e-ISSN 2954-4300 · https://doi.org/10.32399/ICSYH.bvbuap.2954-4300.2026.7.14.892
Reseñas e intervenciones
Reseña: Alliez, É. y Lazzarato, M. (2022). Guerras y capital. Buenos Aires: Traficantes de sueños/Tinta Limón/La Cebra
Cuauhtémoc Nattahí Hernández Martínez
Universidad de Guanajuato, Guanajuato, México
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-5205-8007
nattahiher@yahoo.com.mx
En una coyuntura histórica en la que los conflictos militares surgen uno tras otro, no bien concluyen, la guerra ha dejado de ser una interrupción del funcionamiento “normal” del capitalismo para pasar a convertirse en el motor interno del mismo sistema.
De Oriente próximo a Ucrania, de África a Haiti, el escenario geopolítico mundial está cada vez más marcado por las tensiones y las guerras militares, al punto que la guerra parece haberse convertido en la signatura decisiva que marca los tiempos.
De cara a esta coyuntura es que una tesis como la que Éric Alliez y Maurizio Lazzarato se esfuerzan en demostrar no puede ser más oportuna y perspicaz. Pero, ¿cuál es esa tesis?, ¿en qué consiste? La tesis central que proponen los autores no es otra sino que la guerra y el capital tienden a confundirse en la actualidad.
Esto significa -por un lado- que el capital ya es guerra, una tesis que apuntalan sobre la base de una re-lectura crítica de la historia del desarrollo del capitalismo encaminada a mostrar que el capital surge de la explotación violenta, de la conquista, antes que de la imagen sacralizada del “libre intercambio”; y -por otro- que las guerras son ahora un modo de funcionamiento normalizado del capital, tal como ocurre en México con la “guerra contra el narcotráfico” y las formas de necroacumulación o con el proyecto colonial de Israel y el genocidio del pueblo palestino. Una tesis que los autores esbozan con distintas aristas e implicaciones y que se despliega en diferentes planos de la realidad.
Con un estilo denso y profundamente filosófico, los autores revisitan el post-estructuralismo francés como un modo de descampar el terreno conceptual para evidenciar la trabazón entre guerra y capital. Así, llevan a cabo una especie de ajuste de cuentas con Foucault, a quien le reconocen haber invertido la formula de Clausewitz cuando sostuvo que “la política es la guerra continuada por otros medios”, pero le señalan de manera crítica que al virar sus inquietudes hacia la biopolítica y la gubernamentalidad (neo)liberal, terminó por olvidarse tanto de la guerra como del hecho de que el capitalismo se funda y se mantiene a través de la violencia militar y la conquista. De la misma manera, los autores revisan los textos de Deleuze y Guattari donde encuentran y retoman el concepto de “maquina de guerra” para llevar a cabo un análisis de las articulaciones históricas entre la guerra, el Estado y los movimientos del capital (Alliez y Lazzarato, 2022, 244).
El análisis de esta relación muestra dos momentos importantes: un primer momento en que la guerra está bien capturada en el Estado, momento en el que el fin militar de la máquina de guerra está subordinado al fin político del Estado, y un segundo momento en el que el capital se apropia de la máquina de guerra, momento que se acelera con la Primera Guerra Mundial y desemboca en el segundo conflicto bélico global (Alliez y Lazzarato, 2022, pp. 254-255). Cuando esto sucede, el objetivo militar de la máquina de guerra deja de estar subordinado al fin político del Estado y tiende a autonomizarse en la forma de un “objetivo ilimitado” que hace de la guerra una “guerra total”. Lo que se corroboró históricamente con las maquinas de guerra del nazismo y del fascismo.
Como parte de estas transformaciones, los autores van a sostener la tesis de un tercer momento decisivo para entender cabalmente lo que está pasando en la actualidad: el momento en que la máquina de guerra capitalista resuelve la contradicción interna dándose la paz como objetivo (Alliez y Lazzarato, 2022, p. 256).
Lo que significa que la máquina de guerra y el dominio de la guerra se materializan y extienden a la paz, a una paz que no puede ser sino “paz del terror”, precisamente. Bajo estas condiciones, la “pacificación” que busca implantar la máquina de guerra capitalista es una “política de tierra quemada” (Alliez y Lazzarato, 2022, p. 38) a través de la que la máquina intenta imponerse a nivel global contra los pueblos y contra todo aquello que le resista.
Por eso puede decirse que el proyecto de pacificación global es esencialmente contrarrevolucionario, pero no sólo a través de lo que pretende sino también a través de sus consecuencias, como se vio en las dos décadas pasadas en el caso de México: a través de la “guerra contra el narcotráfico”, el Estado mexicano con el apoyo de las instancias supranacionales y del gobierno estadounidense lo que buscaban en realidad era resguardar el orden económico mínimo para que los capitales invertidos se reprodujeran y las ganancias siguieran fluyendo y esto implicaba incluso dejar descobijada a la población y dejarla en manos de los grupos delincuenciales que, a su vez, buscaban resguardar y ampliar el orden paralegal para que sus flujos de ganancias siguieran fluyendo. Lo que teníamos en México durante esos años de “guerra frontal” contra los carteles de la droga, era a una sociedad abandonada y dejada a su suerte, cuyo plan de pacificación implicaba su sometimiento.
Es de este modo cómo, en estas coordenadas, guerra y paz terminan entrando a un umbral donde se hacen indistinguibles, lo que se verifica cuando entendemos que hoy por hoy la máquina de producción, por un lado, y la máquina política, por otro, ya no se distinguen propiamente de la máquina de guerra cuando están en funcionamiento (Alliez y Lazzarato, 2022, p. 257). Cuando la política, la economía y la guerra tienden hacerse indistinguibles, el capital se despliega como una guerra continua y prolongada por todos los medios y bajo todas las formas.
Una idea sumamente sugerente cuando vemos cómo la guerra se transmuta en guerra comercial, financiera, técnica y tecnológica, política, diplomática e incluso cultural e ideológica, cuando vemos cómo la guerra militar propiamente dicha se convierte en condición de posibilidad del capitalismo y la reproducción de los capitales, o cuando vemos cómo el ejercicio de los gobiernos elegidos democráticamente se entreteje como una forma de hacer la guerra, tal como sucede con el neoliberalismo que no ha hecho sino perfeccionar las técnicas y tecnologías de la guerra social.
Dentro de este escenario, los autores realizan un desarrollo interesante en torno a cómo la moneda es un arma de guerra, más que un simple elemento de intercambio comercial, en tanto que es una expresión de fuerza que permite establecer jerarquías al interior del “mercado”. En continuidad con este planteamiento, de la misma manera, los autores sostienen que la deuda es un dispositivo de control permanente sobre la población que permite extraer valor de la vida de las personas como un modo de continuar la guerra por otros medios.
En el ámbito de las elaboraciones teóricas, Guerras y capital nos remite a algunas otras obras que a su manera han conceptualizado la guerra, de igual modo, no como un simple conflicto bélico, sino como el motor de la economía y la política modernas. En el marco teórico del marxismo critico, David Harvey, como se sabe, a través del concepto de “acumulación por desposesión” plantea que el capitalismo ha entrado a un modelo de acumulación por despojo, depredación, fraude y violencia que le permite adaptarse y extenderse por todo el territorio. En la misma órbita de ideas, Achille Mbembe ha planteado, desde el marco teórico de la necropolítica, cómo las formas modernas de la guerra en tanto formas de expresión de la soberanía convierten al mundo en un campo de batalla permanente, en el que el cuerpo y el territorio se hayan expuestos a la violencia tanto estatal como a la que sobreviene de las milicias y mercenarios que operan por fuera del control del Estado.
Lo que nos pone ante una tesitura en la que la guerra resulta crucial para explicar el desenlace del mundo contemporáneo.
El libro Guerras y capital de Alliez y Lazzarato, sin embargo, no es solamente un diagnóstico del presente desde el punto de vista de las guerras que acontecen, en cierto plano, en el plano de las máquinas de guerra anticapitalistas, también se nos presenta como un insumo estratégico para las revueltas, insurrecciones e insubordinaciones que vienen, un libro que permite recuperar el saber y la memoria de los combates y de las luchas pasadas para estar a la altura de los tiempos que corren.
De ahí que, a partir de cierto momento, el libro se convierte también en un llamado a construir una máquina de guerra colectiva que esté a la altura de la guerra civil en curso desencadenada por la primacía absoluta de la economía como política del capital.
Así, más que un análisis histórico propiamente dicho, Guerras y capital es una especie de manifiesto para el siglo XXI. Alliez y Lazzarato logran demostrar que el capitalismo actual es una máquina de guerra. Si la guerra ahora es una condición continua de existencia del capitalismo y, por eso mismo, un marco permanente de vida, queda claro que la resistencia debe pasar por el desmantelamiento de la estructura militarista que sostiene el despliegue del capital global. Por eso, una de las preguntas que surge tras la lectura es ¿cómo construir una resistencia frente a un sistema que se alimenta de la guerra permanentemente?
BIBLIOGRAFÍA
Alliez, É. y Lazzarato, M. (2022). Guerras y capital. Buenos Aires: Traficantes de sueños/Tinta Limón/La Cebra.
Harvey, D. (2004). El nuevo imperialismo. Madrid: Akal.
Mbembe, A. (2011). Necropolítica. España: Editorial Melusina.