ISSN 2954-4300 · https://doi.org/10.32399/ICSYH.bvbuap.2954-4300.2026.8.15.900
Dossier temático
Sobre el concepto de narrativa: una aproximación epistemológica desde el pensamiento de Francesca Gargallo
On the concept of narrative: An epistemological approach based on the thought of Francesca Gargallo
· · ·
Sarai Soto
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades «Alfonso Vélez Pliego», BUAP, México
ORCID: https://orcid.org/0009-0007-8998-1499
Recibido: 31/05/2026
Aceptado: 14/09/2026
Resumen
Este trabajo se propone reflexionar en torno a las potencias epistemológicas del concepto de narrativa a partir de los aportes de la filósofa, historiadora de las ideas y escritora Francesca Gargallo. La narrativa estuvo siempre en el centro de su quehacer literario, académico y activista. Mi propuesta es que la manera particular en que ella entendía la narrativa desborda su significado meramente literario-antropológico y dota al concepto de cualidades capaces de interpelar el orden epistemológico de la modernidad occidental.
Dicho orden dominante ha construido históricamente un conjunto de jerarquías patriarcales, coloniales y capitalistas que, al organizar las formas concretas de dominación material, desarrollan las características del sujeto hegemónico de Occidente: masculino, blanco, propietario. Estas cualidades organizan también las jerarquías epistémicas, determinando qué prácticas y procesos construyen conocimiento y cuáles no.
En contraposición a lo anterior, Gargallo propone a la narrativa como un elemento dialógico-relacional capaz de producir conocimiento anclado en el cuerpo, en las sensaciones, afectos y territorio, lo que por un lado interpela las jerarquías de la modernidad occidental mientras que, por otro lado, nos deja ante el reto de abrirnos a caminos epistémicos diversos.
Palabras clave: Narrativa, epistemología, modernidad occidental, Abya Yala, feminismo.
Abstract
This paper aims to reflect on the epistemological potential of the concept of narrative based on the contributions of the philosopher, historian of ideas, and writer Francesca Gargallo. Narrative was always at the center of her literary, academic, and activist work. My argument is that the particular way in which she understood narrative transcends its merely literary-anthropological meaning and endows the concept with qualities capable of interpellate the epistemological order of Western modernity.
This dominant order has historically constructed a set of patriarchal, colonial, and capitalist hierarchies which, by organizing concrete forms of material domination, shape the characteristics of the hegemonic Western subject: male, white, and property-owning. These qualities also organize epistemic hierarchies, determining which practices and processes construct knowledge and which do not.
In contrast to this, Gargallo proposes narrative as a dialogical-relational element capable of producing knowledge anchored in the body, in sensations, affections, and territory, which, on the one hand, interpellates the hierarchies of Western modernity while, on the other hand, presents us with the challenge of opening ourselves up to diverse epistemic paths.
Keywords: Narrative, epistemology, western modernity, Abya Yala, feminism.
Paso de la poesía a la investigación social sin interrupción, así como una aguja entra y sale de la tela.
Francesca Gargallo
El mejor pensamiento se hace de forma narrativa.
Donna Haraway
Introducción
Francesca Gargallo nació en Sicilia en 1956. Llegó a México en 1979, año desde el cual nunca dejó de vivir en Abya Yala hasta su muerte, en marzo del 2022. Estudió Filosofía en Roma y posteriormente una maestría y doctorado en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Escribió la mayoría de sus textos en español. Aprendió la importancia de las narrativas en diálogo con mujeres de diversos pueblos de Abya Yala a través de la escucha y de las prácticas colectivas de tejido: «me di cuenta que tejer es un hecho importantísimo para narrar nuestra historia, nuestras imágenes y símbolos.» (Gargallo en Cruz et al., 2020).
Sus textos son frecuentemente pasadizos entre disciplinas y formatos diversos que ponen en el centro la reflexión de aspectos fundamentales de la crítica social, valiéndose de sus propias habilidades de tejedora de narrativas.
El pasado marzo se cumplieron cuatro años desde que la filósofa feminista, historiadora de las ideas, escritora y activista, dejó este plano. Su herencia intelectual es tan vasta que dialogarla implicará una tarea de tiempo largo todavía por venir. Sus textos dejaron una enorme cantidad de hilos para seguir tejiendo, tanto en la filosofía, como en la literatura, en la historia de las ideas y en procesos organizativos múltiples que hacen frente a los embates del capitalismo patriarcal, colonial y antropocéntrico.
En el presente artículo quiero traer a cuenta uno de esos hilos que, a mi parecer, atraviesa tanto sus producciones teóricas como literarias. Se trata del concepto de narrativa. Francesca era una filósofa que pensaba a través de narrativas, pero también una historiadora que aprendió de la escucha de narrativas de mujeres de pueblos diversos en Abya Yala.1 Lo que propongo es que, para ella, este concepto tiene un matiz epistemológico que desborda la separación entre literatura, pensamiento teórico y acción política, y que tiene la capacidad de interpelar algunos elementos de la epistemología de la modernidad occidental.2
Para desarrollar esta idea, comenzaré abordando la narrativa a través de tres textos en los que la filósofa siciliana-mexicana problematizó específicamente dicho concepto. Posteriormente, ahondaré en algunas reflexiones más generales de la escritora, en las que piensa la narrativa de forma entretejida con un conjunto de problemáticas explícitamente políticas, feministas y epistemológicas.
Primeras nociones sobre el concepto de narrativa
En 2003, Francesca publicó un artículo que lleva por nombre «Intentando acercarme a una razón narrativa». En él desarrolló un conjunto de reflexiones que revisitó posteriormente en dos escritos más: Escribo luego he sentido y Escritura de mujeres, escritura de las diferencias publicados en 2007 y 2019, respectivamente.
Si bien en ellos el tema de la narrativa la convocó abiertamente, estos no fueron los únicos lugares en los que la escritora siciliana-mexicana reflexionó sobre dicho concepto. Sin embargo, quiero partir de estos artículos porque me parece que en ellos es posible observar un conjunto de preocupaciones en torno a la narrativa, que interpelaban a Francesca no sólo en tanto escritora de ficciones, sino también como filósofa, historiadora de las ideas y feminista, que encuentro profundamente relevantes para seguir pensando en el presente contra la universalización y homogeneización epistemológica de la modernidad occidental. Y, además, porque me parece que lo que plantea en estos textos es un punto de partida fértil para conectar con otros pasajes de su obra en los que presenta potencias de la narrativa cuando se la comprende de forma ampliada, cuestión que revisaré más adelante en el presente artículo.
Para Francesca, hay una relación obvia entre narración y conocimiento. Esta relación tiene que ver, en principio,3 con la raíz etimológica del verbo narrar, proveniente del sustantivo latino gnarus, que significa «el que conoce, el hábil, experto y familiarizado con una temática», así como del sánscrito gná, cuyo significado es, también, conocer (Gargallo, 2003, p. 135). Desde este punto de partida, narrar puede ser entendido como «dar a conocer algo que se conoce o se cree conocer» (Gargallo, 2007).
Al presentar el significado etimológico, Francesca señala el hecho de que, para narrar, hay que conocer aquello sobre lo cual se va a narrar: la persona que narra «es en sí conocedora y comunicante» (Gargallo, 2007). En ese sentido, el acto narrativo tiene una dimensión epistemológica que le resulta constitutiva, pero cuyas características, sin embargo, tienen la capacidad de desbordar los supuestos epistemológicos de la modernidad occidental.
De acuerdo con Gargallo, la epistemología hegemónica de Occidente se sustenta en la postulación de un sujeto pretendidamente neutral y universal que, en realidad, encubre un conjunto de jerarquías patriarcales, coloniales y capitalistas que legitima a unos sujetos concretos como productores de conocimiento, mientras que excluye a otros. Por otro lado, dicho canon construye una separación entre la mente y el cuerpo que es convertida en una jerarquía epistemológica: es la razón y no el cuerpo la que habilita procesos de construcción de conocimiento (Gargallo, 2014 y 2011).
Sin embargo, para ella el conocimiento no sólo es producto de una mente que piensa, sino también del cuerpo que siente y que «conoce con los cinco sentidos» (Gargallo, 2007). El cuerpo habilita la posibilidad de conocer porque sólo se conoce lo que se ha sentido y, a su vez, sólo lo que se conoce puede ser narrado.
Esta forma de concebir el conocimiento en vínculo intrínseco con el cuerpo y sus sensaciones fue nutrida en el pensamiento de Francesca a partir de sus propias experiencias narrativas de diálogo con intelectuales feministas de diversos pueblos indígenas de Abya Yala. En particular, el diálogo con el feminismo comunitario territorial de las mujeres maya-xinca le permitió fortalecer la comprensión del vínculo entre cuerpo y conocimiento, abriéndose a una concepción no individualizada del cuerpo en la que el vínculo entre éste y el territorio que habita no es sólo locativo, sino co-constitutivo (Gargallo, 2015).
De esta manera, la noción de lo narrativo permite tender un conjunto de puentes entre conocimiento, sensibilidad, cuerpo, territorio y comunidad, que se contraponen a los principios epistemológicos de la modernidad occidental: se narra lo que se conoce y se conoce lo que se ha sentido (Gargallo, 2007).
Hay una dimensión de la narrativa, entonces, que está intrínsecamente vinculada con la persona que narra, en tanto cuerpo concreto, aunque no individual, cuyas afecciones da a conocer. Esto permite identificar, además, que los cuerpos habitan un espacio y geografía determinados, y se sostienen a partir de tramas relacionales específicas. El reconocimiento de ese punto de partida situado y social desde el cual se produce y comunica el conocimiento forma parte del conocimiento mismo. En un sentido análogo, la filósofa mexicana María del Rayo (2005) afirma que el posicionamiento del lugar desde donde se piensa y comunica lo pensado, forma parte de la idea misma. Por lo que las narrativas, sean escritas, orales o en el formato que adquieran, se sitúan en un lugar y contexto específicos desde el cual se producen, pero que, a su vez, modifican a lo narrado en tanto que le son constitutivos.
La idea de liberación planteada por la teoría feminista, por ejemplo, produce narrativas distintas dependiendo desde dónde se articule. En el norte global los feminismos hegemónicos pugnan por un sentido de liberación de las mujeres que está profundamente vinculado con el acceso a privilegios de clase, así como a ámbitos y actividades socialmente masculinizadas; mientras que desde los feminismos del sur, diversas pensadoras señalan que en sus contextos y localizaciones, el sentido de liberación está anclado a una historia de dominación militar de sus pueblos por parte de los colonizadores occidentales, así como a los múltiples procesos de resistencia que éstos han sostenido a lo largo de los siglos (Gargallo, 2015).
El conocimiento producido por vía narrativa se encuentra anclado en los cuerpos concretos que lo producen, así como en los territorios, las estructuras y el entramado de relaciones sociales en los que éstos existen.
Ahora bien, lo anterior no implica que todo conocimiento se produzca de forma narrativa. De hecho, Gargallo reconoce la existencia de diversos medios de producción de conocimiento, pero también señala que el orden hegemónico de la modernidad occidental instrumentaliza «la supuesta a-cientificidad de la narración» (Gargallo, 2003, p. 139), negando potencia epistemológica a la narrativa:
La filosofía analítica, al buscar un instrumento epistemológico capaz de reducir a reglas interpretativas toda situación, niega valor cognoscitivo a la divergencia de opiniones, necesariamente presentes en la diversidad de los conocimientos narrativos posibles; y cuando mucho admite un uso apropiado del relato para la explicación de los procesos históricos; jamás reconoce, sin embargo, un status de ciencia a la historia. De hecho, parece pretender esta posición, lo que no es narrativo es necesario y lo necesario es verdad absoluta. (Gargallo, 2003, p. 138).
De acuerdo con la filósofa, la ciencia occidental está construida sobre una «razón demostrativa» que no acepta ser narrada (Gargallo, 2003, p. 140). Para la modernidad occidental, la ciencia es el único modelo de consecución de la verdad. Es un modelo que niega valor epistemológico al conjunto de conocimientos que no se obtienen a partir de su método.
En oposición a lo anterior, Francesca propone una razón narrativa. A diferencia de la razón demostrativa del método científico, la razón narrativa es relacional y dialogal (Gargallo, 2003, p. 143), es decir, está basada en un conjunto de intercambios e interacciones que requieren un interés en otras personas. Por ello es que, para hacer posible la creación de una narrativa, es necesario que haya una voluntad de comunicación que es en sí misma una voluntad ético-cognoscitiva (Gargallo, 2003, p. 139).
Esta voluntad supone, por un lado, un esfuerzo cognoscitivo para el ordenamiento de lo que se va a narrar mientras que, por otro lado, supone al receptor de lo que se narra como un interlocutor posible, lo que expresaría un interés en el otro que va más allá de la narración misma, apuntando hacia un deseo de conexión.4 «La razón narrativa sería por lo tanto una razón dialogal, un intento de superación de la humana soledad que implica una voluntad ético-cognoscitiva» (Gargallo, 2003, p. 139) de conexión entre personas, que estaría renunciando a la concepción individual del conocimiento en favor de una constelación de saberes (Gargallo en Cruz et al., 2020).
Francesca encuentra que este proceder dialógico y constelar, en Abya Yala hunde sus raíces en dos prácticas colectivas de lucha y resistencia frente a la modernidad occidental: las asambleas comunitarias y los feminismos (Gargallo, en Cruz et al., 2020). En las asambleas, el diálogo es un elemento fundamental en tanto que es la manera a través de la cual las personas de una comunidad se escuchan entre sí, se tratan de comprender y construyen acuerdos. La teoría política feminista, por su parte, se caracteriza por buscar constantemente la conexión de la acción concreta de sus militantes con las ideas derivadas de sus experiencias, poniendo de manifiesto «un hecho fundamental: cómo las ideas se generan de un diálogo y cómo las feministas construyen los espacios para volver posible ese diálogo» (Gargallo, 2003, p. 141).
Narrar y conocer por vía narrativa no son actos individuales. En tanto dialogal-relacional, la producción de narrativas organiza constelaciones de saberes que se contraponen al individualismo epistémico de la modernidad occidental. Por lo que toda narración está abierta a la interpelación del diálogo en el encuentro con quien escucha, ya sea una persona, colectividad o un orden cultural. Está abierta a transformaciones. No es estática, unívoca y nunca está plenamente acabada. Las narrativas ofrecen perspectivas diversas y heterogéneas que transmiten conocimientos, suman hechos a una trama, sintetizan y especulan relaciones posibles, en resistencia al universo epistémico único, cerrado y homogéneo del orden dominante. En ese sentido, narrar constituye un acto profundamente político y urgente.
El desarrollo histórico de las jerarquías narrativas y epistémicas de la modernidad occidental
De acuerdo con Francesca, no hay una, sino diversas epistemologías, gestadas en procesos históricos diferentes, aunque el proyecto hegemónico de Occidente pretenda lo contrario. La modernidad occidental, en tanto proyecto civilizatorio, tiende constantemente a la universalización de sus prácticas, relaciones, jerarquías, orden simbólico y cognoscitivo, sometiendo a pueblos diversos a través de múltiples procesos coloniales. Una parte fundamental de ese sometimiento consiste en diezmar (cuando no erradicar) y controlar sus concepciones de mundo, su capacidad de narrarse a sí mismos como pueblos, sus historias, cultura, derechos y prácticas sociales, ocultando los mecanismos a través de los cuales lo consigue (Gargallo, 2015). Sin embargo, pese a sus esfuerzos sistemáticos, nunca lo logra por completo.
En su libro Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en Nuestra América, la historiadora de las ideas, en diálogo con feministas e intelectuales de diversos pueblos del continente, postula que la modernidad de la blanquitud, es decir, el proyecto occidental hegemónico de la modernidad, no es el único proyecto moderno existente. Los procesos de lucha y resistencia que han sostenido Naciones5 diversas en este continente para sobrevivir a los embates coloniales, dan cuenta de múltiples modernidades que coexisten en este territorio. Sus prácticas intelectuales, políticas, religiosas, etc., pese a haber sido brutalmente diezmadas en la Conquista y en los procesos de colonización que se extienden hasta nuestros días, no desaparecieron, sino que se recompusieron en tejidos complejos y diversos. Pese a la dominación generalizada del proyecto occidental, en este y otros territorios existen «momentos, espacios y geografías que no son reductibles a una sola experiencia histórica ni a un único universo epistémico. En otras palabras, la modernidad es un conjunto de modernidades» (Gargallo, 2015, p. 61).
Sin embargo, dicho proyecto hegemónico está sustentado en la negación de esta multiplicidad. De modo que la coexistencia de diversas modernidades es asimétrica y tiende, más bien, a la construcción de relaciones sociales jerarquizadas que producen la creación de «pueblos dominantes, dominados y en resistencia» (Gargallo, 2015, p. 63). Estas asimetrías, cuyas características y desarrollo histórico expondré en este apartado, producen la legitimación social e histórica de las narrativas de algunos pueblos y sujetos, sobre la negación, inferiorización e incluso el borramiento de las de otros.
Los esfuerzos de invisibilización de culturas y sujetos subalternizados son parte de la construcción de un orden social que justifica y hace posible su explotación material concreta. Para ello desarrolla, entre otras cosas, un corpus narrativo que da sentido y perpetúa la dominación de la modernidad hegemónica (Marcos, 2010).
La modernidad occidental es un proyecto colonial y patriarcal que organiza las relaciones sociales para la explotación de los sujetos inferiorizados, en favor del enriquecimiento de aquellos hegemónicos. Para hacerlo, ha construido históricamente al sujeto legítimo de Occidente: el individuo blanco, propietario, masculino.6 Esta forma de organización de las relaciones sociales instaura una jerarquía entre las personas, lugares, culturas, características corporales, conocimientos, sistemas jurídicos, religiosos, etc., así como entre lo humano y lo no humano.
De acuerdo con Gargallo, la constitución histórica del sujeto hegemónico de Occidente está anclada en la construcción de las relaciones sociales de la modernidad temprana en la Europa de los siglos xiv y xv. Ese período de crisis del feudalismo, revueltas del campesinado y disciplinamiento de los sectores populares, tanto urbanos como rurales, estuvo marcado no sólo por el desarrollo de las nacientes clases sociales, sino también por la construcción social de una «misoginia activa, facilitada por leyes que dejaron de perseguir la violación y criminalizaron el conocimiento que las mujeres habían acumulado sobre su capacidad reproductiva»7 (Gargallo, 2015, p. 39).
Esta perspectiva coincide con la desarrollada en sus estudios históricos por Silvia Federici (2018), quien afirma que los tres procesos fundamentales para el desarrollo y expansión de las relaciones sociales capitalistas fueron: 1) el cercamiento de tierras del campesinado europeo en la modernidad temprana que les orilló a migrar a la ciudad, transformando también las dinámicas urbanas y reconfigurando su relación con el trabajo; 2) la caza de brujas y otros procesos de disciplinamiento público de los cuerpos de las mujeres, y 3) la expansión colonial del hombre europeo a otros continentes, que permitió los primeros grandes flujos de capital hacia el mal llamado viejo continente.
De acuerdo con Gargallo (2015, p. 60), la modernidad hegemónica es
[…] una proyección de los idearios producidos por las clases pudientes europeas sobre el resto del mundo (esto es, la producción intelectual, religiosa, jurídica, pedagógica y artística que sostiene y justifica la explotación económica de los pueblos del resto del mundo)
Y, además, también la explotación de aquello que se considera naturaleza en contraposición a la humanidad.
Sin embargo, la expansión colonial de estas relaciones de dominación también ha generado resistencias y luchas diversas en Abya Yala y otros territorios. En este continente, por ejemplo, existen un conjunto de narrativas de sujetos desagregados y múltiples que subsisten, pese a la expansión colonial del relato del sujeto único. Narrativas que dan cuenta de mundos cuya existencia confronta al ordenamiento capitalista y cuya multiplicidad se opone al totalitarismo homogéneo de Occidente. Más aún, Francesca afirma que, en este continente, la superación de las jerarquías globalizantes de la modernidad hegemónica sólo podrá darse «al reconocer y narrar la multiplicidad de ideas y de historias que lo constituyen, valorando las contradicciones, disensiones y transformaciones de las prácticas americanas» (Gargallo, 2015, p. 64).
Hacia el reconocimiento de narraciones y epistemologías múltiples
Tal como he expuesto, la expansión global de la modernidad occidental y sus formas jerarquizadas de explotación tiene uno de sus pilares en la construcción de un sujeto legítimo masculino, blanco y propietario, a partir del cual se echa a andar un relato único, homogéneo y universalizante que, de forma permanente, busca invisibilizar y aniquilar la multiplicidad realmente existente.
A las poblaciones así subalternizadas se les ha negado el derecho de narrar su propia historia, a través tanto del control de las condiciones materiales, como de la imposición de un universo simbólico y epistemológico homogéneo que les invisibiliza y somete. Es por ello que, particularmente desde el sur global,8 hay un esfuerzo de lucha fundamental que consiste en construir narrativas que nos nombren y que estén articuladas en términos propios.
Sin embargo, la subalternización de culturas, cuerpos y territorios, es un proceso también jerarquizado, cuyas asimetrías tendremos que nombrar siempre que construyamos esfuerzos narrativos antisistémicos. Es decir, la imbricación del patriarcado, el colonialismo y el capitalismo genera asimetrías que atraviesan de forma diferenciada a los distintos cuerpos, territorios y culturas (Aguilar, s. f.). Una mujer blanca del norte global, por ejemplo, no está atravesada por las mismas relaciones de dominación que una mujer nahua, aymara o hñahñu, sólo por el hecho de ser mujer. De la misma forma, pese a compartir una realidad cultural, un hombre y una mujer9 nahua tampoco se enfrentan a las mismas formas de opresión al interior de sus propias comunidades.
Desde el punto de vista de diversas reflexiones epistemológicas feministas podemos afirmar que «el mundo se conoce y reconoce a partir de las visiones que se tienen de él» (Gargallo, 2015, p. 97). Y estas visiones están profundamente ancladas en las experiencias concretas de cada cuerpo, cultura o colectividad. Por ello resulta fundamental el reconocimiento de múltiples universos epistemológicos que amplíen las concepciones y narrativas de la realidad solamente entendida en los términos y jerarquías occidentales.
Si, como afirma Francesca, «todo cuestionamiento de las jerarquías es una epistemología, [porque] implica cambiar el lugar del pensamiento que vale y no-vale» (Gargallo, en Cruz et al., 2020), entonces se abre ante nosotras un reto epistemológico fundamental en el presente. Desde todos los frentes habrá que insistir en ello para no terminar reproduciendo formas del pensamiento colonial también desde el sur.10
Francesca misma comparte que, después de la publicación de la primera edición en 2004 de su libro Ideas feministas latinoamericanas (2014, p. 9), se vio interpelada por compañeras de diversos pueblos indígenas del continente, cuyas experiencias feministas estaban «completamente desligadas de las prácticas y teorías políticas y educativas blancas y blanquizadas» de muchos de los debates feministas que ella había documentado. Dicho señalamiento la llevó a reconocer un conjunto de privilegios raciales que fueron determinantes en su propia producción intelectual. A partir de este trastocamiento de sus propias certezas epistémicas surgió en ella el deseo de caminar el continente escuchando las ideas y proposiciones de intelectuales feministas de distintos pueblos. De esa experiencia surgiría la escritura de Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en nuestra América.
Su intención a lo largo de ese periodo de escucha y diálogo no fue la de «dar voz» a quienes son silenciadas por el orden hegemónico, sino reconocerlas como interlocutoras plenamente válidas que, de hecho, ya tienen un corpus narrativo-epistemológico que siguen construyendo a través de diálogos y esfuerzos múltiples, pero cuyas perspectivas siguen siendo, las más de las veces, silenciadas y agredidas.
En el libro Feminismos desde Abya Yala, Francesca hace de la narrativa y del diálogo elementos centrales que permiten articular y presentar propuestas epistemológicas muy diversas, ancladas en la historia de dominación de los pueblos indígenas. En sus textos teóricos, tanto como en los literarios, el desarrollo de conocimientos por la vía narrativo-dialógica constituye una invitación constante a interpelar las formas a través de las cuales se construye el tabú epistémico de Occidente, que legitima a los sujetos hegemónicos del conocimiento, así como sus culturas, intereses, preocupaciones y narrativas (Gargallo, 2015, p. 109).
Conclusiones
La forma en que la filósofa, historiadora de las ideas, feminista y activista, Francesca Gargallo, piensa la narrativa, permite articular una concepción ampliada de este concepto en la que resalta su potencia como herramienta epistemológica que tiene la capacidad de contraponerse al orden dominante de la modernidad occidental.
Desde su perspectiva, la narrativa tiene una relación intrínseca con el conocimiento en tanto que se narra lo que se conoce (Gargallo, 2007). Sin embargo, ella propone una concepción del conocimiento no individual, sino colectiva y profundamente vinculada con el cuerpo, sus afectos y el territorio que habitan los sujetos epistémicos. De esta forma, la relación que ella encuentra entre narración y conocimiento habilita un conjunto de puentes entre epistemología, sensibilidad, cuerpo, territorio, diálogo y relacionalidad, que se contraponen a los principios epistemológicos de la modernidad occidental.
El desarrollo histórico de este orden del mundo generó la construcción de un sujeto hegemónico en apariencia neutral, que en realidad encubre sus propias particularidades: masculino, blanco, propietario. La superiorización de estas cualidades ha sustentado históricamente el desarrollo de un conjunto de jerarquías patriarcales, coloniales y capitalistas que sistemáticamente invisibilizan e intentan someter o aniquilar a los pueblos, culturas y conocimientos subalternizados, lo que además legitima a unos sujetos epistémicos, al tiempo que niegan a otros. De este modo, la jerarquía epistémica de Occidente se revela anclada en las relaciones materiales de dominación de la modernidad occidental.
Por otro lado, Gargallo documentó un conjunto de resistencias feministas gestadas en pueblos diversos de Abya Yala, que dan cuenta de sujetos y narrativas múltiples, diversas, desagregadas y heterogéneas, que interpelan el tabú epistémico de Occidente, construyendo formas dialógico-relacionales de producir conocimiento por vía narrativa (Gargallo, 2015).
A partir de sus reflexiones, el concepto de narrativa adquiere una importancia central para pensar las resistencias epistemológicas desde el sur.
Referencia
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Pérez, A. (2019). Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Madrid: Traficantes de Sueños.
Notas
Su libro Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en nuestra América fue resultado de un viaje terrestre desde México hasta Chile, que realizó con el objetivo de conocer, escuchar y documentar el pensamiento de intelectuales feministas de pueblos diversos en el continente, cuyo pensamiento suele quedar fuera del canon epistemológico de la modernidad occidental, así como de los debates entre feminismos hegemónicos. En dicho texto, el diálogo y las narraciones son la metodología de investigación que permite organizar un conjunto diverso de saberes. ↩
El concepto de occidente puede resultar espinoso. Sin embargo, he decidido utilizarlo en el presente texto porque esta es una forma de nombrar muy utilizada –y problematizada– por Gargallo a lo largo de sus diversas producciones teóricas.
Para ella, cuando hablamos de Occidente hay que tener en cuenta que no se trata de una localización, sino de un concepto, intrínseco a la historia colonial de la modernidad capitalista, que comenzó a desarrollarse a partir de la invasión castellana y portuguesa en Abya Yala. En ese sentido, el concepto de Occidente y lo occidental llevan implícitos una voluntad de sometimiento que se ha expandido en el mundo en los últimos 500 años, estableciendo un conjunto de jerarquías coloniales, patriarcales y capitalistas sobre territorios, cuerpos y sociedades muy diversas.
Sin embargo, es importante tener en cuenta que cuando es leído desde los pueblos indígenas, dicho concepto «implica también la resistencia a lo europeo, al colonialismo interno propio del reconocimiento de una superioridad de lo europeo en lo estético, tecnológico, cultural, filosófico, político, académico, moral, que pueda aterrizar en cualquier ′racialización′ de la misma» (Gargallo, 2011). Desde esta perspectiva, Occidente no sólo estaría nombrando al orden colonial, sino también las resistencias que se le oponen y han opuesto a lo largo de la historia. ↩
Aunque ella parte de esta acepción etimológica, también es enfática en reconocer que la etimología no determina el uso y significado de las palabras a lo largo del tiempo, en tanto que las palabras y sus significados no son normativos ni estáticos, sino fluidos, y se transforman con los usos y contextos sociales (Gargallo, 2003). ↩
Aunque, como veremos más adelante, este deseo no está exento de ser atravesado e incluso constituido por las jerarquías patriarcales, coloniales y capitalistas de la modernidad occidental. ↩
Al respecto, la lingüista ayuujk Yásnaya Aguilar, afirma que los llamados «pueblos indígenas» son en realidad Naciones sin Estado. Es decir, Naciones que no han logrado ser plenamente subsumidas por las entidades políticas legítimas de la modernidad occidental, los Estado-nación, que se impusieron en Abya Yala sobre pueblos distintos y formas de gobernanza diversas. De acuerdo con esta perspectiva, la Nación Ayuukjä'äy, por ejemplo, quedó subsumida en lo que colonialmente se nombra como Estado mexicano (Aguilar, 2020). ↩
La ecofeminista Amaia Pérez Orozco (2019) articuló esas cualidades del sujeto hegemónico de la modernidad en las siglas bbvah: blanco, burgués, varón, adulto y heterosexual. ↩
Para profundizar al respecto, se puede consultar el minucioso trabajo de investigación de Silvia Federici. En su texto Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2018), documenta tanto las sublevaciones y revueltas frente a las medidas que el clero y la aristocracia estaban impulsando en favor de un disciplinamiento del cuerpo para el trabajo, como las formas concretas a través de las cuales se construyeron socialmente múltiples estrategias para el control del cuerpo de las mujeres, en favor de nuevas formas de explotación sexualmente diferenciadas. ↩
Es importante tener en cuenta lo que han señalado diversos afrofeminismos estadounidenses: también en el norte global existen sures y viceversa. ↩
El uso que hago de las categorías hombre-mujer en el texto no pretende ser, de ninguna manera, binarizante. Utilizo esta nomenclatura con fines meramente expositivos, pero me adhiero a la postura que afirma que el desarrollo de las relaciones patriarcales impone un orden que masculiniza ciertas cualidades, cuerpos y actividades, al mismo tiempo que feminiza otros (Federici, 2018; Fortunati, 2019; Gargallo, 2014). ↩
Particularmente, cuando organizamos reflexiones desde la academia, que es un lugar profundamente anclado en las jerarquías coloniales, patriarcales y de clase, pero en el cual también existen resistencias importantes. ↩