Bajo el Volcán. Revista del Posgrado de Sociología. BUAP, Año 8, Núm. 15, noviembre de 2026 – abril de 2027, pp. 19-39.
ISSN 2954-4300 · https://doi.org/10.32399/ICSYH.bvbuap.2954-4300.2026.8.15.928

Dossier temático

Conversar y poetizar como espacios de producción de conocimiento: diálogos con Francesca Gargallo

Conversation and poetics as spaces of knowledge production: Dialogues with Francesca Gargallo

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Sandra Ivette González Ruiz
Universidad Nacional Autónoma de México, México
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-5607-8083

Recibido: 10/05/2026
Aceptado: 24/09/2026

Resumen

Este artículo propone una lectura de la obra de Francesca Gargallo a partir de un corpus integrado por su libro Feminismos desde Abya Yala, entrevistas concedidas por la autora y ensayos disponibles en su blog. El objetivo es pensar la conversación no como recurso auxiliar de investigación, sino como práctica epistemológica feminista, capaz de desplazar la autoridad académica, abrir zonas de escucha y reconocer saberes producidos en espacios históricamente considerados menores. A partir de la noción gargalleana de razón narrativa, del diálogo con mujeres indígenas y de su reflexión sobre la literatura escrita por mujeres, el texto argumenta que conversar y poetizar son modos de producir conocimiento situado. Esta lectura permite explicar la decisión metodológica de incorporar diálogos con poetas en una investigación sobre poesía escrita por mujeres durante las dictaduras en Chile y Argentina. Dichos diálogos no operaron como complemento testimonial del análisis textual, sino como una vía para reconstruir memorias, genealogías y formas de comprensión del mundo que el archivo publicado no siempre conserva.

Palabras clave: Francesca Gargallo, conversación, poesía, epistemologías feministas, razón narrativa.

Abstract

This article proposes a reading of Francesca Gargallo's work based on a corpus comprised of her book Feminisms from Abya Yala, interviews given by the author, and essays available on her blog. The aim is to consider conversation not as an auxiliary research tool, but as a feminist epistemological practice capable of displacing academic authority, opening spaces for listening, and recognizing knowledge produced in historically marginalized spaces. Drawing on Gargallo's notion of narrative reason, her dialogue with Indigenous women, and her reflections on literature written by women, the text argues that conversation and poetry are ways of producing situated knowledge. This reading explains the methodological decision to incorporate dialogues with poets into a research project on poetry written by women during the dictatorships in Chile and Argentina. These dialogues did not function as a testimonial complement to the textual analysis, but rather as a means of reconstructing memories, genealogies, and ways of understanding the world that the published archive does not always preserve.

Keywords: Francesca Gargallo, conversation, poetry, feminist epistemologies, narrative reason.

Introducción. Volver a Francesca

Este artículo nace de una incomodidad que Francesca Gargallo convirtió muchas veces en camino posible: la sospecha de que la academia más dogmática ha estrechado demasiado los lugares válidos para la producción de conocimiento. En su obra, esa sospecha no aparece como una declaración abstracta contra la Universidad, sino como una práctica insistente de desplazamiento. Francesca camina, pregunta, escucha, discute, vuelve a escribir, acepta ser corregida y recuerda que el pensamiento no entra siempre, ni únicamente, por la vía del artículo, del libro o de una cita legitimada. A veces el pensamiento aparece en mitad de una charla de café, en una asamblea estudiantil, en una carta entre amigas, en un poema, en una caminata por el parque en compañía de los perros o en una voz que no ha sido reconocida como fuente legítima de conocimiento.

Durante mi investigación sobre poesía escrita por mujeres en contextos de terrorismo de Estado, los diálogos con poetas, escritoras y pensadoras no fueron un agregado posterior para ilustrar el análisis textual, sino una forma de entrar al territorio poético desde sus propias condiciones de producción, circulación, memoria y lectura. Esa decisión, que en un principio podía parecer sencilla, fue adquiriendo densidad al volver a Francesca y reconocer que en su obra la conversación no aparece como técnica menor, sino como uno de los lugares donde el pensamiento se mueve y se moviliza.1

La pregunta que guía esta discusión es metodológica. Me propongo rastrear algunas claves presentes en la obra de Francesca Gargallo para reconocer las zonas de producción de conocimiento que ella supo identificar y defender: la conversación, la narración, la poesía y el encuentro con otras mujeres. No busco reconstruir un método cerrado, sino seguir las vías por las que su pensamiento disputa las formas tradicionalmente aceptadas de producir saber y permite imaginar metodologías feministas nutridas por el diálogo.

El corpus de este artículo está integrado por tres zonas de la producción gargalleana. La primera es Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en nuestra América, libro que desde su dedicatoria se presenta como una investigación hecha con mujeres que cruzaron sus palabras con la autora para pensar juntas (Gargallo Celentani, 2014). La segunda está conformada por entrevistas en las que Gargallo vuelve sobre su modo de investigar, especialmente cuando explica el valor del diálogo, la autoconciencia, la asamblea, el tejido y la poesía para la producción de saber. La tercera reúne ensayos de su blog donde se despliega una reflexión sobre narrar, escribir, sentir y producir conocimiento desde la literatura, como «Intentando acercarme a una razón narrativa», «La idea de sí en la literatura de mujeres en América Latina», «Escribo luego he sentido» y «Los feminismos de las mujeres indígenas: acciones autónomas y desafío epistémico».

La propuesta es recuperar algunas ideas que permiten pensar la conversación como práctica epistémica, estética y política. En esa lectura, la poesía, lejos de presentarse como ornamento sensible de la teoría, se despliega como una forma de conocer el mundo. La escritura, por su parte, no se reduce al producto final que circula en espacios académicos, sino que se entiende como el resultado de una red de conversaciones previas y de saberes que muchas veces permanecen fuera de cuadro.

En la obra de Francesca Gargallo conversar no significa únicamente hablar con otras personas para obtener información; conversar implica desplazarse del lugar de autoridad, dejarse afectar por lo escuchado, reconocer el carácter político de la interlocución y aceptar que una investigación puede transformarse cuando se encuentra con otras formas de saber. En este trabajo cruzo esta exploración de la obra gargalleana sobre la conversación como práctica de producción de conocimiento con el proceso de investigación de mi tesis «Cuerpo, violencia y transgresión. Constelaciones de mujeres que escribieron poesía durante las dictaduras en Chile y Argentina» (2020). He realizado varias publicaciones con los hallazgos y resultados de investigación; sin embargo, lo que aquí rescato es el camino que seguí guiada por Francesca. Desde esta perspectiva, los diálogos que mantuve con poetas me permitieron comprender la poesía no sólo como objeto de análisis, sino como un territorio donde las mujeres han producido memoria, teoría, historia y crítica de la violencia.

Me interesa subrayar que esta lectura de la conversación como parte de una metodología gargalleana no surge sólo de una aproximación bibliográfica a su obra. También nace de una experiencia concreta de investigación. Durante la elaboración de mi investigación doctoral la conversación con Francesca fue decisiva. Conversar con ella me llevaba a un nivel de contrastación que los documentos, por sí solos, no podían ofrecer, me abrió pistas, me obligó a revisar de nuevo y con nuevos marcos las entrevistas, me permitió ubicar silencios y me ayudó a reconocer diferencias históricas que no siempre aparecen con claridad en las fuentes escritas.

No se trataba únicamente de su papel como maestra, guía o cotutora de la tesis, aunque ese acompañamiento fue fundamental. También conversaba con una mujer atravesada por el activismo feminista de los años setenta y ochenta,2 que discutía conmigo las diferencias entre las experiencias de las poetas chilenas, marcadas por la experiencia del gobierno bajo la Unidad Popular, por la organización política feminista y por figuras como Julieta Kirkwood y Margarita Pisano, y las experiencias de las poetas argentinas, atravesadas por una serie de dictaduras, por el terrorismo de Estado, por la cárcel, el exilio y la desaparición. En esas conversaciones se fue armando una parte del marco contextual de la investigación, pero también una manera de leer el poema desde las políticas del cuerpo: no como un testimonio desencarnado de la violencia, sino como una práctica situada, escrita desde cuerpos sometidos al terror y, al mismo tiempo, capaces de producir formas diversas y creativas de resistencia, imaginación y memoria.

Ese diálogo produjo, además, un giro radical en la estructura de la tesis. En una primera versión, el trabajo comenzaba reflexionando sobre la violencia vivida por las mujeres durante las dictaduras, es decir, las formas de tortura, el disciplinamiento físico, emocional y corporal; la violencia sexual y las marcas patriarcales del terrorismo de Estado. Sólo después aparecía la poesía. Francesca me preguntó por qué iniciar con la representación de las mujeres como víctimas de la violencia y no con la poesía escrita por mujeres, es decir, con una práctica de agencia y resistencia. Esa pregunta modificó la perspectiva del trabajo, pues me permitió desplazar el punto de partida del daño hacia la escritura, del cuerpo violentado hacia el cuerpo que escribe, imagina, nombra y desordena la escena del poder.3

Por eso, al volver ahora sobre su obra, la conversación tiene un espesor metodológico fundamental. En aquella investigación intenté hacer visible ese espesor mediante notas a pie de página que señalan que ciertas ideas no provienen de una fuente documental, sino de conversaciones con Francesca y con otras compañeras. Esa decisión respondió a una preocupación que este artículo retoma: reconocer la importancia metodológica de conversar en la investigación social y humanística. No sólo pensar en la entrevista como técnica formal de recopilación de información, no sólo la aplicación de instrumentos estructurados, sino la conversación como práctica que orienta contrasta, desplaza, teje y produce conocimiento.

Un corpus de conversaciones: notas metodológicas

Leer a Francesca Gargallo exige prestar atención a una dimensión que a veces queda escondida cuando se privilegia únicamente el contenido conceptual de sus textos. Su obra no sólo dice cosas sobre los feminismos, las mujeres del sur global, la literatura o la historia de las ideas; también muestra una manera de acercarse a esos problemas. En Feminismos desde Abya Yala, por ejemplo, el gesto metodológico es inseparable del argumento político. El libro no se organiza como una extracción de datos sobre mujeres de distintos pueblos originarios para llevarlos después al lenguaje académico. Francesca insiste en la necesidad de escuchar, de reconocer los lugares desde donde se piensa y de modificar la relación con las productoras de conocimiento. En la introducción declara que la lectura de textos publicados no fue suficiente y que, cito, «urgía que cambiara mi forma de relacionarme con las productoras de conocimiento» (Gargallo Celentani, 2014, p. 18). Esa frase condensa una ética de investigación: no basta con ampliar el corpus si la investigadora conserva intacta la posición de jerarquía desde la cual lee, pregunta y clasifica.

Por eso el corpus elegido para este artículo no está compuesto sólo por textos donde Francesca «habla de diálogo». Se trata de observar cómo la conversación atraviesa su escritura. Feminismos desde Abya Yala se presenta en el prólogo a la edición venezolana como una «recopilación de diálogos de ideas» con compañeras de diversos pueblos originarios (Gargallo Celentani, 2014, p. 9). La expresión es importante porque desplaza la idea de entrevista como instrumento4 y la acerca a un intercambio de posiciones, dudas, desacuerdos, traducciones y correcciones. Francesca no narra una visita a comunidades para confirmar una hipótesis previa; narra un movimiento hacia otras mujeres que la obligaron a rehacer sus preguntas, categorías y, sobre todo, sus certezas.

Ese movimiento también está presente en «Los feminismos de las mujeres indígenas: acciones autónomas y desafío epistémico», conferencia en la que Gargallo plantea que conocer las ideas que mueven a las mujeres de los pueblos originarios implica una acción: ponerse en movimiento hacia ellas y buscar vías de diálogo (Gargallo Celentani, 2011). La formulación es sencilla y radical a la vez. Conocer no es permanecer en el lugar de observación; conocer exige moverse. El movimiento no es sólo geográfico. Es también un desajuste del cuerpo, de la lengua, del privilegio, de la autoridad intelectual y del modo en que se han aprendido a ordenar los saberes. En ese mismo texto, en el párrafo 2, escribe:

Conocer la poesía de Maya Cú Choc y conocerla personalmente ha posibilitado que me pusiera en movimiento. En 2006, le pedí a Maya que dialogáramos sobre algo que nos concernía a las dos y empezamos a cartearnos sobre el racismo, que es una relación dual, implica a quien se beneficia del racismo y a quien es explotada sistemáticamente por la existencia del fenómeno.

En ese párrafo, Gargallo evidencia la idea que articula este texto, la conversación y el movimiento como apuesta política y metodológica para la producción de conocimiento. En ese texto, además, resalta el enviarse cartas como parte de este ejercicio de coconstrucción de reflexiones, pensamientos y conocimientos sobre el racismo que, en sus palabras, le ayudó a conocerse a sí misma también.5

La entrevista de Gustavo R. Cruz y Agustina Fornero resulta clave porque permite escuchar a Francesca explicar, ya no sólo practicar, una concepción del diálogo feminista. Allí vincula el diálogo con dos prácticas políticas: la autoconciencia feminista y la asamblea indígena. Francesca no piensa el diálogo como una escena de competencia argumentativa, sino como una práctica donde la palabra de una persona abre espacio para que otra aporte, matice, haga crecer o tensione una idea. En la entrevista con Cruz y Fornero, llama a esto «diálogo aportativo del feminismo indígena»: una forma de conversación en la que responder no significa contradecir para imponerse, sino entrar en relación con lo que la otra ya puso en común (Cruz & Fornero, 2020, p. 128). En esta escena, la conversación aparece como impulso creativo y transformador; no es una antesala de la escritura, sino una forma de producir pensamiento.

Los ensayos literarios de Francesca agregan otra capa. En «Intentando acercarme a una razón narrativa», la narración aparece ligada al conocimiento, para Francesca narrar no es únicamente contar, sino volver transmisible una experiencia, darle forma y abrirla a otras personas (Gargallo Celentani, 2003). En «La idea de sí en la literatura de mujeres en América Latina», la razón narrativa se formula como un camino para acceder a un conocimiento sin pretensión universalizante, atento a lo indefinible y a lo que la enunciación vuelve verdadero en el campo de la experiencia (Gargallo Celentani, 2006). En «Escribo luego he sentido», la escritura aparece vinculada con el cuerpo, el miedo, el deseo de justicia y la poesía como una presencia que antecede y atraviesa la obra literaria (Gargallo Celentani, 2007). Estos textos permiten comprender que, para Francesca, la literatura no es un objeto separado de la vida, sino un modo de producir sentido desde experiencias que la racionalidad dominante suele considerar poco confiables.6

Las entrevistas, los ensayos del blog, las conferencias y los textos literarios de Francesca permiten seguir una ruta de pensamiento que no se deja encerrar en un solo registro. En su obra, una idea puede aparecer primero como conversación, después como ensayo, más tarde como intervención pública, como nota periodística o como poema. Una misma preocupación puede necesitar la argumentación académica, pero también la imagen poética, la narración, la memoria, la escucha o la palabra compartida.

Esta forma de leer a Francesca me permite volver sobre una intuición que ha acompañado mis investigaciones sobre escritura de mujeres en contextos de crisis y violencia: el poema también produce conocimiento. No produce el mismo tipo de conocimiento que un artículo académico ni busca probar del mismo modo, pero puede nombrar experiencias que todavía no han encontrado plena legitimidad conceptual, jurídica o política. En la poesía escrita por mujeres durante las dictaduras de Chile y Argentina, por ejemplo, la violencia sexual aparece no sólo como daño vivido, sino como una experiencia pensada desde el cuerpo, desde la memoria y desde una lengua que intenta decir aquello que otros discursos todavía no alcanzaban a reconocer del todo.

Dialogar con Francesca implica asumir que la conversación, la escritura académica, la poesía y la intervención pública no son territorios separados. En su modo de producir conocimiento, caminar, conversar, leer, poetizar y escribir forman parte de una misma práctica crítica que ayuda a romper las fronteras rígidas de los textos para dejar que el pensamiento ocurra en movimiento.

Desubicarse para escuchar: el diálogo en feminismos desde Abya Yala

Feminismos desde Abya Yala es uno de los lugares más fértiles para pensar la conversación como decisión metodológica. Desde las primeras páginas, el libro establece que la producción de conocimiento no puede separarse de la pregunta por el lugar desde donde se piensa.7 Francesca no oculta su posición de mujer blanca, universitaria, occidentalizada y formada en tradiciones filosóficas que han construido jerarquías sobre otras formas de saber. Al contrario, esa ubicación aparece como problema de la investigación. Cuando narra el diálogo con Maya Cú Choc, poeta q’eqchi’, el racismo se presenta como relación que involucra a quien pregunta y a quien escucha. La conversación comienza cuando la investigadora acepta que el racismo también la ha producido a ella, no sólo como objeto de crítica, sino como portadora de privilegios que debe aprender a reconocer (2014).

Ese punto es fundamental para pensar una metodología feminista de la conversación. No hay escucha inocente. Toda escucha está situada en condiciones de poder, cuyo análisis ha puesto sobre la mesa la pregunta fundamental por quién tiene posibilidades de ser escuchada, cómo se construyen esas condiciones de posibilidad; pero también debe interrogar la posición de quien escucha; en una conversación esos dos lugares de interrogación se alternan constantemente. Por eso Francesca no idealiza el diálogo. Sabe que conversar puede reproducir desigualdades si una de las partes llega con la intención de extraer relatos para traducirlos inmediatamente a sus propios marcos conceptuales. De ahí la importancia de desubicarse. La desubicación implica volver responsable la posición de quien investiga. Implica aceptar que las categorías disponibles pueden no alcanzar, que las preguntas deben cambiar y que la otra no está ahí para confirmar una teoría previamente escrita.

En este sentido, el diálogo con Maya Cú Choc es una escena originaria del movimiento. Como señalé apartados arriba, Francesca cuenta que conocer la poesía de Maya y conocerla personalmente hizo posible que ella se pusiera en movimiento; después le pidió dialogar sobre el racismo, algo que les concernía a ambas, aunque de maneras radicalmente distintas (Gargallo Celentani, 2014). La poesía aparece allí antes que la metodología formal. No como ornamento, sino como puerta de entrada a una relación epistémica. Leer a una poeta, escucharla y conversar con ella permite comprender que el conocimiento no nace sólo de la acumulación bibliográfica, sino de un encuentro que altera el modo de mirar.

Hay, en ese gesto, una crítica directa a la academia tradicional que se niega a reconocer conocimientos producidos fuera de sus instituciones. Francesca advierte que estudiar las teorías y posicionamientos de mujeres indígenas implica enfrentar la animadversión de una academia que no reconoce saberes generados fuera de su seno (Gargallo Celentani, 2014). Pero su crítica rebasa el hecho de denunciar una exclusión. Lo que propone, en la práctica, es cambiar la forma de relación con las mujeres que producen conocimiento. La interlocutora no es «informante», palabra que con demasiada frecuencia ha servido para convertir a las personas en proveedoras de datos; es pensadora, poeta, dirigente, intelectual, activista, creadora de categorías, traductora de mundos.

La expresión «diálogos de ideas» permite entender mejor esta diferencia. Francesca la usa para nombrar una recopilación de intercambios de posiciones sobre los feminismos y las políticas de las mujeres con compañeras de diversos pueblos originarios (Gargallo Celentani, 2014, p. 9). Un diálogo de ideas no es la suma de opiniones recogidas, sino un intercambio que produce algo que no estaba antes. En ese intercambio, el pensamiento se va haciendo entre voces, silencios, correcciones, malentendidos, traducciones y resonancias. Por eso Francesca agradece a las mujeres que le enseñaron a escuchar sus ideas y reconoce incluso las correcciones que, en un primer momento, hirieron su amor propio (Gargallo Celentani, 2014, pp. 11, 14). Esa admisión es metodológicamente valiosa, pues escuchar también significa aceptar que la propia lectura puede estar equivocada, incompleta o atravesada por hábitos y posiciones de poder.

En Feminismos desde Abya Yala (2014) enseña, además, que la conversación exige temporalidad. No basta una entrevista rápida para afirmar que se ha escuchado. Francesca habla de años de interlocución, de dudas, de indecisiones, de crisis, de cartas, viajes y convivencia. Esa temporalidad larga desafía la velocidad de ciertos modos de producción académica, orientados a resultados medibles y publicaciones continuas. En cambio, la conversación como método demanda paciencia. Hay ideas que sólo aparecen cuando la interlocución deja de estar gobernada por la ansiedad de obtener una respuesta y se vuelve espacio de confianza y pensamiento compartido.8

Café, cocina, asamblea: la conversación como práctica epistémica

Pensar la conversación desde Francesca Gargallo obliga a mirar los lugares donde esa conversación ocurre. No es lo mismo conversar en una sala de seminario que en una cocina, en una asamblea comunitaria, en una mesa de café o en el pasillo después de una presentación. Cada espacio produce formas distintas de autoridad, escucha y circulación de la palabra. En la memoria de quienes la escuchamos, Francesca aparece muchas veces hablando en espacios académicos, pero también desbordándolos al corregir la solemnidad de una discusión, defendiendo la oralidad, interrumpiendo la idea de que sólo lo publicado existe.

Guardo una escena que vuelve cada vez que intento pensar la conversación como práctica epistémica. Ocurrió durante un coloquio de doctorado, en una mesa donde participábamos varias estudiantes que trabajábamos con ella. Una compañera hablaba de su investigación sobre cartografías feministas y, en algún momento, dijo algo cercano a que todavía no había publicado sobre el tema y que, por tanto, esas ideas aún no tenían una validación formal. Francesca intervino para desplazar de inmediato esa certeza, le recordó que la escritura publicada no era la única forma de validación de un proceso de pensamiento; que ella ya había presentado su trabajo de manera oral, que había conversado con mujeres, que había puesto a circular sus preguntas y que todo eso también era producción de conocimiento. La escena importa porque no se trataba de negar la escritura ni de restar valor al trabajo académico, sino de discutir el monopolio de la publicación como prueba única de existencia intelectual.

Esa intervención condensaba algo que Francesca practicaba con insistencia, reconocer que la oralidad no era un momento previo, imperfecto o incompleto de la escritura; era un espacio donde el pensamiento se afinaba, se contrastaba, encontraba interlocutoras, se dejaba afectar y corregir.

Esta afirmación tiene consecuencias políticas. La academia tradicional ha construido jerarquías entre formas de producción: arriba, el libro y el artículo arbitrado; en un lugar secundario, la entrevista, la clase, la conferencia, la conversación, el taller; más abajo, casi fuera de la escena, las charlas de cocina, el tejido, el chisme, la memoria oral, la poesía compartida en voz alta. No se trata de negar la importancia de la escritura académica ni de romantizar todo intercambio oral. Se trata de preguntar qué relaciones de género, clase y racialización sostienen esa jerarquía. Durante mucho tiempo, las mujeres han producido pensamiento en espacios no reconocidos como intelectuales precisamente porque fueron expulsadas, marginadas o condicionadas dentro de los espacios de legitimación.

El pensamiento y la práctica de Francesca ayudan a desmontar esa división. En entrevistas, asocia el diálogo feminista con la autoconciencia y la asamblea. Los espacios de autoconciencia feminista permitieron que muchas mujeres pensaran su experiencia no como destino individual, sino como una trama política compartida; fue en esos espacios donde se tejieron, además de la organización política, saberes en torno a temas tan importantes como la violencia sexual. La asamblea, por su parte, remite a prácticas comunitarias donde la palabra circula para tejer vida comunitaria. En la lectura de Francesca, el «diálogo aportativo», con el énfasis en aportar, no elimina el conflicto; al contrario, permite que el conflicto no quede reducido al gesto de vencer. Una conversación feminista puede tener desacuerdos fuertes, pero el desacuerdo no necesita cancelar la escucha. En términos metodológicos, esto significa que la investigadora no conversa para llevar a la otra a decir lo que ella necesita, sino para abrir un campo donde las ideas puedan moverse. Esa movilidad es indispensable cuando se trabaja con la poesía, porque el poema no siempre responde a preguntas cerradas. El poema rodea, desplaza, corta, condensa, tartamudea, exagera, guarda silencio.

El café y la cocina no aparecen aquí como metáforas decorativas. Son espacios históricamente asociados a lo doméstico, al cuidado, al descanso o a la informalidad, pero también han sido lugares de elaboración política e intelectual para muchas mujeres. En torno a una mesa se han contado historias que no entraron a los expedientes; se han preparado lecturas colectivas; se han transmitido estrategias de sobrevivencia; se han sostenido duelos; se han corregido textos, se han tejido amistades y genealogías. La pregunta es qué tipo de saberes se han producido allí y por qué han sido considerados menores.

En la obra de Francesca, el tejido ofrece una imagen poderosa para pensar esta producción. En una entrevista, al hablar de su diálogo con mujeres de diversas culturas de Abya Yala, relaciona el tejer con narrar historias, imágenes y símbolos, y recuerda que el tejido remite a un saber de mujeres que muchas culturas no han reconocido como conocimiento (Cruz & Fornero, 2020). El tejido no sólo funciona como objeto artesanal; es una forma de memoria, una tecnología simbólica, una práctica narrativa. La imposición moderna de las Bellas Artes degradó muchas de esas prácticas al lugar de «arte menor», pero precisamente allí, en la zona de lo menor, también se produjo libertad, porque no todo estaba vigilado por los mismos criterios de control.

Esta reflexión es útil para leer la poesía escrita por mujeres en contextos de violencia política. Su circulación no dependió siempre del libro ni de las rutas legitimadas del campo literario. Muchas veces, el poema sobrevivió porque alguien lo copió, lo leyó en voz alta, lo guardó, lo escondió, lo pasó de mano en mano o lo sostuvo en la memoria mientras las condiciones políticas impedían publicarlo o conservarlo de manera estable. Su precariedad material muestra que el campo literario oficial no es el único lugar donde se organiza una tradición. En mi trabajo previo sobre poesía escrita por mujeres durante las dictaduras propuse pensar a las poetas como constelaciones porque sus escrituras desbordaban los límites de una genealogía lineal y permitían observar vínculos, diferencias, silencios y puntos de intensidad (González Ruiz, 2024). Esa imagen de constelación dialoga con el tejido gargalleano, ya que ambas permiten ver relaciones que no siempre se organizan bajo la forma del canon.

La conversación, entonces, puede pensarse como una práctica de tejido. Une fragmentos para hacer visibles sus relaciones. En mi investigación con poetas, conversar permitió reconstruir cómo una escritora leyó a otra, cómo un libro circuló de mano en mano, cómo se desarrollaron los talleres de poesía en las cárceles de las dictaduras, cómo una consigna feminista entró en un poema, cómo una experiencia de censura modificó una forma de decir y de nombrar. Muchas de esas relaciones no aparecen en la ficha bibliográfica ni en el análisis formal del poema, pero son decisivas para comprender su espesor histórico.

Razón narrativa y poesía

Uno de los aportes más fecundos de Francesca Gargallo para este artículo está en su reflexión sobre la razón narrativa. En «Intentando acercarme a una razón narrativa», parte de la etimología de narrar para vincular el acto de contar con el conocimiento. Me interesa seguir el desplazamiento que propone: narrar no es una actividad inferior al pensamiento abstracto, sino una forma de conocer, transmitir y dar significado a la experiencia (Gargallo Celentani, 2003).9 Esta idea resulta especialmente relevante para las investigaciones feministas, porque muchas experiencias de mujeres han sido descalificadas precisamente por presentarse como relato, memoria, testimonio, poema, carta o conversación, y no como teoría universalizante. Para analizar la historia de la poesía escrita por mujeres durante las dictadura en Chile y Argentina, hubo dos movimientos fundamentales; primero, escuchar las narraciones de las poetas que no sólo contaban sus experiencias, lo que implicó ser mujeres en medio de una guerra –como me dijo la poeta Eugenia Brito una tarde en su casa–, sino que también implicó recuperar las puntadas de esos relatos, las metáforas que iban soltando, la forma de narrar de las poetas que hablaban de un mundo masculino derrumbado por el golpe. Hay en esa forma de contar la historia matices no recuperados en otras narraciones, pedazos de historias que quedaban sueltos si no se nombraba la experiencia de las mujeres. Como he señalado en trabajos derivados de la tesis, también la poesía permitió reconstruir otro tipo de historia sobre la experiencia de la dictadura, una encarnada, una historia de los afectos.

Dice Francesca:

En un mundo determinado por una economía especulativa sectorializada, que únicamente confía en un método deductivo para producir conocimientos, narrar es una actividad vital, antisistémica, semejante a sembrar con métodos tradicionales o a migrar demostrando la mentira de la globalización (Gargallo Celentani, 2003, párr. 17).

En «La idea de sí en la literatura de mujeres en América Latina», Francesca habla de una razón narrativa que permite acceder a un conocimiento sin afán de universalidad. Esa razón no busca dominar el mundo mediante una explicación total. Más bien, trabaja con lo indefinible, con aquello que existe antes de la narración, pero que se vuelve verdadero al ser enunciado (Gargallo Celentani, 2006). Esta afirmación abre una vía para pensar la poesía como conocimiento, aunque se trate de formas de expresión distintas en varios sentidos. El poema no genera los mismos procesos de producción de conocimiento que un concepto o una categoría jurídica. No ordena necesariamente la experiencia con voluntad clasificatoria. Puede condensar una percepción histórica y construir una imagen para algo que todavía no tiene nombre.

La poesía escrita por mujeres durante las dictaduras en Chile y Argentina permite ver con claridad esta potencia. En contextos de censura, persecución, desaparición, cárcel y exilio, la poesía no fue sólo una expresión subjetiva de dolor. Fue una forma de historizar la violencia en tiempo presente, de trazar la relación entre cuerpo y política, de nombrar el doble castigo contra las mujeres militantes, presas, sobrevivientes o familiares de personas desaparecidas, y de producir un lenguaje capaz de registrar aquello que los discursos oficiales negaban o encubrían (González Ruiz, 2024). La poesía no sustituyó el testimonio ni el archivo judicial, pero abrió otro modo de saber, más fragmentario, más corporal, a veces más rápido que las categorías disponibles.

Esta producción poética condensa lo que Francesca resalta en este texto sobre la razón narrativa y su vía de acceso al conocimiento. Pienso en las reflexiones de poetas como Laura Klein y su poema «A mano alzada», donde se ve la figura de mujeres lanzadas al mar, en ese momento ella no tenía conocimiento de lo que estaba ocurriendo con los vuelos de la muerte en Argentina; sin embargo, como ella misma me dijo, la poeta funcionaba como una suerte de antena (González Ruiz, 2020). La propuesta de Francesca ayuda a comprender esta forma de saber, del conocer y aprehender lo que ocurría en tiempo real en dictadura desde la experiencia del sentir que marca la poesía; no creo que fuera la única experiencia parecida; era como si la vía poética diera acceso a una forma de conocimiento en fragmentos rotos que las poetas traducían en el verso.

En esa época, la narración estaba «rota», no había tiempo ni condiciones para escribir una novela o un cuento que permitiera narrar en tiempo presente lo ocurrido, pero la poesía ofrecía ese vehículo para ir mostrando retazos de aquella época (González Ruiz, 2020), mostrando que el pensamiento y el sentir no estaban cautivos, era esa lengua irreductible desde la cual las poetas estaban contando las atrocidades y las formas de resistirse a esas atrocidades.

Francesca habla sobre ello desde su propia relación con la literatura. En «Escribo luego he sentido», la escritura no aparece como ejercicio puramente intelectual, sino como efecto de una vida atravesada por el miedo, el deseo de justicia, la ocupación de espacios públicos y el tejido político que iba construyendo. La autora afirma allí que la poesía está en cualquier parte y que participa en la gestación de la obra literaria (Gargallo Celentani, 2007). Esta afirmación permite romper la división entre pensamiento y sensibilidad. Sentir no es lo contrario de conocer. En las escrituras de mujeres, el sentimiento no es una zona privada y menor, sino una forma de lectura del mundo. El problema es que los regímenes patriarcales del saber han usado la asociación entre mujeres, cuerpo y emoción, para desautorizar su pensamiento. La respuesta feminista no puede ser negar el cuerpo o el sentir para parecer más racionales, sino disputar la definición misma de conocimiento. En ese mismo texto, Francesca vuelve a revelar su metodología del movimiento, ocupar y caminar el espacio público es fundamental para su producción; y con una frase contundente y poderosa alude a la genealogía de la escritura de mujeres diversas y de mujeres feministas: «Fui salvada por la escritura; cortó la soga que iba a colgarme» (Gargallo Celentani, 2007, párr. 1010).

La razón narrativa gargalleana ayuda a complejizar esa disputa. Permite decir que el poema nos permite pensar, conocer y elaborar la experiencia del mundo, pero sin obligarlo a comportarse como tratado. Esto no significa abandonar el análisis riguroso; al contrario, exige otro tipo de rigor, uno capaz de atender la forma, la historia, el lugar de enunciación, las condiciones materiales de escritura, las redes de circulación y la voz de quienes produjeron esos textos.

Por eso los diálogos con poetas adquieren una relevancia particular. En una investigación literaria tradicional, la entrevista puede aparecer como fuente secundaria, sirve para aclarar intenciones, obtener datos o confirmar interpretaciones. Desde una perspectiva gargalleana, esa jerarquía se vuelve insuficiente. Conversar con poetas permite escuchar cómo ellas mismas piensan la poesía, qué lecturas reconocen, qué tradiciones disputan, qué palabras rechazan, qué silencios todavía pesan, qué escenas recuerdan como fundantes. Esa escucha no cancela el análisis textual; lo vuelve más complejo. Una poeta puede no ofrecer una «explicación» de su obra, y aun así producir conocimiento sobre el mundo que hizo posible esa escritura.

La poesía, además, tiene una relación particular con lo que no ha sido plenamente archivado. Muchas mujeres que escribieron durante las dictaduras no tuvieron condiciones de publicación estables. Algunas publicaron tardíamente textos escritos bajo el régimen. Otras circularon poemas en espacios militantes, cárceles, talleres o lecturas colectivas. Algunas fueron desaparecidas y su escritura quedó interrumpida, dispersa o conservada por otras personas. Leer esa producción exige más que reunir libros publicados. Exige escuchar rastros, buscar vínculos, preguntar a quienes estuvieron cerca, reconstruir escenas de circulación, aceptar que el archivo está atravesado por pérdidas.

El vínculo entre conversación y poesía permite pensar, entonces, una epistemología de los bordes. No los bordes como lugar romántico de marginalidad, sino como zonas donde el saber se produce sin recibir siempre el nombre de saber. Francesca escribió desde esos bordes sin abandonar la exigencia crítica. Su obra propone escuchar de otra manera, reconocer sistemas de pensamiento negados y revisar los instrumentos con los que la academia decide qué cuenta como teoría. La poesía escrita por mujeres exige una operación parecida, no basta con agregar nombres femeninos al canon, hay que modificar las preguntas con las que se lee.

Dialogar con poetas: una decisión metodológica feminista

La investigación sobre poesía escrita por mujeres durante las dictaduras partió de una pregunta por la representación de la violencia, pero pronto esa pregunta se volvió insuficiente si se formulaba sólo desde el análisis de los poemas. ¿Cómo leer una escritura nacida en contextos de terror sin reducirla a documento del daño? ¿Cómo reconocer su fuerza estética sin separarla de las condiciones históricas de violencia política de género? ¿Cómo reconstruir genealogías poéticas cuando muchas de las autoras fueron silenciadas, precarizadas, censuradas, expulsadas o leídas desde categorías que disminuían su potencia? Estas preguntas llevaron a incorporar diálogos con poetas, escritoras y pensadoras. Conversaciones que permitieran comprender el territorio poético en su espesor.

Aquí la obra de Francesca ofrece una clave para nombrar esa decisión. Si en Feminismos desde Abya Yala la autora reconoce que debía cambiar su forma de relacionarse con las productoras de conocimiento, en una investigación con poetas ocurre algo semejante. Las poetas no son objetos de estudio, ni simples autoras de textos que la investigadora interpreta desde afuera. Son productoras de conocimiento sobre distintas experiencias históricas de la vida en condiciones de crisis y terror.

En el trabajo previo, la noción de constelación me permitió agrupar a poetas reconocidas en el campo, a poetas desaparecidas, presas políticas y escritoras vinculadas a talleres o espacios feministas, no para homogeneizarlas, sino para observar relaciones entre sus escrituras y el contexto (González Ruiz, 2024). Los diálogos con poetas hicieron visible que esas constelaciones no podían reconstruirse únicamente desde publicaciones. Algunas relaciones estaban en la memoria oral. Otras aparecían en anécdotas de presentaciones, talleres o congresos. Otras surgían en la forma en que una poeta nombraba a otra como maestra, compañera, interlocutora o presencia incómoda. El archivo publicado mostraba una parte; la conversación permitía escuchar las conexiones que todavía no habían sido suficientemente escritas.

Esta decisión metodológica también implicó reconocer la dimensión política de citar. Francesca enseñó, en su práctica, que citar no consiste únicamente en cumplir una norma académica. Citar puede ser un gesto de restitución, una manera de decir con quién se piensa y a quién se le reconoce capacidad de teorizar. En el caso de las poetas, citar sus poemas y sus conversaciones permitió disputar una doble invisibilización: la que históricamente ha subordinado la literatura escrita por mujeres y la que, en contextos de dictadura, silenció o fragmentó las huellas de quienes escribieron desde la cárcel, el exilio, la clandestinidad, la precariedad o el duelo.

La conversación con poetas permitió además evitar una lectura que redujera sus obras a la violencia que representaban. Este riesgo es frecuente cuando se trabaja con escrituras producidas en contextos de terrorismo de Estado. El horror puede ocupar todo el campo interpretativo y dejar en segundo plano las estrategias poéticas, los recursos formales, el humor, la rabia, la experimentación, la sensualidad, la amistad, la ironía y la invención de lenguajes propios. Escuchar a las poetas ayudó a recordar que la escritura no sólo registra las diversas formas de las violencias; también produce desobediencia y abre otras formas de pensar la vida. En ese sentido, la conversación fue un modo de no dejar que la violencia dictara por completo la lectura.

Hay, sin embargo, una tensión que conviene no borrar. Conversar con poetas no significa entregarles toda autoridad sobre el sentido de su obra. La interpretación crítica no desaparece. Lo que cambia es la forma de situarla. La investigadora no renuncia a leer, comparar, analizar, construir categorías o discutir con los textos. Pero acepta que esa lectura está atravesada por voces que no pueden ser tratadas como accesorios. El diálogo produce una responsabilidad, cuando una poeta narra las condiciones en que escribió, cuando recuerda la censura, cuando señala una lectura injusta o cuando vincula su obra con una genealogía de mujeres, el análisis debe hacerse cargo de esa palabra, incluso si no la convierte en mandato interpretativo.

Desde Francesca, esta responsabilidad puede pensarse como una ética de la escucha. Escuchar no es obedecer sin crítica; tampoco es apropiarse de lo escuchado para hacerlo encajar en una narrativa. Es sostener una relación en la que la palabra de la otra tiene peso. En Feminismos desde Abya Yala, Francesca reconoce el temor de dejar afuera ideas o compañeras, de no haber entendido, de no poder contener la historia en acto de los pueblos originarios (Gargallo Celentani, 2014). Esa conciencia de límite es fundamental. En una investigación con poetas también hay pérdidas, huecos, malentendidos, ausencias. No todas las conversaciones fueron posibles, no todas las escritoras estaban vivas, no todos los archivos estaban disponibles, no todas las memorias podían decirse sin dolor. La metodología no elimina esas ausencias, pero puede reconocerlas y escribir desde ellas.

La conversación feminista tiene también una dimensión afectiva que no debe confundirse con falta de rigor. La confianza, la admiración, el duelo, la amistad o la incomodidad forman parte de los procesos de investigación, aunque muchas veces la escritura académica los expulse para sostener una apariencia de neutralidad. Francesca no ocultó el afecto en sus agradecimientos, prólogos y narraciones de encuentro. Tampoco confundió afecto con complacencia. Su escritura muestra que el pensamiento puede nacer de relaciones afectivas y, aun así, sostener la crítica, el conflicto y la complejidad. En el caso de los diálogos con poetas, el afecto permitió escuchar de otra manera; no para idealizar a las autoras, sino para reconocer que toda investigación sobre violencia y memoria se realiza en un campo sensible.

La decisión metodológica de dialogar con poetas puede formularse, entonces, de este modo: hablar con ellas permitió desplazar el centro de la investigación desde el poema entendido como objeto cerrado hacia el territorio poético como trama de vida, escritura, memoria y relaciones. Ese desplazamiento permitió leer los textos junto con las condiciones de su emergencia, sin reducirlos a contexto; permitió, sobre todo, entender que la poesía no sólo representa el mundo, sino que también produce conocimiento sobre el mismo.

Cierre. Seguir conversando con Francesca

Francesca Gargallo no dejó una metodología cerrada. Dejó, más bien, una manera de estar frente al conocimiento, la escritura y el mundo. Su obra permite comprender que la conversación no es un adorno de la investigación feminista, ni una estrategia amable para humanizar el trabajo académico. Es una práctica que puede modificar el lugar de quien investiga y abrir preguntas que ningún archivo, por sí solo, puede responder.

Al volver a sus textos y entrevistas, se vuelve claro que la conversación tiene en su pensamiento una fuerza creativa y transformadora. Creativa porque produce ideas, imágenes, vínculos y formas de nombrar que antes no estaban disponibles. Transformadora porque altera las relaciones de autoridad desde las cuales se decide qué cuenta como saber. En Feminismos desde Abya Yala, esa fuerza aparece en el diálogo con mujeres indígenas y en la necesidad de reconocer teorías políticas, estéticas y vitales producidas desde lugares no occidentales. En sus ensayos literarios, aparece en la razón narrativa, en la defensa de la literatura como forma de conocimiento y en la certeza de que la poesía participa en la creación de mundo. En sus entrevistas, aparece en la reivindicación del diálogo aportativo, de su reflexión sobre la asamblea, de la autoconciencia y del tejido como formas de pensamiento.

Esta lectura permite sostener que dialogar con poetas en una investigación sobre poesía escrita por mujeres durante las dictaduras fue una forma de asumir que la poesía no se agota en el texto publicado y que la memoria literaria no siempre está en el archivo visible. Las conversaciones permitieron escuchar cómo las poetas comprendían su propio lugar en una historia atravesada por violencia, censura, militancia, feminismos, precariedad y creación. También permitieron reconocer que muchas de sus preguntas sobre el cuerpo, la violencia y el lenguaje ya eran elaboraciones teóricas, aunque no siempre aparecieran bajo el formato legitimado de la teoría.

Seguir conversando con Francesca significa aceptar el desafío que su obra plantea a nuestras formas de investigar. ¿Con quiénes conversamos cuando escribimos? ¿Qué ocurre cuando una poeta, una tejedora, una sobreviviente, una amiga o una mujer que habla en una cocina nos obliga a cambiar la pregunta de nuestra investigación? Estas interrogantes no se responden de una vez. Permanecen abiertas, como permanecen abiertas las conversaciones que importan.

Quizá por eso Francesca sigue siendo una interlocutora viva para quienes investigamos desde los feminismos, la literatura, la memoria y las pedagogías críticas. No porque sus textos entreguen una fórmula, sino porque incomodan la comodidad metodológica. Nos recuerdan que no basta escribir sobre otras mujeres si no revisamos el modo en que nos acercamos a ellas. Nos recuerdan que el conocimiento también se produce en la charla, en el café, en la cocina, en la poesía y en las palabras que se cruzan para pensar juntas.

En «Escribo luego he sentido», Francesca dice:

Cada día en el mundo alguien toma la pluma o la computadora y empieza a escribir una carta, un cuento, un poema o una novela. Cada día una escritora o un escritor se inician en el afán de comunicar partiendo de sí mismos. Algunos pensarán que si son dotados se volverán ricos y famosos y el mundo será capaz de entender sus sentimientos; otros ni se fijan en ello y sólo llenan páginas y páginas de palabras: no hay nada más pasivo y obediente que una hoja de papel en blanco. La mayoría absoluta dejará la tarea sin acabar. Algunos terminarán su primer escrito. Menos aún lograrán publicarlo. Sólo una minoría restringida enfrentará un segundo o un tercer empeño literario. De ésta saldrán los escritores (Gargallo Celentani, 2007, párr. 34)

Yo escuché y conversé con Francesca, mi experiencia de acercamiento a la autora y escritora italomexicana fue escucharla; la escuché antes incluso de leer sus ideas feministas latinoamericanas; no es un acercamiento común a la producción de mujeres escritoras y referentes de la producción de conocimiento feminista; conversar con ella me permitió construir la ruta metodológica que adquirió mi investigación y que intenté reconstruir aquí de alguna manera; después de su partida, en medio de ese sentimiento de orfandad que nos dejó a varias mujeres de mi generación, volví a sus textos, me adentré a su obra y terminé de comprender lo que me expresaba en cada conversación. Comprendí cuando me decía que escribiera la tesis como si estuviera narrando una historia, como si estuviera conversando. Y entendí también el método que me propuso aquella tarde mientras conversábamos e hilábamos en su cocina.

Mensaje de Francesca del 2 de abril del 2020: Escribir es también vivir. Te deseo mucha poesía.

Referencias

Bordelois, I., & Pizarnik, A. (2024). Aquí estoy, todavía: correspondencia Ivonne Bordelois-Alejandra Pizarnik. Las Furias Editora.

Cruz, G. R. & Fornero, A. (2020). Historia de las ideas en diálogos feministas: entrevista a Francesca Gargallo Celentani. Wirapuru. Revista Latinoamericana de Estudios de las Ideas, 1(1), 120-128. https://doi.org/10.5281/zenodo.4289282.

Gargallo Celentani, F. (2003). Intentando acercarme a una razón narrativa. Intersticios. Filosofía, Arte, Religión, 8(19), 135-147. https://francescagargallo.wordpress.com/ensayos/feminismo/no-occidental/intentando-acercarme-a-una-razon-narrativa/.

Gargallo Celentani, F. (2006). La idea de sí en la literatura de mujeres en América Latina. La Manzana de la Discordia, 1(2), 91-98. https://doi.org/10.25100/lamanzanadeladiscordia.v1i2.1426.

Gargallo Celentani, F. (2007). Escribo luego he sentido. En C. Rivera Garza (coord.). La novela según los novelistas (pp. 93-105). Fondo de Cultura Económica. https://francescagargallo.wordpress.com/ensayos/ensayos-letras/escribo-luego-he-sentido/.

Gargallo Celentani, F. (2011, 25 de octubre). Los feminismos de las mujeres indígenas: acciones autónomas y desafío epistémico [Conferencia magistral]. Coloquio Memoria, violencia y acción emancipatoria. xvi Congreso Nacional de Filosofía de la Asociación Filosófica de México. Toluca, México: Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México. https://francescagargallo.wordpress.com/ensayos/feminismo/no-occidental/los-feminismos-indigenas-acciones-autonomas-desafio-epistemico/.

Gargallo Celentani, F. (2014). Feminismos desde Abya Yala: ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en nuestra América. Editorial Corte y Confección. https://francescagargallo.files.wordpress.com/2014/01/francesca-gargallo-feminismos-desde-abya-yala-ene20141.pdf.

González Ruiz, S. I. (2020). Cuerpo, violencia y transgresión: constelaciones de mujeres que escribieron poesía durante las dictaduras en Chile y Argentina [Tesis doctoral, Universidad Nacional Autónoma de México]. tesiunam. https://tesiunamdocumentos.dgb.unam.mx/ptd2020/noviembre/0805261/Index.html.

González Ruiz, S. I. (2024). Cuerpo, violencia y transgresión: poesía escrita por mujeres durante las dictaduras. En H. Cerutti Guldberg y S. Escutia Díaz (coords.). Cartografías de la violencia corporal (pp. 77-106). Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe. https://doi.org/10.22201/cialc.9786073091503e.2024.

Pizarnik, A. (2017). Nueva correspondencia (1955-1972) (i. Bordelois & C. Piña, eds.). Lumen.

Notas

  1. Durante todo mi proceso de investigación conversé mucho con Francesca, fue una de mis principales interlocutoras y eso, sin duda, cambió mi forma de pensar y hacer investigación. Fue una de mis cotutoras, pero lejos de desempeñar la dinámica clásica de vernos en alguna oficina y hablar de temas formales de la tesis, conversé con ella de muchas formas, por correo, por telegram, en cafés, paseando a su perro, comiendo juntas, en la cocina de su casa, vía correo electrónico. Conversar con Francesca desde esos lugares potenció un proceso creativo particular. Una de las cosas en las que más me insistió fue: «no te olvides de que eres una esteta, una poeta, escribe desde ahí, investiga desde ahí». ↩

  2. El 2 de agosto del 2020, en nuestro hilo de conversación por correo electrónico, Francesca me escribió: «En la lectura del capítulo de las poetas chilenas me encontré con una parte de mi juventud, las exiliadas que fueron mis amigas, mis maestras y con las cuales hice análisis político; pero también, más tarde, en los 90, con las lecturas de los feminismos más rebeldes y críticos de América Latina, una inteligencia en femenino, una poesía que enfrentaba el lenguaje mismo de la violencia patriarcal. Gracias. Sin embargo, el capítulo sobre las poetas argentinas me enseñó muchas cosas. Las diferencias del sustrato político de los países obviamente repercuten en cómo las mujeres llegan a conocerse a sí mismas». ↩

  3. Hoy, a través de la lectura de su obra, puedo entender mejor ese desplazamiento que me propuso. Iniciar por la poesía no era solamente ofrecer de entrada otra visión de las mujeres, sino también mostrar la zona y la vía a través de la cual las mujeres construyeron conocimiento sobre una época que las estaba cimbrando de muchas maneras. ↩

  4. Con esto no quiero sugerir que la entrevista deba quedar relegada ni que la conversación fuera de su estructura formal sea exclusiva de la obra gargalleana. La etnografía ha sido fundamental para reconocer el papel de la conversación, la escucha y la presencia en los procesos de investigación, desde la entrevista etnográfica hasta las conversaciones informales del trabajo de campo. Lo que aquí me interesa es observar cómo Francesca Gargallo lleva esa dimensión a su propio viaje metodológico. En su obra, conversación, escritura y movimiento convergen como una forma de conocimiento situada, estética y política, capaz de desplazar los límites entre la investigación, la narración, la poesía y la vida compartida. ↩

  5. En ese recorrido, la conversación no aparece únicamente bajo la forma del encuentro oral o de la entrevista; también se despliega en otros soportes, como las cartas, los diarios, las notas, los cuadernos y las dedicatorias. En el caso de la literatura, la correspondencia entre escritores ha sido ampliamente reconocida como un archivo de ideas, vínculos estéticos, disputas intelectuales y procesos de creación. Sin embargo, cuando se trata de cartas entre escritoras, muchas veces estos materiales quedan ubicados en un lugar menor, se leen como documentos íntimos, afectivos o biográficos.

    Pienso, por ejemplo, en Alejandra Pizarnik, una figura que con frecuencia ha sido leída desde el mito de la poeta aislada, frágil, apolítica o infantilizada. Sin negar la complejidad de su obra ni de las lecturas críticas que se han hecho sobre ella, sus cartas permiten desplazar esa imagen fija y atender otras zonas de su escritura: las redes de interlocución que sostuvo, las discusiones literarias que atravesaron su trabajo, las formas de amistad intelectual y los vínculos con otras mujeres escritoras. En ese sentido, la correspondencia no sólo complementa la obra publicada; también permite rastrear una conversación sostenida en el tiempo, una zona de pensamiento que muchas veces queda fuera del corpus considerado central. Leer esas cartas como parte de una genealogía de conversaciones entre mujeres ayuda a reconocer que la producción de conocimiento no siempre adopta la forma del ensayo, del libro o del artículo académico. A veces ocurre en una carta enviada a otra mujer, en una pregunta compartida, en una lectura comentada, en una complicidad escritural que sostiene la posibilidad misma de escribir. Véase Pizarnik (2017) y Bordelois y Pizarnik (2024). ↩

  6. Recuerdo a Francesca repetirme una frase constantemente: «no olvides que eres una poeta»; me lo dijo previó y durante mi trabajo de campo en Chile y Argentina, en esa frase me estaba hablando de una forma de mirar distinto, yo era una investigadora y desde su mirada era una investigadora y poeta, algo que conjugaba un mirar desde distintas dimensiones el problema que estaba analizando, desde esa dimensión afectiva y estética que aparece en mi trabajo. Cuando llegué a Chile, una de las entrevistadas me dijo «tú estás buscando a tus madres». Hay entonces una producción de conocimiento particular en el intersticio que supone la mirada estética, poética y social. Francesca escribió en el voto aprobatorio de mi trabajo: «El análisis de las condiciones en que las mujeres escribieron, y del recuerdo que tienen de las emociones que las impulsaron a hacerlo, revela la capacidad hermenéutica del estudio. El cuerpo que escribe es un cuerpo que siente y piensa y que, a través de la escritura de una poesía que llega a otros ojos, puede atestiguar sentimientos y resistencias diversas». ↩

  7. Retomando los postulados de la epistemología feminista sobre el conocimiento situado. ↩

  8. No puedo dejar de traer aquí otra de las prácticas sobre las que conversé con Francesca, el bordado, el bordado que también exige un ritmo distinto, un tiempo lento para hacerse, para dejar que el lenguaje de los hilos se despliegue. Los espacios de bordado son también espacios feministas de conversación, como lo eran antes, espacios para tramar y, en algunos contextos, espacios para la organización política feminista. ↩

  9. En ese mismo texto, Francesca escribe: «Yo vivo asombrada por la rigidez del mundo no narrativo, por la coraza que interpone entre los seres humanos. Contar y escuchar cuentos me es tan indispensable como acariciar o sonreír. Poner atención a las palabras de la directora del museo arqueológico de Bagdad, mientras relata en lágrimas la destrucción de piezas de hace ocho mil años durante una guerra de invasión, me pone en contacto con su humanidad, me lleva a descubrir la mía, y esto implica hacerme solidaria con ella, consciente de mi finitud y, a la vez, de mi estar en el mundo» (Gargallo Celentani, 2003, párr. 4). Francesca era una esteta, su forma de acercarse al conocimiento y al mundo era a través del movimiento, de acciones, de llevar al máximo sus sentidos y aprehender el mundo a través de los ojos y las manos y el cuerpo y la lectura y el sentimiento y la narración y el poema. Contra esta figura de un sujeto cognoscente quieto, Gargallo pone esta figura del cuerpo en movimiento, para conocer cómo lo hacía había que caminar la calle y escuchar las narraciones sobre la vida social, sus problemas y sus historias. Cada vez que la leo vuelvo a pensar en lo revolucionaria que sigue siendo su propuesta ante la rigidez y la exacerbación del neoliberalismo académico, producir más y pensar-sentir menos. Recuerdo una de las últimas charlas que tuve con ella, cuando me contaba lo difícil que le estaba siendo escribir una crítica cinematográfica, porque escribir era sólo parte del proceso; para escribir necesitaba salir y mirar y contrastar lo que había visto en la película, conversar sobre sus dudas e inquietudes y sólo después de eso sentarse a escribir. ↩

  10. Otra vez Francesca revela y se rebela contra las obligaciones de la escritura bajo el capitalismo académico, una escritura obligada, forzada a decir e, incluso, a no decir nada mientras está disfrazada de conceptos. «Para escribir se necesitan muchas cosas y ninguna en especial. Nadie puede escribir si no ama conocer y no se interesa en algo, de por vida o sucesivamente no importa. Conozco escritores que fueron expertos en geografía oceánica del siglo xvi mientras escribían una novela y se convirtieron en maestros en la alimentación luterana de Dinamarca en el siglo xix para ambientar un cuento» (Gargallo Celentani, 2007, párr. 16). Nadie puede escribir si no ama conocer, en un tiempo tan complejo entre el antiintelectualismo que reivindica la derecha y las dinámicas de trabajo bajo la visión neoliberal, es clave profundizar en esta expresión del amor y conocimiento. ↩