algo que sentía que nos debía a nosotras y a nuestra amistad política, que no ha terminado.
Lo he leído desde mi propio tránsito entre Italia y Abya Yala, desde mis dilemas políticos, mis privilegios, mis heridas, mis aprendizajes. Hay tantas cosas que siempre me han hecho sentirte cerca, sentirme cerca de tu mirada particular sobre el mundo.
Venir de Italia, de una clase media alta y de esa cultura de lo que «se debe» y «no se debe» hacer, también en los afectos, una cultura del respeto al estatus. Y rebelarse a eso, desde una intuición profunda de que la vida es otra cosa, que la libertad es otra cosa. Lo es incluso allá, pero el impulso de buscar otredad era tan fuerte que nos llevó lejos, hacia el corazón pulsante de los pueblos de Abya Yala, y encontrar en México una casa, una familia humana y política. Me ha hecho sentirte cerca tu manera de buscar y encontrar una forma de estar aquí, con el cuerpo y el espíritu, de manera genuina y ética, reconociendo tus raíces y tus convicciones, siempre en hospitalidad, curiosidad y escucha profunda de la diversidad.
Me ha inspirado tanto tu manera de ser madre, en abierta oposición al modo de ser madre de tu madre (y también de la mía). Tu relación tan amorosa con Helena, sin idealizarla, pero reconociendo desde el inicio que ahí había algo radicalmente distinto y fascinante: algo libre y liberador, íntimo, una manera de ser madre feminista. Ahora puedo verlo también en mí, a mi propia manera.
Una madre que toma de la mano a su hija adolescente y juntas se van a descubrir Abya Yala, llenas de preguntas y curiosidad, encontrándose y tejiendo amistad política con mujeres que luchan, construyendo diálogos y relaciones que siguen vivas hasta hoy y forman parte del tejido de las luchas del continente. Ese capítulo de sus vidas siempre me inspiró muchísimo. Lo hablo con Helena, sobre cómo lo vivió ella, porque me encantaría hacer algo así con Leo.
Me hace sentir cerca de ti también esa relación casi inmediata que has tenido con los pueblos y con las mujeres de Abya Yala –y más específicamente con las mujeres indígenas y las mujeres feministas– y todos los interrogantes que esas relaciones despiertan dentro de una y entre nosotras.
Sabes, en febrero fui a Colombia al encuentro de mujeres De Abya Yala a Kurdistán. Tu foto estaba ahí, en el altar de nuestras ancestras. Yo la llevaba conmigo, pero antes de que pudiera ponerla, alguien más ya la había colocado, junto a tu Berta, a mi Bety y tantas otras que caminaron con y antes que nosotras en Abya Yala y en el Mediterráneo. Tal vez muchas de las mujeres con las que dialogaste. Nosotras, las vivas, bailábamos y reflexionábamos alrededor. Yo estaba tan feliz de que estuviéramos ahí, tantas, entre vivas y muertas, con la oportunidad de tejer la diversidad sin afán patriarcal de definirnos, solo con el impulso de fortalecernos mutuamente en nuestras luchas y en las luchas de nuestros pueblos. Sé que estabas feliz de ver esa celebración de la pluralidad radical como fundamento de la política de las mujeres, y de ver reunidas, en un solo lugar, mujeres negras, indígenas, blancas, mestizas, estudiantes, ex guerrilleras, obreras, maestras, campesinas, trabajadoras sexuales, artesanas, madres de desaparecidas, parteras… tantas voces cuyos ecos están en tu libro. Este libro lleno de preguntas tan importantes que te hiciste y nos hiciste, para que las sigamos contestando.
¿Desde qué lugar nos relacionamos –o me relaciono yo, mujer de origen europeo y con una serie de privilegios– con ellas, las mujeres indígenas? ¿Lo hacemos conscientes o inconscientes de qué privilegios y opresiones nos atraviesan?
¿Reproduciendo o no las dinámicas del sistema racista, de la academia, del individualismo occidental?
Nombrar estas preguntas y no tener la arrogancia de negar ese racismo estructural que nos atraviesa, aunque sintamos que no nos representa –«una ropa que está ahí y decido no usar», como bien lo describes– nos permite dialogar de corazón de mujer a corazón de mujer. Con respeto, sin ansias ni arrogancia de determinar lo que «debería» ser el mejor posicionamiento político. Solo mirando con curiosidad lo que es, cómo sentimos y luchamos, en esa diversidad hermosa, intentando comprender desde la empatía por qué es así y atreviéndonos a dejarnos transformar por la otra, si ocurre. Eso siento que hiciste en este viaje/libro.
Lo hiciste reconociendo que lo que pensamos las mujeres es tan importante que no podemos renunciar a dialogar, a posicionarnos, a proponer, a luchar, solo porque estamos atravesadas por el racismo, las modernidades, el patriarcado, los ciclos de las luchas, del capitalismo, de la comunidad, de nuestras vidas. Tenemos que hacerlo conscientes de que es así, con todo y todo. Ese todo y todo es complejo: es un viaje que va desde entender por qué, desde dónde y cómo han luchado los pueblos de Abya Yala y las mujeres de esos pueblos, hasta desmenuzar lo que atraviesa los diálogos entre mujeres que luchan: indígenas y no indígenas, feministas y no feministas, académicas y no académicas. Como tú las reconoces: «mujeres que se empeñan a trabajar por una buena vida para las otras mujeres y para sí».
Y lo desmenuzas con tanto detalle en la primera parte del libro que lo considero una formación política ineludible para nuestros tiempos. Después de ese largo contexto que nos sitúa en el lugar de tus preguntas, me pareció muy valioso que pusieras en el centro los procesos disruptivos personales, los dilemas que atraviesan el cuerpo de las compañeras de los pueblos del continente y que ellas compartieron contigo. Creo que los compartieron porque tú se los preguntaste, y se los preguntaste porque otros dilemas –diferentes y parecidos– también habían atravesado tu propio cuerpo. Hablar de eso antes que de los posicionamientos de las organizaciones es crucial y profundamente feminista: no generaliza, muestra la amplitud de caminos y de historias.
¿Cómo se transforma la identidad de las mujeres indígenas que migran a la ciudad?
¿Cómo viven salir a estudiar, lidiar con la transformación de la percepción comunitaria sobre ellas, hacer investigación y trabajo participando en sus procesos comunitarios?
¿Cómo viven el dilema desgarrador de querer reivindicar la existencia de su pueblo y su comunidad, y al mismo tiempo frenar el dolor por la violencia que esa comunidad ejerce sobre sus cuerpos y los de otras mujeres? ¿Qué les sucede al encontrarse con compañeras feministas fuera de sus pueblos? ¿Qué presiones sienten cuando se piensan como mujeres de un pueblo frente al feminismo? ¿Cómo se relacionan con los hombres de su familia y comunidad? ¿Cómo transforman su maternidad? ¿Cómo las tratan las instituciones, las organizaciones civiles, las internacionales?
Las respuestas son diversas y todas válidas, porque son vidas. Y la vida es diversa y toda es valiosa.
Y luego viene esa pregunta que para ti era tan importante, en la que intuías que había que escarbar porque en ella estaban contenidas, quizá, todas las demás preguntas:
¿Por qué algunas se dicen feministas y otras no?
Me pareció fundamental que no pusieras ningún juicio, aun asumiéndote tú como feminista. Solo escuchando, queriendo entender. Al inicio pensé: «¿qué importa en realidad cómo cada quien se asume?». Pero después de leer tu libro comprendí que la pregunta es profunda: si no la contestamos, si no revelamos los dilemas y contradicciones que trae, siempre estará ahí, estorbando nuestras interacciones, manteniéndonos alejadas, dificultando cualquier intento de construir apuestas políticas en común. Contestarla nos obliga a hablar de nuestras historias personales y colectivas, asumir nuestras transiciones y las de las otras, y clarificar nuestras apuestas.
Te imagino, alegre, recorriendo el continente haciendo esta pregunta, una pregunta difícil, pero que se percibe de las respuestas que lograste hacer con cuidado. Seguro pudiste compartir con las compañeras, cuando se prestaba el momento, otras respuestas escuchadas en otros lugares, de otras mujeres, enriqueciendo así nuestra apreciación colectiva de la diversidad de mujeres que luchamos.
Tu decisión de dedicar un capítulo a los feminismos comunitarios habla también de tu posicionamiento: reconocer que en las propuestas de los feminismos comunitarios de Guatemala y Bolivia hay claridades finas y potentes, fundamentales para nuestras luchas y nuestras vidas. Que no son feminismos derivados y adaptados del feminismo occidental, sino propios, nacidos de sus raíces, y que a la par nos hablan y nos interpelan. A mí me pasó también cuando conocí sus planteamientos: sentir que eran una síntesis política que llegaba directo al corazón, reuniendo perspectivas antipatriarcales, antirracistas, anticapitalistas, desde una espiritualidad que no separa naturaleza y humanidad, y desde una apuesta plural por una comunidad no esencialista.
Leerlos y reconocerlos me trajo muchos recuerdos. Uno en particular: cuando conocí a Adriana Guzmán y Julieta Paredes. Llegaron a la Unitierra de Oaxaca y nos preguntaron qué era la comunidad para nosotros. Y todos, muy sumergidos en la oaxaqueñidad, pensamos en el tequio, la asamblea, la fiesta. Y Adriana dijo: «para nosotras, hacer comunidad es sentir el dolor del otro y de la otra y hacer algo al respecto». Esa frase me marcó. Desde entonces entendí la diferencia entre cualquier propuesta comunitaria y una comunitaria antipatriarcal, que se posiciona en contra de la violencia desde el cuerpo-territorio.
Finalmente, leer tu libro me hizo regresar unos años atrás: diálogos, debates, encuentros, experiencias del movimiento social. Nombras Cherán, Wirikuta, luchas ejemplares por la autonomía y la defensa del territorio; San Juan Copala, Ayotzinapa y las luchas contra esos crímenes de Estado; y tantas otras luchas nuestramericanas de esos años (2010-2012 y alrededor), como el proceso de descolonización en Bolivia, el juicio por genocidio en Guatemala. Ahora estamos en otro momento, al menos en México. Leer tu libro situado en ese tiempo, coincidiendo con un momento en donde tuve un intenso accionar político, me hace preguntarme: ¿dónde estamos ahora en relación con ese momento? ¿Qué estamos diciendo ahora? Si hubieras hecho este viaje hoy, ¿qué sería distinto? ¿Qué preguntas, qué sentires, cómo siguió la apuesta, la construcción, el feminismo, la represión, la violencia? ¿Cómo están nuestros ánimos de pueblos y mujeres que luchamos?
Creo que muchos debates que el feminismo instaló han estado asentándose en los cuerpos, en los grupos y en las comunidades, en las amistades entre mujeres. Por otro lado, en México el momento no es álgido como en 2010; ha habido una acumulación de desesperanza en los últimos quince años. El avance del fascismo criminal y patriarcal en el continente es brutal. Pero también los ciclos de lucha siguen y seguirán. Los pueblos no dejan de levantarse. Las mujeres no dejan de rebelarse. Nos toca seguir tejiéndonos.
Gracias, Fra, por dejarnos esta voz, este pensamiento, esta fotografía de un momento que reúne caminos intergeneracionales de resistencia, por recuperar experiencias tan valiosas de tantas mujeres valientes. Gracias por hacerlo con cuidado. Desde aquí seguiremos caminando, escuchando y preguntándonos, recuperando la memoria, confiando y amando nuestros cuerpos, amando y defendiendo nuestros territorios, nutriendo nuestra comunidad, de la que también eres parte.
Te mando un abrazo hasta el mar
(…¡Palestina vencerá!)
Piña, de: I rituali dell’addio
«¡Ahora sal con uno de tus antídotos para sacarnos de este lío, Ramona!».
Eran las 9:58 y el taxi seguía clavado allí, no muy lejos del aeropuerto de San José.
«Mi presentación es a las 10, ¿te das cuenta?».
De hecho había que cruzar toda la capital de Costa Rica.
«¿Pero qué diablos te pusiste? Podrías usar pintalabios y ropa de mujer, de vez en cuando...».
«Ya sabes, no contesto a las provocaciones...».
Ramona seguía cepillándose el pelo y luego empezó a trenzárselo. Durante muchos años reaccionaste a su grosería con más grosería pero, se repetía a sí misma, ya sabes que eso solo lleva a inocular más veneno.
«¡Jajaja, una trenza! ¿Qué crees, que nos vamos de salida escolar?».
Ramona permaneció imperturbable ante la mirada de Flavio. Aunque una tormenta la azotaba por dentro, había aprendido, como los viejos marineros, el arte de dominar, impasible, las olas más altas.
«¿Qué haces, me ignoras?».
«No, mi amor. Solo intento evitar que estalle otra discusión… no te hace bien, tienes un congreso que estás preparando hace tiempo. ¿Echar todo por la borda por una nadería? Hagamos lo siguiente: yo termino de arreglarme y tú te quitas de encima esa ira, sacas una linda sonrisa y piensas en los últimos detalles de tu presentación…».
«¿Una nadería? ¡Declararán desierta la sesión de la que soy el coordinador! ¿A eso le llamas una nadería? Y además, hablando de nosotros, ¿te ves presentable? ¡Me vas a hacer quedar muy mal, como siempre, maldita seas!».
Flavio dio un golpe furioso al asiento. El chofer se sobresaltó, indeciso si intervenir o seguir adelante como si no hubiera pasado nada. Al cabo de unos segundos dio otro golpe más, pero esta vez, al rozar sin querer la lengüeta afilada de una lata medio abollada, se hizo un corte en la palma de la mano derecha.
«¡Maldita seas, faltaba sólo la camisa manchada de sangre! Todo por tu culpa, me haces perder la paciencia, hij…».
El taxi frenó en seco, esta vez no por culpa del tráfico.
«¡No voy a permitir que actúe así en mi taxi! ¡Bájese ahora mismo o la denunciaré! Señora, ¿se encuentra bien?».
«Lo siento mucho. No se preocupe. Déjenos aquí, en la esquina».
Fue la respuesta de Ramona, con voz de operadora telefónica, mientras revolvía en el bolso en busca de un paquete de pañuelos. Flavio, por su parte, dio un portazo y salió. El chofer se quedó helado y antes de arrancar de nuevo advirtió:
«Mire, en esa calle, justo a la izquierda después de la fuente, hay una farmacia y más adelante una comisaría».
«Gracias».
«¿Pero gracias por qué?».
Flavio frunció el ceño, mientras Ramona intentaba ser amable.
«Usted es un metido. ¡Le sugiero que no vuelva a meterse nunca más en la vida de sus clientes! ¡De lo contrario, será usted quien acabe denunciado! Mejor vámonos».
El chófer, sin decir ni una palabra, se fue. Ramona, encerrada en un caparazón de laconicidad, agarró a Flavio del brazo y lo llevó hacia la fuente; mientras él se limpiaba la camisa, ella corrió a la farmacia. Justo en ese momento se desató un aguacero furioso, parecía que alguien desde el cielo estuviera echando agua a baldazos.
«Llévenos al hotel Rico».
Lograron conseguir otro taxi, justo a tiempo para no empaparse del todo.
«Tranquilo, ya casi llegamos. ¿Enviaste un mensaje para avisar?».
«¡Tienen todos los celulares apagados o algo así!».
«Ya sabes que nunca se empieza puntual. En el programa pone que hay un cóctel de bienvenida. Seguro que todavía estarán allí, ya verás».
Fue una de las raras veces en las que él le confió y se quedó callado.
«Queridísimo doctor Ramírez, qué honor volver a verle».
Un señor, de bigote rizado, con el pelo engominado y la raya en el medio como un camellón, dio una palmada en el hombro a Flavio. Su gafete de asistente al congreso le colgaba perfectamente en el centro de una llamativa corbata a rayas, alineada a su vez con la raya de su cabello.
Sin duda un hombre simétrico, pensó Ramona, riéndose disimuladamente entre dientes.
«¡El gusto es mío! Tenía muchas ganas de conversar con usted sobre ese asunto del que le escribí hace un par de días por correo. Se trata de un negocio que hay que cerrar pronto».
Flavio había despegado, parecía un Boeing. Ahora lucía una sonrisa envidiable. Tomó una copa. «Cariño, ¿me podrías hacer el favor de recoger mi gafete en la entrada?». Murmuró con voz melosa y para que todos lo oyeran, luego se dio vuelta y volvió al tono profesional: «Llegamos atrasados y estaba angustiado por mi sesión, doctor Carrera, así que entramos rápido al salón. Mi mujer viene de un trabajo de campo que terminó justo esta mañana; le hubiera gustado pasar a cambiarse pero, por desgracia, yo tenía programada para las 8 una reunión con el doctor Gómez. Sin embargo su avión llegó a las 9, así que tuve que cambiar mis planes y verlo allí, en fin... Pero era imprescindible coincidir con él, ya que nos trajo datos importantes desde Estados Unidos».
«Bueno, por suerte está todo bien, nunca somos tan estrictos con los horarios y, al ver que usted no llegaba, alargamos un poco los rituales de bienvenida».
«Muchas gracias, muy amables. ¡Qué ricos estos pastelitos franceses! A ver, le estaba comentando…».
Una vigilante sobre los cuarenta, tan tempranamente cansada de los tacones altos, le dio dos gafetes a Ramona.
«Yo podría dejarlo».
«El de acompañante es para usted, por favor, póngaselo; es para saber a quién servirle las comidas y todo lo relacionado con la logística».
Ramona asintió. Llevaba menos de diez minutos allí y el aburrimiento ya se había vuelto más puntiagudo que vidrios rotos. Era imposible aguantar tres días de congreso. De repente, una bromelia en el patio del hotel le llamó la atención. Salió y se quedó mirándola. Le traía recuerdos de las salidas junto a su papá, con la mochila, el saco de dormir y las ollas al hombro, de aquellas infinitas noches en la membrana filarmónica del bosque. Durante unos segundos se le dibujó algo de felicidad en los labios, duró hasta que se vio obligada a volver al salón.
«Damos la palabra al doctor Ramírez».
«En Costa Rica hemos perdido cinco mil hectáreas de bosque en los últimos quince años debido a la expansión de la producción de piña. ¿Estamos conscientes de eso? Nos lo han confirmado varios grupos de investigadores independientes. Yo, por ejemplo, apoyo la postura de la bióloga del Centro de Protección de Humedales y estoy aquí para presentarles mis datos, que son el resultado de una investigación intensiva e interdisciplinar. Consulté a las comunidades como a los expertos, llevando a cabo en ambos casos mis propios levantamientos».
Nadie le quitaba los ojos de encima. Su belleza y su exuberancia, sumadas a su perspicacia, cautivaban a los presentes. Incluso Ramona se sentía atraída por aquella mujer. Quienes la conocían, entre los presentes, sabían que sacaría las garras con tal de no dar respaldo científico a una propuesta de ley deplorable.
Sol era una investigadora bastante peculiar y, desde que había comprendido la gravedad del impacto de la agroindustria de la piña en Costa Rica, había decidido mudarse a Los Chiles, en la frontera con Nicaragua, para estar allí, en el ojo del huracán.
«Quiero dejar en claro que discrepo totalmente de lo expuesto por el doctor Ramírez y el nutrido grupo de científicos comprados por las multinacionales, aparentemente ciegos ante los cambios que se están produciendo en el mundo real y ante el impacto medioambiental de ciertas medidas que ellos proponen. Me encantaría que el doctor Ramírez pudiera ir conmigo al norte, en lugar de trabajar encerrado en su laboratorio capitalino, y se quedara hablando, por ejemplo, con la familia López. Les contaré su historia, una pieza de este intrincado mosaico».
Sol había perfeccionado una técnica que cautivaba al público. Totalmente libre de sofismas, el secreto residía en el tono, en la firmeza, en las pausas colocadas en los puntos clave del discurso, en el impacto emocional que generaba, sin dejar de lado la voz fría e incontrovertible de los números. Cuando hablaba, ante Sol aparecían los rostros de todas las personas con las que había colaborado a lo largo de su investigación, las historias y los lugares devastados por los que había pasado y a los que había prometido un rescate.
«Pues bien, la familia López, tras sufrir fuertes presiones, se vio obligada a vender su parcela a un precio irrisorio. Me refiero a una tierra que como mínimo les pertenecía hace seis generaciones. Algunos inversores se han aprovechado de las dificultades en las que se encuentran. La madre del señor Manuel López padece una enfermedad rara, que requiere un esfuerzo económico que supera con creces los ingresos de sus tres hijos. Así pues, una ganga para los buitres de la agroindustria, que les hicieron la infame propuesta de trabajar por cuatro pesos en sus propias tierras, como puros jornaleros... Manuel se llevó consigo a Javier, su hijo de apenas nueve años. El caso es que, poco tiempo después, ambos fueron víctimas de una grave intoxicación causada por el bromacil, un potente agroquímico aplicado a la piña. La salud de Manuel y Javier se ve muy afectada ahora mismo. Estas son las consecuencias de lo que ustedes quieren impulsar. ¡Un cáncer que se extiende por toda nuestra Costa Rica, entre su gente, sus ríos, su tierra! ¡No en mi nombre!».
A esa altura, los ojos de Sol parecían un mar azotado por las reivindicaciones de justicia, todos los presentes se sintieron abrumados. Los organizadores se dieron cuenta de que iba a ser un simposio bien movido. Aquella noche, Ramona tardó en conciliar el sueño en el perfumado y aséptico lujo de su habitación del hotel. Durmió acompañada de los relatos de Sol, de la familia López y de sus desgracias, entre lágrimas y penas, lejos del ronquido plomizo de Flavio, sumido en un sueño profundo y plácido, de esos en los que nada podía perturbarlo.
Al final del congreso tocaba la noche de gran gala. Ramona permanecía callada, pensativa, convencida de que su silencio en una mesa tan grande pasaría sin duda desapercibido. Frente a ella estaba sentada Sol. En los días anteriores le había tentado la idea de conversar un rato con ella, pero el hecho de ser la esposa del doctor Ramírez se lo había impedido. Cuando, por casualidad, sus miradas se cruzaron, afloraba un ni siquiera tan velado desprecio de Sol. La disposición de las mesas simplemente lo acentuaba. Una repugnancia que Ramona, en realidad, sentía hacia sí misma hace ya muchos años, sin lograr salir de la monótona repetición de actos agotadores y consoladores. Incapaz de activar el impulso necesario, prefirió ahogar su tristeza de aquella noche en otra copa más de vino tinto.
Extendió su mano hacia la botella y justo en ese momento un apagón dejó a oscuras a los muy poco sobrios ponentes. Se encontró rozando la mano de Sol, que al mismo tiempo había extendido la suya. Por instinto la retiró, pero la mano de Sol se la atrapó y la entrelazó con la suya. La de Ramona estaba fría y sudorosa, mientras que la de Sol desprendía el calor de un horno de leña. De algo extremadamente remoto. Ramona estaba decidida a zafarse, pero la mano de Sol la mantenía cautiva, la palpaba, la acariciaba, la frotaba. ¡Debe de ser una venganza contra mi marido! Ramona estaba tremendamente avergonzada. ¿Qué pasaría con la carrera de Flavio si volviera la luz y las inmortalizaría tomadas de la mano? ¡Lo odia tanto que estaría dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de burlarse de él! Y seguía intentando liberarse de ella sin hacer ruido.
En medio de todo eso, volvió la luz. Una fracción de segundo antes, Sol había soltado la mano de Ramona y ni siquiera estaba cruzando su mirada; estaba ya en otra, hablando con el ingeniero que tenía a su lado. Como si nada hubiera pasado, los comensales retomaron sus animadas conversaciones.
Más tarde, Flavio y Ramona volvieron a la habitación. Eran las tres de la noche. Lo primero que ella hizo fue quitarse los zapatos de tacón y empezar a desmaquillarse. Aquella noche se había mostrado un poco más la mujer que su marido deseaba. Él se aflojó la corbata y se quitó el cinturón. La vio recostada, quitándose las medias. Como imanes, sus manos se pegaron a las nalgas de ella que, sin embargo, hizo como para rehuir.
«Estoy cansada».
Él sonrió, en un primer momento de una sonrisa comprensiva, dulce, pero luego, una vez sacada la máscara del doctor Ramírez, de otra más sórdida. Empezó a estimularse el pene. La sacudió contra la cama, le quitó el tanga; ella ya no le opuso resistencia mientras él ya disfrutaba lujuriosamente.
«¡Sol!». Exclamó al borde del orgasmo.
Ella se enfureció, aflojó los músculos de la vagina, como queriéndolo expulsarlo. Pero él volvió a la carga: le tocó los pechos tal y como sabía que a ella le gustaba, con cara de pena. Entre el susurro y el grito ahogado, Ramona insistió:
«¿Y hablas de ella mientras estás dentro de mí?».
Al principio él dijo que se le había escapado. Luego, molesto por su petulancia, estalló:
«Todo el mundo ha pensado en ella. Y yo la haría gozar hasta cerrarle esa bocota de putita ecologista».
Y siguió sin más, hasta eyacular. Medio segundo después cayó en un extraño sueño angelical. Ramona, sin embargo, no.
Consiguió cerrar los ojos, pero al poco rato se encontró en medio de un incendio. El bosque estaba en llamas y apenas tuvo el tiempo de agarrar su mochila y salir corriendo junto a su padre. Corrían como locos. Entonces, un árbol incandescente cayó y su padre interpuso su cuerpo entre la vida de Ramona y aquel palo ardiente. Quedó aplastado, ella intentaba sacarlo una y otra vez. En vano. Las llamas estaban a punto de devorarlo vivo. Entonces Ramona se quitó el suéter e intentó hacer lo que pudo, ya rodeada por el fuego. Consiguió recuperar el móvil que vio en el bolsillo de su padre, hizo una llamada de emergencia y logró empezar a correr, correr desesperadamente. El incendio no daba señales de calmarse.
«¡Despierta, dormilona!».
«No pegué un ojo esta noche, tuve una pesadilla, imagínate, estaba en el...».
«Tenemos que apurarnos, quedamos a las 10 en el vestíbulo para la visita guiada».
«Pero si somos de San José...».
«Sí, pero algunos huéspedes solo se quedan hasta las primeras horas de la tarde; son investigadores afiliados a las empresas con las que podríamos generar colaboraciones. Después tengo pensado ir al laboratorio con el doctor Carrera y un montón de cosas más». «Vale, me demoro un par de minutos, nada más…».
«Es tarde, ¿lo entiendes? ¿Vienes o no vienes?».
Un rayo de luz atravesó la habitación, haciendo resplandecer el rostro de Ramona. Aunque todavía dormida, de repente se sintió con el valor de decir, de una vez por todas y sin rodeos, lo que llevaba años sintiendo.
«¿Sabes qué? Si no te dan ganas de escucharme, me quedaré aquí un rato más descansando. ¡Ya estoy harta de pasarme todo el día aguantando tus discursos, que son como un disco rayado…! ¡Y encima diciendo diabluras!».
Flavio estaba a punto de montar un escándalo, pero echó un vistazo al reloj y se recompuso. Dio un portazo y desapareció. Por su parte, Ramona se acurrucó entre las sábanas.
«Aquí tiene su gallo pinto y su café, señora».
Ramona desayunó en el bar del hotel; entre cucharada y cucharada, le daba vueltas a lo de la pesadilla de aquella noche. Todavía estaba aturdida y la imagen de la serpiente con cabezas de piña en llamas no se le iba de la cabeza. La había vislumbrada cuando, por un instante, se había dado vuelta, intentando en vano rescatar a su padre, allí, en medio del incendio. Era la primera vez que aparecía en su mundo onírico bajo esa semblanza, una versión actualizada de aquella serpiente primigenia que siempre se asomaba en lo más recóndito de su vida. A través del ventanal volvió a ver la bromelia y volvió a pensar en los lindos momentos compartidos con su padre, pero también en aquel domingo de hacía tantos años.
Lo habían precedido unos días muy lluviosos y su padre había salido de casa provisto de una gran cesta, con la misión de recoger setas. No muy lejos de un arroyo, vio algunas bastante grandes cerca de un árbol caído. Sin darse cuenta, pisó la cola de una serpiente que en Costa Rica llaman matabuey. Era un ejemplar bastante grande y la serpiente lo mordió, inyectándole su temible veneno. A la hora de comer, el sitio de su padre en la mesa quedó vacío. Poco después, su madre fue a buscarlo al bosque y lo encontró tendido entre la hojarasca.
En el funeral, aunque conmocionada y confundida, Ramona tuvo una revelación. No la contó a nadie. De mayor se convertiría en científica y estudiaría las serpientes para extraer antídotos y salvar vidas. Así fue que a los diecinueve años extrajo su primer suero para la Lachesis stenophrys, la especie que había matado a su padre.
La mañana de su lento despertar en el hotel, ya llevaba casi dos décadas trabajando en ese rubro. Eran sus días de vacaciones y había malgastado tres en discusiones de pareja que, sin embargo y por fin, le habían hecho pensar seriamente que ya era hora de encontrar un antídoto también para su vida.
Aún sumida en todos esos pensamientos, sintió un ligero golpecito en el hombro. Era Sol.
«¡Por fin te sacaste de encima al doctor Ramírez!».
Con su voz cargada de ironía, se sentó frente a ella.
«¿Va a tomar algo?», intervino la camarera.
«Un café con leche, gracias. ¿Y usted?».
Poco después, Ramona había vuelto a la habitación. Los zapatos de tacón estaban donde los había dejado la noche anterior, el lavabo atascado de pelo, las toallas en el piso del baño, la maleta abierta de par en par en el pasillo, un libro encima del velador con un lápiz como marcapáginas. Todo sin cambios, sumido en el caos de los lugares de paso. Sin embargo, en un rincón se encontraba amontonada la ropa de Sol.
Sus pechos parecían montañas con crestas en éxtasis, que ahora se frotaban contra los voluptuosos de Ramona. Entonces fue Sol quien tomó la iniciativa y se los lamió. De inmediato, su mano se deslizó entre los muslos de su inesperada amante, la acarició describiendo un círculo que poco a poco se fue humedeciendo.
«Tienes un cuerpo divino», susurró Sol.
Ramona sintió brotar su sexualidad, hasta entonces tan floja. Estaba ocurriendo algo más grande y se sentía abrumada por una atracción impregnada de temor. Comprendió claramente que ya no podía seguir con alguien como Flavio, tan opresivo, falso y absorto en intereses mezquinos.
Había florecido como una flor que se abre tras un largo invierno.
Ahora estaban entrelazadas sin tanta timidez.
«¿Nos volveremos a ver?», preguntó Ramona, mientras Sol la miraba intensamente.
De repente, se desató un aguacero tropical.