Bajo el Volcán. Revista del Posgrado de Sociología. BUAP, Año 7, Núm. 14, mayo – octubre de 2026, pp. 408-437.
e-ISSN 2954-4300 · https://doi.org/10.32399/ICSYH.bvbuap.2954-4300.2026.7.14.878

Reseñas e intervenciones

La materialidad de la muerte ausente. Entrevista a Rosa Abad Polo, madre buscadora y víctima de la desaparición de dos familiares1

The tangibility of an absent death. An interview with Rosa Abad Polo, a searching mother and victim of the disappearance of two family members

Christian Antonio Alejandro Reyes Hidalgo2
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, México

christianr.hidalgo@gmail.com

Recibido: 12/12/2025

Aceptado: 24/03/2026

RESUMEN

Este trabajo aborda la desaparición de personas como una de las manifestaciones más descarnadas y radicales de la violencia contemporánea, a partir del testimonio de una mujer buscadora. Sin definirse estrictamente como una entrevista o artículo académico, este texto propone ser una apertura que permita generar derivas analíticas sobre la significación de la desaparición en el presente.

A través del caso de Rosa Abad Polo —quien enfrenta la desaparición de su esposo desde 2008 y la desaparición de su hijo en 2025— este relato se describe como una doble desaparición con efectos ambivalentes: una suspensión que desorganiza la vida y mantiene al sujeto en un estado de tortura permanente, hasta el hallazgo del cuerpo sin vida de uno de sus familiares. En este contexto, la búsqueda se configura como una dimensión más de la alienación, mediante una forma de trabajo forzado y de autoexplotación, que “no produce valor” en términos capitalistas, pero si se constituye como una economía del dolor, la memoria y la resistencia. El relato de quien ha atravesado estos proceso y al mismo tiempo, comprender a la desaparición, la muerte y la sutura simbólica que puede producir el hallazgo del ser querido, aún en ausencia de vida material.

Palabras clave: Desaparición, sutura simbólica, memoria, violencia, psicotrauma.

ABSTRACT

This work addresses the disappearance of persons as one of the most stark and extreme manifestations of contemporary violence, drawing on the testimony of a woman searching for her missing loved ones. Without strictly defining itself as an interview or an academic article, this text aims to serve as a starting point for generating analytical reflections on the significance of disappearance in the present.

Through the case of Rosa Abad Polo—who has faced the disappearance of her husband since 2008 and the disappearance of her son in 2025—this account is described as a double disappearance with ambivalent effects: a suspension that disrupts life and keeps the subject in a state of permanent torment, until the discovery of the lifeless body of one of her relatives. In this context, the search takes shape as yet another dimension of alienation, through a form of forced labor and self-exploitation that “produces no value” in capitalist terms, but constitutes an economy of pain, memory, and resistance. The account of someone who has gone through these processes and, at the same time, understands disappearance, death, and the symbolic healing that the discovery of a loved one can bring, even in the absence of physical life.

Keywords: Disappearance, symbolic suture, memory, violence, psychological trauma.

La vida no vive

Ferdinand Kürnberger

Durante mi reciente participación en la Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales [CLACSO] en Bogotá, al situarme en un lugar distinto a mi cotidiano, abrí un camino hacia una experiencia más consciente de la situación regional. Colombia, con su historia marcada por décadas de violencia, me confrontó con una herida compartida. En ese encuentro con la memoria viva de aquel país, entendí con mayor claridad lo que señala Didi-Huberman (2008) quien afirma que “una imagen-documento encierra al menos dos verdades, la primera de las cuales siempre resulta insuficiente”. La memoria exige mirar más de una vez, detenerse, abrir capas y comprender similitudes, para no ser un autómata indolente, pues tan solo “ser espectador es un mal” (Ranciére, 2008, p.10) una afrenta contemporánea contra el ensimismamiento y el individualismo, un dique activo para la transformación humanista, que al ser desbordado, exige “tomar posición”, a pesar de las múltiples fracturas que eso implique.

De esta forma retomé las palabras de Didi-Huberman citadas en Ramírez (2009) que señala que “para saber hay que tomar posición. No es un gesto sencillo. Tomar posición es situarse dos veces, por lo menos, sobre los dos frentes que conlleva toda posición, puesto que toda posición es, fatalmente, relativa”. Tomar posición es también una forma de hacerse responsable frente a lo que duele y persiste, es romper con la contemplación arbórea, eso que Rancière llamó transformarse en un “espectador emancipado”.

Caminando y observando a detalle las calles colombianas, además de visitar y documentar diversos sitios dedicados a la memoria, evocaba de manera paralela ciertos momentos sobre los múltiples desastres que atraviesan a los pueblos de América y, por consecuencia, a nuestra propia nación mexicana con miles de personas desaparecidas más otros miles de cuerpos sin nombre, apilados en cientos de fosas clandestinas, la corrupción lacerante y su obscena desigualdad que detonan terremotos sociales. También acudieron a mi memoria las decenas de asesinatos que ocurren cada día en el país, junto al control que el crimen organizado mantiene sobre vastas extensiones del territorio, para mantener una lógica acumulativa por encima de lo humano.

Entre todas estas cenizas se vislumbra un oxímoron, hermoso y horripilante a la vez: las familias que buscan desesperadamente a sus seres queridos —con desesperación esperanzadora— y que no desisten de su afán pese a la hiancia procedimental que enfrentan. Tantas calamidades que transitan bajo el halo del hechizo mercantil, con la vida y la muerte como telón de fondo, fluyendo entre torrentes teñidos de rojos y verdes a través de los circuitos financieros: hasta culminar en el choque de copas festivas desbordantes de champagne y cuerpos con vestidura de Beulah.

Las heridas necróticas en las “venas abiertas de América” (Galeano, 1971) nunca comienza a sanar, debido a la cruda y compleja realidad de la periferia del sur global en que “la monstruosidad se normaliza y naturaliza a través de su colonización del tejido esencial de la vida cotidiana” (Mc Nally, 2011). Esta reflexión en ese país latinoamericano se enlazó con absoluta precisión con lo planteado por Marcuse (1983) quien advertía que “la pobreza que prevalece todavía en vastas áreas del mundo ya no se debe principalmente a la pobreza de los recursos humanos y naturales” (p. 94), sino a la manera en que éstos son distribuidos y utilizados”. En mundo acelerado por el hiperconsumismo y la indiferencia, “del vínculo supuestamente intrínseco entre estas fuerzas transformadoras, las axiomáticas, el valor de cambio y la acumulación capitalista” (Avanessian y Reis, 2017, p. 10), y que, así, multiplica sus propias derivas.

Aunque no se trata de comparar dolores, esta reflexión lleva a comprender cómo la memoria, cuando permanece viva, interpela, desvanece fronteras y establece equivalencias profundas entre experiencias aparentemente inconmensurables. Como señala Marcuse (1983) “la restauración de los derechos de la memoria es un vehículo de liberación (…) Sin la liberación del contenido reprimido de la memoria, sin la liberación de su poder liberador, la sublimación no represiva es inimaginable (…) El tiempo pierde su poder cuando el recuerdo redime al pasado” (p. 212).

En ese sentido, la memoria no sólo recuerda: abre, tensiona y reordena. La búsqueda de un pasado irresuelto —sobre todo en medio de la tormenta de un duelo ambiguo o suspendido3— se convierte en un intento por redimir aquello que atormenta, por dar sentido a lo perdido y por confrontar aquello que el tiempo, por sí solo, no logra resolver.

A la par de mi estadía en Colombia, mientras participaba en las actividades académicas mencionadas, el 10 de junio, colectivos de búsqueda y un servidor público de alto rango en México me solicitaron —a distancia— contactar a la señora Rosa Abad Polo, una madre buscadora cuyo dolor desgarra: dos de sus familiares desaparecidos en eventos y años distintos. Su esposo4 desaparecido hace 17 años, cuando era agente de la Policía Federal, y su hijo5 quien recientemente había salido de su “radar”. Poco tiempo después —a partir de algunas indagatorias6— se descubrió que había sido coaccionado por uno de los grupos criminales más poderosos de México y que, aproximadamente a quince días de su reclutamiento forzado, fue asesinado en un campo de entrenamiento, presuntamente durante un enfrentamiento7 con fuerzas del orden.

Previo a esa lamentable noticia, esperaba con ansia esa reunión, y finalmente se concretó, nos reunimos el día de mi regreso a México, para que me pudiera contar toda su historia y prospectáramos acciones de búsqueda en coadyuvancia con autoridades. Como lo referí anticipadamente, a pesar de las indagatorias, las llamadas y los diversos intentos por ubicarlo con vida, supimos del paradero de su hijo en un Servicio Médico Forense [SEMEFO] en el estado de Zacatecas.

Aunque terriblemente doloroso —en sus palabras8— el hallazgo del cadáver de su hijo, según refiere, le permitió “descansar de esa tortura que ya había vivido desde la desaparición de su esposo”.

Desde aquel primer acercamiento con la señora Rosa hasta la fecha, he sostenido diversas interacciones con ella. Conversaciones que han permitido conocer de cerca su proceso, su necesidad de contar y documentar estas experiencias, y, además, su determinación por continuar con la búsqueda de su esposo, quien hasta al momento continúa desaparecido.

Buscar no es sólo resistir, ante cada intento también es lacerar y ensanchar el hoyo simbólico del psicotrauma. Una forma de desgaste que fractura y abrasa al sujeto, que lo despoja del continuum de su vida para convertirlo en una especie de trabajador forzado. El “trabajo” de buscar abre nuevas grietas intempestivas, “es externo al trabajador … no pertenece a su esencia; en el trabajo, el trabajador se niega así mismo” (Marx, 1844), esta, la búsqueda es una forma de quehacer obligado, especialmente cuando el Estado calla, coparticipa, omite y revictimiza. En este sentido, la memoria sobre el familiar perdido puede ser motor de lucha, pero también representa una carga que genera un deterioro progresivo.

Buscar es una forma de autoexplotación obligada y urgente sobre un trabajo impuesto que difícilmente produce valor9, en el que el hallazgo —incluso del cuerpo sin vida— puede restituir o recolocar el orden simbólico, oponiéndose a la autodestrucción esperada de quien busca. El “trabajo” de buscar hasta doler, expresa que la memoria puede ser carga o tortura 10y al mismo tiempo resistencia frente a lo irresoluto.

Rosa Abad Polo es una mujer que se vio obligada a asumir el trabajo de la búsqueda. Su camino inició con la desaparición de su esposo en septiembre de 2008 —hace ya diecisiete años—, y continuó con una segunda tragedia personal: la desaparición de su hijo, con quien perdió contacto en los primeros días de junio de 2025 y que, lamentablemente, fue asesinado en un enfrentamiento días después de su reclutamiento por parte de una estructura criminal.

La historia de Rosa es un testimonio profundo de lo que la desaparición y la muerte imprimen en la subjetividad del individuo sufriente, y de cómo estas violencias atraviesan, desgarran y transforman la vida cotidiana, las emociones y la propia identidad.

A través de los siguientes fragmentos de distintas entrevistas, describiré el proceso que ha vivido y la manera en que se han ido materializando los múltiples efectos de este camino doloroso.

ENTREVISTA11 EN DISTINTOS TIEMPOS PRIMERA INTERVENCIÓN. UN HALLAZGO EFÍMERO, DOS EVENTOS SUSPENDIDOS

Christian: Muchas gracias por su disposición. Estoy aquí para escucharla y, de manera colaborativa, pensar en medidas para apoyarla en la situación que está viviendo, tanto respecto a su hijo como a su esposo. ¿Con qué le gustaría comenzar?

Rosa: Muchas gracias. Pues le cuento desde el principio, con la desaparición de mi esposo.

Voy a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada en México [SEIDO] y en SEIDO me dicen: “Vamos a hacer lo que se pueda, pero no sea rogona, póngase a trabajar, tiene dos niños chiquitos”. Hasta ahí. Volví a ir para saber si había algún adelanto. Me dijeron que no. Le hicieron muestras de Ácido Desoxirribonucleico12 [ADN] a mi hijo, porque me dijeron que “de varón a varón es más factible, más rápido”.

Voy otra vez a la PGR. Como habían perdido mi carpeta, en 2012 levanté otra denuncia. Y me dicen: “Es que se perdió”. Y yo: “¿cómo que se perdió?, Pues hay que volver a empezar”.

En 2014 levanté otra carpeta, que es la que llevan hasta hoy. Esa sí tuvo seguimiento durante seis meses. El licenciado Karim, que era el Ministerio Público [MP], le dio seguimiento bien. Después la dejaron así.

Conocí a otro MP, de la misma carpeta de Santiago, y me dijo: “Yo no la voy a ayudar”. Y pensé: “perfecto, por lo menos sé que no voy a perder mi tiempo”. Después me asignan otro MP; ni lo conocí porque nunca tuve plática con él. Luego me asignan a otro más.

Un día, por una foto que subí de Santiago a Facebook —porque Santiago era militar—, una persona me dijo: “Yo conozco a alguien que trabaja ahí, puede ser que te eche la mano”. Pasó el tiempo y yo preguntaba: “¿sí me van a ayudar o no?”. Y la persona me decía que sí. Para esto ya habían pasado muchos años: diez, doce años.

Estas personas fueron a buscarme a mi domicilio; eran ministeriales. Me dijeron que le iban a dar seguimiento a lo que yo había levantado. Ahí conocí a otra MP, a quien vi una sola vez. Después me dijeron: “No, es que ella ya no labora aquí”.

Luego me asignan al licenciado Brayan —sí voy a decir su nombre—.Brayan sí ha buscado a Santiago, pero yo siento que no de la manera en que lo debió haber buscado. Porque, si bien es cierto que Santiago era un servidor público federal, ¿cómo es posible que pierdan registro? Yo le decía al MP: “aunque no hubiera la misma tecnología que ahora, hay un registro de cuántos elementos salen, cuántas patrullas, cuántas armas. Ustedes anotan todo: las horas, los minutos, casi los segundos de cuando uno hace algo”.

Y Brayan, en algún momento, me dijo: “¿Y no se ha puesto a pensar que Santiago la dejó de querer?”.

Yo le respondí: “Santiago no estaba obligado a amarme toda la vida”. Así lo veo. No estaba obligado. Pero Santiago y yo nos casamos en el Campo Militar No. 1. Tenemos dos hijos, una niña y un niño.

Cuando desapareció, justo en ese lapso ya iba a ser mi cumpleaños. Y Santiago me había dicho —porque el año anterior no pudo estar—: “Ahora sí voy a estar en tu cumpleaños”. Mi niño cumple el 17 de octubre y yo el 18, o sea, muy pegados. Y Santiago es del 1 de noviembre.

Hasta el día de hoy, lo único que han hecho es tomar declaración a cuatro personas. Brayan me decía: “Es que, Rosa, no hay tanto de dónde ver”. Y yo le contestaba: “Brayan, casi toda la información te la he dado yo”.

Cuando me entregaron las pertenencias de Santiago, venían documentos. Yo le decía: “Aquí tienes la fecha en que salió mi esposo, el tercero, el cuarto…”. Y su respuesta era: “Sí, pero yo no puedo llamar a todos los elementos de la Policía Federal para declarar”.

Le dije: “Bueno, si bien no puedes llamar a todos, al primero que llamaron fue a “G”, el comandante de mi esposo.”

Y “G”13 respondió: “No sé, no me acuerdo.”

Y yo me preguntaba: ¿cómo no se va a acordar? No hay manera de que no lo recuerde.

Después le dije a Brayan —era ya 15 de mayo—: “No sé nada de Santiago.” Incluso un compañero de él fue quien me avisó al momento de la desaparición: “No encontramos a Santiago. Santiago desapareció. Desde ayer nos pusieron a buscarlo y no lo encontramos.”

A mí me sorprendía, porque le decía a Brayan: “Si Santiago trabajaba para el gobierno federal y tú también, me atrevo a pensar que tienes más alcance para saber a qué dependencia acudir, a qué oficina llamar, a quién pedir un oficio, qué hacer.”

Le dije incluso a quién podía llamar a declarar. Pero decía que no podía ubicar a las personas. También me decía que, cuando llamaban a alguien a declarar, no se presentaban. Hasta que un día me comentó: “Señora Rosa, yo no voy a ir a San Luis Potosí —donde está una de las personas que usted menciona— sólo por una persona.”

Yo le contesté que sabía que Santiago no era mi hijo, sino mi esposo; que casi siempre se conmueven más por las mamás. Pero que necesitaba que me ayudaran: “Usted tiene la autoridad. Yo puedo ir y lograr que esa persona declare, pero después ¿qué me va a decir el Ministerio Público? Que eso no sirve. Necesito que usted haga su trabajo, que me regale más tiempo.”

Me asignaron después un asesor jurídico de la Comisión Ejecutiva de Atención a Victimas del Gobierno de México [CEAV]. Él se quejaba con otras personas porque decía que yo le llamaba muy seguido, que “más que su esposa”. Pero yo nunca le hablé para contarle mis problemas, ni físicos ni emocionales: siempre le llamé para la investigación de mi esposo. No era para molestarlo.

Supuestamente él me ayudó con la declaración especial de ausencia; un año después me enteré de que no lo hizo. Me asignaron entonces a otra asesora jurídica, Jenny.

Ella sí es muy buena. Finalmente me ayudó con la declaración especial de ausencia de Santiago. Incluso le decía: “Ayúdeme, porque mis hijos están perdiendo todos sus derechos. Si ellos recibieran la pensión de su papá, tendrían una mejor calidad de vida.”

Ella tardó tres años… y uno más para entregarme mis copias. Christian: ¿Al día de hoy cuántos años lleva desaparecido su esposo?

Rosa: Dieciséis años y siete meses.

Christian: En todo lo que usted ha investigado por su cuenta, ¿qué ha encontrado?

Rosa: Casi todo lo he investigado yo.

Christian: ¿Y qué hallazgos ha hecho en estos años?

Rosa: Así como hallazgos… no. Más bien he recopilado toda la información. La que les he entregado a los ministerios públicos. Hace año y medio presenté otra denuncia en Monterrey. Tengo que reconocer que me ayudó un colectivo.

Christian: ¿A qué colectivo pertenece?

Rosa: A las Buscadoras de Nuevo León. Aunque no he podido involucrarme tanto porque yo vivo en Ciudad de México y tengo dos hijos; ellos necesitan comer, ir a la escuela. Aun así, he ido con las buscadoras. He ido a las abejas. Y yo no entiendo al gobierno: si ya saben el periodo en que desapareció, si sabían que en esa zona se movía el crimen organizado, ¿por qué no hacen algo? Hoy hay muchas formas de saber.

Cuando presenté la denuncia, el Fiscal Víctor me dijo: “Lo que necesite, yo la voy a apoyar.” Hasta el día de hoy no tiene nada, porque fui yo quien consiguió los nombres de los compañeros de mi esposo, la dependencia donde estaba. Yo les decía: “Hagan algo, ustedes son la autoridad.”

Le pedía a Brayan —el fiscal en la CDMX— que contactara a Víctor, que le pidiera apoyo. Y Víctor me decía: “Voy a esperar a que me hable Brayan y me mande un oficio.” Y así se la pasaban.

Yo no sé qué hay detrás de todo esto, ni por qué encubren al comandante “G”. Yo le decía al MP: “G” tiene amistad con el crimen organizado.”

En redes sociales y en Milenio salió una narcomanta dirigida a él que decía: “Regrésanos el dinero que te dimos porque no hiciste lo que tenías que hacer.” Yo no sé qué pasó con mi esposo. Pero nadie me da una pista.

Christian: ¿Cree que la desaparición de su esposo está relacionada con esa persona y con la delincuencia organizada?

Rosa: Yo digo que sí. “G” manejaba a la gente. Yo lo conocí, él me entregó las pertenencias de mi esposo. Y me dio una carta diciéndome que Santiago se había ido con otra persona. La carta la escribí yo. Y él no se dio cuenta.Me decía: “Ya ni lo busque. Dedíquese a trabajar. Salga adelante.”

También conocí a Rafael Lomelí Martínez, que era Comisionado de la Policía de Investigación en 2008 o 2009. Él me dijo: “Yo le sugiero que deje de buscar. Nosotros le vamos a dar trabajo.”

Christian: ¿Como una forma de comprar su silencio?

Rosa: Sí. Pero yo le contesté: “Yo quiero saber dónde está mi esposo.” Y él respondió: “Como dice “G”, ¿qué tal si ya se fue con alguien?” Y le dije: “Eso no importa. Quiero saber qué le pasó.”

No pido justicia, en este país no hay justicia. Te ven con asco cuando vas a pedir ayuda. Y a todos les digo: “Era compañero de ustedes.” Pero si no lo han vivido, no entienden.

El colectivo te ayuda, pero el dolor no se puede describir. Yo soy esposa. No he pasado un solo día sin pensar en él. Ni uno. Y aun así, no me dan nada, ni apoyo, ni lo que me corresponde como esposa. Me dicen que para la presunción de muerte deben pasar ciertos años… pero contar desde la última carpeta, porque las anteriores “ya no sirven”. Las perdieron.

En ese tiempo yo estaba, como digo, “bruta”, “pendeja”, porque no sabía. Una licenciada, Ivonne Maldonado León, de ella sí voy a decir su nombre, fue quien perdió la carpeta.

Me dijo: “Señora Rosa, no puede ver su carpeta.” Le pregunté por qué. Respondió: “Porque el único que puede verla es Santiago.”

Me quedé pensando, pero luego remató con un comentario: “La vida es así.” Posterior a eso, la carpeta desapareció. Christian: ¿Cuántas carpetas han perdido?

Rosa: Tengo un bonche enorme. No lo va a creer. Y yo les digo: aunque tenga que empezar de cero mil veces, lo voy a hacer. Vivo con dolor, sí. Pero por la gracia de Dios tengo una vida mejor. Sólo me falta cerrar el círculo. Necesito saber dónde está mi esposo.

La gente te juzga, te critica. Me han dicho que soy mala madre por seguir buscando… “como si no hubiera más hombres”, me dicen. Y cuando vas por ayuda, te atienden con desprecio, como si pidieras limosna.

En 2014 levanté otra carpeta. Llegué a las dos de la tarde. Me dijeron: “Siéntese ahí.” El MP platicó horas con su compañera, una chica muy guapa con minifalda. Me atendió hasta las nueve de la noche. Estuve ocho horas.

Ya después hizo un buen trabajo. Me dijo que no sabía que él debía tomarme la declaración; pensó que alguien más me atendería.

El MP actual me dice que, como han pasado tantos años, se pierde información. Y yo, que ahora también perdí a mi hijo, le enfaticé: “Ya no me importa encontrar a Santiago. Necesito encontrar a mi hijo14.” Christian: Coménteme ¿cómo se da la desaparición de su hijo? ¿en qué momento se da? ¿en qué lugar se da? ¿lo asocia con la desaparición de su esposo?

Rosa: Mi hijo estaba en Guadalajara, él tiene 18 años, se llama Isaac López Abad. De hecho, me había dicho: “mamá, mi celular ya no funciona bien”, y así se quedó. La última vez que hablé con Isaac fue el sábado; le pregunté: “Oye, mi amor, ¿cómo estás? ¿Ya comiste?”. Y me dijo: “Ahorita voy a comer y voy a lavar mi ropa”.

Pasó el domingo. Le mandé un mensajito: lo vio, no me contestó, pero sabía que estaba ahí. El lunes no le escribí; pensé: “a lo mejor no le dio tiempo”. El martes le escribí y le dije: “Oye, amor, ¿cómo estás?”. En la noche me habla su pareja y me dice: “No encuentro a Isaac”.

Esa frase —“no encuentro a Isaac”— detonó en mí lo mismo que aquella vez con mi esposo. Fue igual que cuando su compañero de trabajo me dijo: “No encontramos a Santiago. Y ya ayer todo el día lo buscamos”. Sentí como si te clavaran un cuchillo aquí (señala la boca del estómago) y te lo retorcieran. Yo le decía a Dios: “Perdóname, no sé qué hice para volver a vivir esto. Ten misericordia de la vida de mi hijo”.

Mi hijo se fue a trabajar porque ya no quiso estudiar; yo no le voy a dar todo lo que él quería, o lo que él quiere. Y yo pensaba: “Es mi culpa, soy una mala madre; si no hubiera buscado a Santiago, hubiera estado con mis hijos”.

Pasó la noche. Me puse muy mal. Sentí que me iba a dar una parálisis facial. A la una de la mañana fui a tocarle a una amiga —porque yo rento un cuarto— y me dio dos pastillas; me ayudó a disminuir el dolor. Al otro día, otra amiga me dijo: “Rosa, ve a buscarlo”.

Le llamaba y no me contestaba. Todo el mundo trató de comunicarse con él y tampoco les contestaba. Le dije a la novia: “Pero dime, ¿dónde lo viste? ¿Qué ropa traía puesta?”. Desgraciadamente, haces esas preguntas porque ya sabes lo que te van a pedir cuando alguien desaparece. Ella me dijo: “Traía unos Converse, un pants negro, una sudadera gris”.

Si algo aprendí en todo este proceso es que “el tiempo es oro”. Pensaba: “Me voy a las 12… piensa, piensa, piensa…”. Me fui en la noche a Guadalajara y llegué ahí a las cinco de la mañana. Hablé con las buscadoras de Nuevo León; rápido subieron a difusión la foto de mi hijo. Pedí ayuda a más gente para localizar un colectivo en Guadalajara. Me dijeron que fuera a hacer la denuncia.

Fui, levanté la denuncia y me preguntaron: “Señora, ¿qué es de usted?”. “Es mi hijo”, respondí. Esa pregunta me removió todo, porque ahora no estaba llenando los formatos como con mi esposo; ahora estaba haciendo el llenado de datos pero para mi hijo.

Christian: Claro, ahora era llenar todos los formatos, pero con el nombre de su hijo.

Rosa: Sí. Y pensé: voy a llegar y voy a pedir ayuda. Llegué, pedí ayuda y me la dieron. Mi denuncia tardó en realizarse desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde.

Me fui a la Comisión Estatal de Búsqueda De Jalisco [CEBJ]. Le dije al director que necesitaba que me ayudara a encontrar a mi hijo. Tranquila, con dolor, pero tranquila, les dije: “Esta vez no es Santiago, es Isaac”. Pablo, el director, me ayudó. Debo reconocer que hizo lo que le correspondía; cada quien hizo su parte.

Lo que quiero recalcar es que Fiscalía sí hace su trabajo, pero no con la velocidad que se necesita para resolver estos casos.

Mi hijo estaba trabajando con un muchacho que se llama Alán, un vecino. Le marqué y le pregunté: “Alán, dime si Isaac te dijo algo; estoy desesperada, yo me niego a vivir esto otra vez”. Y Alán me dijo que no sabía nada. Luego le pedí que revisara la maleta, la basura, las cosas de mi hijo. Aunque al principio se negó, posteriormente me dijo que fueron a Coppel y que mi hijo quiso comprar un teléfono, pero que no lo compró. Le pedí la foto del ticket donde él compró. Me la mandó.

Cuando me manda el ticket, le informé a la CEBJ. Les dije: “Necesito que acompañen para la difusión de la foto de mi hijo, porque él estuvo aquí”. Los de búsqueda me acompañaron. Gracias a Dios en ese comercio tuvieron misericordia, porque me dijeron: “Su hijo no compró aquí nada, pero sí compró en otro Coppel”.

Nos acompañaron de la CEBJ los buscadores. En la tienda, el gerente dijo que ayudaría “pero que rapidito, porque sus empleados estaban trabajando”. Para que vean lo inhumano que las personas pueden ser. Les dije que buscábamos la información del ticket, que era un celular. Respondieron que no podían dar nada, que debía solicitar a través de un Agente del Ministerio Público [AMP] . Al otro día se logró.

Fui a la terminal “vieja” con un buscador; luego a la Central “nueva”. Y ahí se sabe que hay un gran problema de desapariciones. Una señora de un local, al mostrarle la foto de mi hijo, me dijo que en ese sitio se llevaban de manera forzada a los muchachos. Fue una impresión terrible. Pensé: “Ya se llevaron a mi hijo”.

Christian: Claro, como reclutamiento del crimen organizado, ¿no?

Rosa: Sí. Va a sonar feo lo que te voy a decir, porque pareciera que no soy su madre, pero yo decía: “Yo lo quiero encontrar, ¡aunque sea en pedazos! Porque no quiero vivir otra vez la incertidumbre que viví con su papá de no encontrarlo”. Pero me lo decía a mí misma.

Ahí, nadie lo vio, nadie conocía nada. Solo me quedó el comentario de esa señora: “Aquí reclutan y se los llevan a la fuerza”. Porque ya han rescatado a varios, eso sí.

Fuimos a otra terminal en Guadalajara, no recuerdo el nombre. Yo iba pensando en Santiago. Le dije al buscador: “Quiero ir a la otra terminal”. Él dijo: “Señora, tenemos mucha gente en espera”. Le respondí: “No importa. Si tú no me ayudas, yo de todas maneras voy a ir. A mí ya se me quitó el miedo”. Finalmente me acompañaron.

La última terminal donde se vio bien a mi hijo, con vida, con la novia… le dije a los buscadores: “Quiero recorrer el último lugar donde estuvo, donde se sentó”. Y lo asociaba con lo de Santiago. He ido a Monterrey y pienso en los sitios donde caminó mi esposo, donde iba uniformado, dando la vida por este país.

La gente me decía que iba tranquila. Y quiero agregar que yo no iba llorando. Una servidora de ahí me dijo: “Dependiendo de cómo pidan las cosas, y qué tanto se les entienda, uno se pone a trabajar”.

Al otro día fuimos a la estación del tren en Zapopan; tapizamos todo. Me decían que subiera la información a Facebook.

Pedí a la CEBJ 500 fichas a color, no en blanco y negro, porque así no se perciben los rasgos. La Comisión de Búsqueda me dio 300. Yo estaba agradecida; estaban trabajando más rápido. No perdí la fe en encontrarlo. Veía la diferencia de cómo me ayudaron ahora en Jalisco y cómo las otras autoridades no me han ayudado con Santiago.

La Comisionada Estatal de Víctimas de Jalisco, Francelia, me dijo: “Yo la voy a ayudar, no la voy a dejar sola”. Y me apoyó. Se lo agradezco.

Cuando me enseñaron las sábanas de llamadas de mi hijo, sentí una tranquilidad enorme porque sabía que estaban haciendo su trabajo. Cada uno hizo lo que le correspondía.

Christian: ¿Y finalmente qué pasó?

Rosa: Dile a una persona que espere cuando lleva dieciséis años y medio buscando. A la MP de Jalisco le dije: “En unos días regreso a ver el asunto de mi otro desaparecido”. ¡Qué feo decirlo! Incluso un día llegué a reclamarle a Dios: “¿Qué hice para que me castigues tanto? ¿Qué hice?”. Luego le pedí perdón, porque él es soberano; él sabrá por qué hace las cosas. Pero tenía la seguridad de que iba a encontrar a mi hijo.

FRAGMENTOS DE SIGUIENTES ENTREVISTAS. LA MATERIALIDAD DE LA MUERTE AUSENTE

Christian: Hola señora Rosa ¿Cómo se encuentra? ¿Cómo estuvo lo que me contó?

Rosa: Ya nada más de mi familia me queda mi hija, ósea, Santiago siento que ya falleció, y mi hijo, la forma en como lo mataron. Mi hijo tenía 15 días, tenía dos semanas de haber sido reclutado. De hecho, algo que veo en la última foto que me mandó y usted me va decir: “¿cómo sabe?”, Pero mi hijo tenía la cara de como cuando alguien ya está por morir, esa mirada en los ojos. Y se lo digo porque lo he visto en otras personas.

Imagínese que el ejército se ensañó en matar a todos los que estaban ahí ¿no sé puede hacer nada en contra de ellos?

Christian: Mire si a mi me pide mi opinión, yo no sé dónde fue la herida por proyectil de arma de fuego que probablemente fue la causa de muerte.

Rosa: Está en el cráneo, en la parte de atrás

Christian: ¿en la región occipital? Entiendo.

Rosa: Si.

Christian: Es extraño, y hay que comprender varias circunstancias, y analizar bien los datos. Pero normalmente ese tipo de lesiones si son de contacto, pueden asociarse a la realización de una ejecución o a una lesión por alcance, por ejemplo, si él se echó a correr y eso se sabe por las características de la lesión.

Pero a mi lo que se me hace extraño y que usted me dice, que no es tan evidente en las fotos, pero el aplastamiento de la cara me hace pensar que no solamente fue el proyectil de arma de fuego, sino algo produjo una contusión de esas dimensiones.

Rosa: Eso fue muy cerca, le digo porqué yo le mandé la foto a un amigo mío que tengo que está en Estados Unidos, él fue Federal de Caminos y luego se cambió a la Guardia Nacional, y me dijo que esas lesiones en el rostro son por las esquirlas.

Christian: Si se aprecian en la foto, lesiones por esquirlas en su rostro.

Rosa: Él me dijo que la dispararon a muy corta distancia. Pero es obvio hasta cierto punto que te eches a correr si ves que hay helicóptero que anda disparando como “loco” desde el aire y todo está rodeado de policías. No sé si ellos agarraron parejo, que es lo que tengo por entendido, eso me lo dijo el de la Comisión de Zacatecas.

Christian: Si, siento que “agarraron parejo” como dice.

Rosa: Si, y de hecho varias personas me han dicho que eso, es algo que no se debería de hacer.

Christian: Si, también lo veo así, se ve que fue todo el uso de la fuerza del Estado de manera desproporcionada, yo si veo algo ahí que es interesante conocer más a fondo. Pero aparte hay esquirlas, yo pienso que eso corresponde a una granada de fragmentación o a un disparo cercano, pero que no se aprecia en el rostro. Sobre el aplastamiento del rostro, eso puede tener diferentes orígenes, pero muy probablemente se dio por instrumento contundente, un tubo o algún instrumento rígido y pesado. Como por ejemplo la “cantonera” que es la parte trasera del arma, por ejemplo en el caso de un fusil. Entonces ahí en la foto que me manda, yo veo lesiones que fueron producidas en distintos tiempos, algunas incluso posmortem.

Rosa: O sea, lo que a mi me explicaron es que él ya estaba en el piso y le comenzaron a disparar.

Christian: Si, y justo como le comento, es probable que con las armas se haya dado esa lesión en el rostro, no es un aplastamiento por un tropezón, se aprecia el uso de la fuerza, el peso de un instrumento contundente. Y no pudo haber sido un vehículo, porqué se apreciarían las huellas neumáticas y las pellizcaduras que produce ese tipo de lesiones.

Rosa: Sí, esa fue una persona. Soy ignorante en el tema, pero no al grado que, de plano no entienda, sí fue hecho por una persona.

Christian: Si, yo también creo que pudo haber sido una persona, algo cercano. Rosa: Y algo que yo le decía a los ministeriales: “yo no entiendo, si ustedes saben que hay campamentos, me dice: “¿cómo sabe? Y le respondí que los colectivos al buscar, sabemos. Yo no estoy muy activa en el colectivo, pero si le doy seguimiento a las cosas que luego hacen. También le reclamaba a los MP ¿por qué hay tanta corrupción en el gobierno? Le dije a este MP: “Hay gente aquí hay infiltrada que se pasa la información, y se lo digo porqué yo no voy pedir justicia” y no la voy a pedir porqué no la hay, en este país no la hay”. Y se lo que digo a usted, sentí más miedo de la policía que de los civiles.

El día que yo le hablé a usted, que me llevaron al hotel ahí en Zacatecas, no sé si yo le dije que me cambié de habitación.

Christian: Si me dijo.

Rosa: No dormí. Al otro día que me llevaron al albergue, me dio más miedo también el albergue, porqué a la entrada te quitan el celular, te quitan la cartera. No lo entiendo, entiendo la parte del celular porqué dicen “¿con quién se va comunicar”?, esa parte la entiendo hasta cierto punto. Yo le dije a los del albergue: “si usted me quita mi celular yo me voy a un hotel, porqué tengo desaparecido a mi esposo, a mi hijo, y si a mi hija le pasa algo yo me mato”. Pensé que no me quedaba nada, en ese momento yo lo veía así, pero no, yo tengo que ver por el bienestar de mi hija.

La parte que no me ha dejado tranquila es de que entiendo la parte de que tienen que combatir al crimen organizado, lo entiendo, pero la parte que no lo voy a entender, es la forma, y si saben que están reclutando “chamacos” y saben que lo son, y no todos creo que estén por su propia voluntad. Se supone que la ley para eso es, para juzgar, para ver, para encerrar. ¿cómo es posible que el helicóptero disparara así? como si estuviera en una guerra.

Christian: Todo eso que me está diciendo lo he pensado. Tampoco es imposible llegar a saber, solamente que el riesgo me parece que es mucho mayor, incluso que el del propio crimen organizado. Real como eso. Rosa: El riesgo de saber, ¿es por los que pudieran estar involucrados, no? De hecho, yo no voy a seguir la carpeta, si lo hacen ellos, la van a seguir de oficio.

Christian: No hay mucha certeza de que investigarán lo que realmente se tiene que investigar.

Rosa: Si realmente no van a investigar eso, porqué todo mundo se cubre las espaldas. En Zacatecas se siente el ambiente de la muerte. Así se lo digo yo a usted. Yo no soy de las personas que cree en las vibras, pero en ese lugar se sintió horrible. Se sentía mas tenso el ambiente en el hotel que en el mismo SEMEFO. Me cambié y aun así me dio miedo, porqué según tiene chapas y ni sirven.

Christian: Entiendo todo lo que me ha dicho, yo no voy generar ningún tipo de juzgamiento a su persona. Comprendo lo que me está diciendo sobre que descansó con la muerte de su hijo, de esta terrible situación.

Rosa: Sí, si descansé, y le doy gracias a Dios, porqué mi hijo, yo digo que está con dios, yo creo que está con Dios, porqué mi hijo en dos semanas no se pudo haber convertido en una persona malvada.

Christian: Si, yo también creo lo mismo.

Rosa: Y si Dios se lo llevó, me lo prestó y se lo agradezco.

Todo mundo me decía: “no vayas a Zacatecas” te pueden matar, pero el asesor jurídico me dijo: “si tú no vas te vas a arrepentir, porqué puedes levantar el acta allá, y te vas a tu casa, no tienes que quedarte ahí, tú levántala y vete a tu casa, ponlos a trabajar, así como nos pusiste a trabajar a nosotros”. Es lo que él me dijo. Y se lo agradezco, pero le dije que yo no quería ir, se lo dije llorando. Y me contestó: “¿y si no lo vuelves a ver? Y le respondí que no importaba.

Es como si yo hubiera sabido, como si Dios me hubiera estado preparando para aceptar que mi niño ya no iba estar, ¿no sé si me entienda? Christian: Claro, claro, la entiendo.

Rosa: Yo no me considero una persona miedosa, pero en ese lugar, se sentía horrible el ambiente, y yo creo en Dios, si no me imagino que en ese momento no sé qué hubiera pasado.

Le doy gracias a Dios, porqué encontré a mi niño, y él está mejor allá que yo aquí, y está mejor que se haya ido, a que se hubiera convertido en una persona mala.

Me dijo el licenciado que va llevar la investigación, que no puedo incinerar el cuerpo, que si es necesario van a llegar y abrir la fosa para realizar un estudio. Y me enojé y les dije: “pues quédenselo, sin van a estar abriéndolo, entonces quédenselo aquí, ¿para qué me lo dan?”

Christian: ¿Y qué le dijo?

Rosa: Me dijeron que no era así la cosa, yo les contesté que él ya estaba muerto y que no hay en justicia este país.

Le he dicho a Dios, si hay justicia inclúyeme en ella, hablo de justicia de que realmente hagan su trabajo, no de venganza, yo no soy alguien que procure la venganza, hablo de justicia de que no dejen pasar las cosas. Que tomen en consideración que no todas las personas que están ahí están por su propia voluntad.

Christian: De hecho, es así, el gobierno sabe que existe reclutamiento forzado, ósea no es un invento, ellos mismo aportan las estadísticas, ellos tienen conciencia. Esa zona gris 15entre ser víctima-victimario y no haber claridad sobre el límite entre una cuestión y la otra, va ser un tema que en algún momento va estallar, eso no se va poder tapar, y van a darse más muertes en esas circunstancias. Porque como usan toda la fuerza del Estado, más la desproporcionalidad cuando se sabe que hay jovencitos, niños que son reclutados de manera forzada y se hace un uso de la fuerza más allá del “legitimo”.

Rosa: Yo le decía al licenciado que lleva la investigación de mi hijo: “yo no le pido que usted haga algo más, simplemente haga lo que le corresponda hacer” y me dijo que sí. El día que yo di de baja la carpeta de investigación en Jalisco, porqué estaba emocionada por el contacto que tuve con mi hijo, ese mismo día, sin saberlo, mataron a mi hijo.

Yo me sentí culpable.

Christian: Entiendo lo que me dice, pero ¿qué responsabilidad pudiera tener sobre lo que no tiene control?

Yo le quiero hacer una pregunta, pero sea lo más sincera posible ¿usted cree que el reclutamiento de su hijo fue una cuestión forzada?

Rosa: Yo si creo que fue un reclutamiento forzado, porqué mi hijo era una persona trabajadora, desde que iba en la primaria. O sea yo creo que si fue forzado. Y creo que la muerte si fue realizado por las autoridades, porqué de lo contrario nunca hubiera localizado a mi hijo.

Doy gracias a dios que en medio de todo esto encontré a mi hijo, yo no hubiera podido vivir con eso.

Yo le decía a mi hijo: “el amor de mi vida eres tú y tu hermana”, el contestaba que si lo sabía. Si mi hijo necesitaba algo yo procuraba la manera de dárselo, trabajaba, siempre lo hicimos de forma limpia.

Le enseñé a trabajar, que todo cuesta trabajo, que nada es gratis.

¿usted cree que debo seguir con la investigación?

Christian: Hay varias cosas, usted me ha comentado que quiere reiniciar la investigación un año después, esto implica varias cosas, se va dar degradación o pérdida de información que puede ser trascendente. Veo que si hay un riesgo de hacerlo en este momento.

Rosa: Yo veo que si hay un riesgo muy alto.

Christian: Si porqué al parecer hay una implicación gubernamental y porqué hay grupos delictivos de por medio, entonces tiene que sopesar, el hecho de que pase el tiempo y se degraden los indicios y se pierdan cosas que posteriormente ya no pueda obtener y el hecho de que lo haga ahorita, pero eso implica una serie de riesgos.

Rosa: Es que el riesgo de mi familia es muy alto, mi hija está viva e Isaac ya no está vivo, o sea esa es la diferencia. O sea Isaac está muerto y el gobierno no va quedar mal y menos la presidenta.

SUTURA SIMBÓLICA Y MUERTE

En la cosmovisión mexicana, a diferencia de otras latitudes, la muerte no significa el final absoluto. Es un drama que, como decía Rancière (2008) “puede ser acción” (p. 11), un umbral límite del ciclo vital. Por ello, la presencia del tema de la muerte en la historia documentada de México no ha sido estéril: la muerte y sus múltiples expresiones han trascendido fronteras geográficas y temporales en un país que alberga “129.5 millones de personas” (Instituto Nacional de Estadística Geografía, [INEGI], 2025) y que Irónicamente, esa gran masa social —de un momento a otro— dejará de estar: dejaremos de coexistir.

Aun con todo el alud de referentes históricos de México —asunto que no se pretende desarrollar aquí— este proceso irrenunciable ha transitado por los diversos pasajes de la geografía terrestre como la negatividad de lo humano sobre la existencia, expresada en el agotamiento de la finitud orgánica o en su transformación hacia algo hasta ahora incomprensible. Lo muerto inerte y la muerte viva, pugnan sobre el escenario vital a través de múltiples expresiones socioculturales, desde las más normalizadas —como la muerte por “causas naturales”— hasta las más intempestivas, que usufructúan el dolor en la nota roja.

Son las muertes de las “vidas matables” de las que habla Giorgio Agamben (2003), las que están fuera de la protección de la ley, en que “el poder soberano es aquel que decide sobre la vida desnuda”. Asesinatos o desapariciones indiferentes e impunes que no alteran el orden político establecido, trazadas como escenas dantescas de registros brutales de la tragedia cotidiana. Así lo advertía Marcuse (1983): “La lucha contra la libertad se reproduce a sí misma, en la psique del hombre, como la propia represión del individuo reprimido, y a su vez su propia represión sostiene a sus dominadores y sus instituciones.” (p. 31). En un país con un conflicto interno activo como México, donde las múltiples fracturas han dejado miles de víctimas —o “daños colaterales”, según quién hable— la muerte violenta y la desaparición siempre son una posibilidad latente ante su masividad.

Lo momentáneamente revestido de muerte —bajo una carga extraordinaria de violencia— va adquiriendo una muerte simbólica en quienes sobreviven a esa muerte incomprobable. La búsqueda se vuelve, entonces, compulsión de hallazgo, intento de cura, sutura simbólica que nunca termina de cerrar. El fracaso del encuentro con el ser amado mantiene abierta la herida, supurando. El trabajo impositivo e irresoluto la conserva así, como un bucle donde el intento de sanación se convierte en autolesión y catástrofe intersubjetiva que se colectiviza.

Lo expresa Assoun (2001) con precisión: “cuando el sujeto está frente a la muerte no tiene otra sensación que la de una dependencia moral dolorosa e impresionante” (p. 74). “este es el trauma originario: el lugar oscuro de un ‘error’ y de un perjuicio que ponen una mancha en la belleza del mundo, lo que inscribe la sombra de la infelicidad en el cuadro festivo de la felicidad.” (p. 9). La memoria también es materia, presencia aún en ausencia. La ausencia no borra, apenas cambia de forma, recrea un cuerpo invisible. Por eso Benjamin en el sentido del arte, la reproducción técnica y lo facsimilar —como intento sustitutivo de algo que no puede ocupar dos espacios de ese aquel entonces— recuerda que Benjamin (1989) “en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra” (p. 2). Ese “aquí y ahora” es también ese “allá y entonces”, que falta en los cuerpos ausentes.

Desde la mirada nietzscheana, este proceso parece un eterno retorno que genera un bucle de agotamiento existencial del cuerpo sufriente. Sin embargo, la muerte como celebración —bajo ritualidades sincréticas— también refracta los malos augurios y habilita otra relación con lo irreparable.

Cuando la muerte imaginada adquiere forma material —“aunque sea un huesito16”, o en el mejor de los casos, una osamenta íntegra—, esa muerte de cuerpo presente puede desarticular la tortura simbólica de la desaparición forzada. Hegel (1807), citado por Adorno (1951), afirma que: “La vida del espíritu sólo conquista su verdad cuando se encuentra así mismo en el absoluto desgarramiento. El espíritu no es esta potencia como lo positivo que se aparta de lo negativo” (p. 11); por lo que la muerte puede ser vista como un desastre que paradójicamente sutura. A partir de Hegel y en contraposición con Adorno, esta idea puede leerse a partir de la tensión entre cierre y negatividad; por un lado, la “mediación” que permite la resolución del psicotrauma, en tanto que el duelo puede comenzar porque el vacío adquiere forma; por otro lado, quizá bajo la perspectiva adorniana, esa sutura solo puede tener un cierre relativo, que nunca es definitivo, pues el sufrimiento sobre el drama humano no puede ser enteramente reconciliable.

Después de todo, “toda vida dañada lleva inscrita la huella de su propia muerte anticipada: el sujeto se marchita antes de tiempo” (Adorno, 2004, p. 44). Y aunque la tragedia de la desaparición acelera ese proceso. Paradójicamente, la muerte material resuelve la muerte irresuelta: la incertidumbre infinita puede finalmente ser suturada —e incluso “celebrada”— a través de la muerte.

No se trata de celebrar la muerte de quien se ama como un acto de perversión, sino más bien, la de solemnizar la muerte de lo que mata en vida. Porque “la vida no vive. El proceso social que se reproduce a sí mismo a espaldas de los individuos hace que la existencia quede reducida a mera supervivencia.” (Adorno, 2004, p. 43). La labor autoexigida del que busca automatiza su condición de explotado, una forma de esclavitud sobre un trabajo que “no produce valor” más que para el imaginario de quien se encuentra en extrema desesperación para hallar, aunque sea un cadáver o un fragmento de existencia; Una lógica de utilidad, intercambio y desachabilidad de un orden que actúa sobre una vida despojada de plenitud. La desaparición es un muerto sin muerte; una presencia suspendida que asfixia, en que la vida ni la muerte logran afirmarse.

La muerte, como discontinuidad de lo corpóreo, conduce a todas las expresiones de vida y goce que se manifiestan en la festividad que a veces genera gratitud a un “dios”, evocando presencias transitorias. Lo expresa Bensaïd17, evocando la convulsión del cadáver de Karl Marx —o del modelo marxista— que muchos creían sepultado tras la caída del bloque soviético. Los cadáveres pueden revivir en la memoria colectiva y pasar de nuevo a la praxis: la fiesta vuelve tantas veces como el trauma lo exija. En realidad, ya veníamos caminando muertos; pero cuando morimos comenzamos a vivir la muerte.

Ese eterno retorno nos indica que “los finales no terminan de acabar. La historia es terca. El cadáver revive. Los fantasmas se desperezan. Los espectros se obstinan en romper la quietud del orden habitual” (Bensaïd, 2000). Desde lo individual hasta lo colectivo, la muerte no es un muerto inerte mientras el duelo permanezca irresuelto; la muerte se vuelve goce y se desplaza al terreno de la búsqueda resolutiva.

La “celebración” de la muerte intenta restituir simbólicamente el vacío que dejan las corporalidades sufrientes. No se trata de rescatar delirantemente a quienes ya no están, sino de un acto colectivo de goce, resistencia, resolución y afirmación identitaria. Lo expresa Marcuse (1983): “El instinto de la muerte es destructividad no por sí misma, sino para el alivio de una tensión”(p. 43). A veces, la muerte parece menos tortuosa que la incertidumbre, porque se sabe que esta suspende la resolución, fractura el tiempo y deja al Ser atrapado en un presente sin respuestas.

REFERENCIAS

Agamben, G. (2003). Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida. Adriana Hidalgo Editora.

Boss, P. (2000). Ambiguous loss: Learning to live with unresolved grief. Missing Persons Platform. https://missingpersons.icrc.org/library/ambiguous-loss-learning-live-unresolved-grief

Adorno, T. W. (2006). Minima moralia: Reflexiones desde la vida dañada (A. Brotons Muñoz, Trad.). Akal.

Avanessian, A., & Reis, M. (Eds.). (2017). Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo. Caja Negra.

Assoun, P. (2001). El perjuicio y el ideal. Hacia una clínica social del trauma. Nueva Edición.

Benjamin, W. (2012). La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica. Ediciones Godot.

Bensaïd, D. (2007). La sonrisa del fantasma. Ediciones Herramienta.

Didi-Huberman, G. (2008). Cuando las imágenes toman posición. Akal.

INEGI. (2021). Censo de Población y Vivienda 2020: resultados definitivos – población total por tamaño de localidad (Anuario estadístico y geográfico 2020). México: INEGI.

Litigio Estratégico en Derechos Humanos, A.C., & i(de)as. (2012). ¡Desaparición forzada también es tortura! Repositorio de Documentación sobre Desapariciones en México, El Colegio de México. https://hdl.handle.net/20.500.11986/COLMEX/10007778

McNally, D. (2014). Monstruos del mercado: Zombis, vampiros y la economía mundial. Traficantes de Sueños.

Marcuse, H. (1983). Eros y civilización: Una investigación filosófica sobre Freud (J. Riera, Trad.). Ariel

Mural. (2025, abril 10). Un huesito aunque sea, ruegan a la Segob [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=wDXWTuJKiw4

NHGRI. (2025, 25 octubre). Ácido desoxirribonucleico (ADN). Genome. gov. https://www.genome.gov/es/genetics-glossary/%C3%81cidodesoxirribonucleico-ADN

Rancière, J. (2010). El espectador emancipado. Manantial.

Redacción. (2014, 22 abril). Hiancia. Psiconotas. https://www.psiconotas.com/hiancia-615.html

NOTAS

  1. Rosa Abad Polo, es una mujer buscadora perteneciente a colectivos de búsqueda de personas desaparecidas en México, quien ha sido víctima “indirecta” de desaparición forzada en contra de dos familiares, en momento distintos. ↩
  2. Christian Antonio Alejandro Reyes Hidalgo es criminólogo especializado en violencia política, delincuencia organizada y desaparición de personas. Ha trabajado en docencia, activismo, investigación y acompañamiento a colectivos de búsqueda. Es estudiante del posgrado en Sociología en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP y miembro del grupo de investigación de violencias en Centroamérica GT del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) ↩
  3. Proceso descrito por Pauline Boss (2000) que ocurre cuando no hay certeza de la materialización de la muerte del ser querido, lo que conlleva a efectos psicosociales graves de quienes afrontan pérdidas ambiguas, que complejizan la vida del ser sufriente que espera resolver dicha ambigüedad. ↩
  4. Santiago López Sánchez, esposo de Rosa Abad Polo, desaparecido en 2008 dentro de la Instalaciones de la Policía Federal en el estado de Nuevo León. ↩
  5. Isaac López Abad de 18 años de edad hijo de Rosa Abad Polo, desaparecido el 01 de junio del 2025 y encontrado en un Forense en el estado de San Zacatecas. ↩
  6. La información sobre el hallazgo del hijo de la señora Rosa Abad Polo se dio aproximadamente 2 semanas después del reporte de la desaparición de su hijo. ↩
  7. En diversos medios nacionales circuló la noticia de que el 19 de junio, según Chávez (2025), hubo “un violento enfrentamiento entre grupos delictivos y policías estatales en Zacatecas que dejó un saldo de 14 personas muertas” noticia que fue rápidamente esparcida por medios nacionales e internacionales. ↩
  8. Por mucha empatía, por mucha solidaridad e incluso por un trabajo directo con colectivos, la desaparición de un/a familiar o conocido/a con el que se mantuvo una relación afectiva representativa o de fuerte vínculo, no suele ser representativa proporcionalmente a quien es solidario, desligado o desinteresado con la persona desaparecida. ↩
  9. Desde la perspectiva marxista el valor se genera en el proceso de trabajo y en la producción de bienes y servicios que satisfacen necesidades humanas, en el caso del trabajo de la búsqueda de personas desaparecidas que realizan los familiares y colectivos, no produce valor en el sentido de la economía capitalista, porque no genera mercancías o plusvalía en un sentido clásico, es probable que se produzca otro tipo de valor. Este trabajo forzado se puede interpretar como una forma de autoexplotación que obliga a los familiares a asumir una carga que debería ser responsabilidad del Estado. ↩
  10. Según Litigio Estratégico en Derechos Humanos A.C. en el informe alternativo al Comité contra la Tortura con respecto a los informes periódicos quinto y sexto combinados de México (2012) “La desaparición forzada también es tortura”. ↩
  11. La entrevista que aquí se presenta es una composición elaborada a partir de diversos fragmentos de intervenciones realizadas en distintas fechas. Han sido horas de conversación, pero únicamente se revelarán aquellas partes que no comprometan procesos de investigación, identidades o la seguridad de la entrevistada. El propósito es mostrar la profundidad de estas problemáticas sin vulnerar ningún aspecto sensible. ↩
  12. Según el National Human Genome Research Institute (2025) “el ácido desoxirribonucleico (ADN) es la molécula que transporta información genética para el desarrollo y el funcionamiento del organismo”. En este sentido el ADN es información biológica que permite a través de una confronta —análisis comparado entre muestras de ADN— para determinar si una o más personas tienen compatibilidad genética, es decir, sin son parte de la misma familia biológica. ↩
  13. Debido a señalamientos e incluso reportajes periodísticos donde se decía que esta persona tiene relación con el crimen organizado, su nombre no se puede exponer para esta entrevista, no solo porque cuestiones de investigación, sino por el riesgo victimal que puede implicar a la entrevistada. ↩
  14. Los primeros días de junio de 2025 fueron cruciales. Aunque Rosa había perdido contacto con su hijo, minutos antes de nuestra primera entrevista me comentó que, por fin, había logrado comunicarse con él. Llegó animada, con un aire distinto a las llamadas previas, y casi toda esa primera intervención la dedicó a hablar de su esposo. Sin embargo, en medio de la conversación me mostró una foto y un par de videos que su hijo le había enviado como prueba de vida. Yo me quedé impresionado. Esos materiales para mí representaban un problema. Se encontraba en un campo abierto, y lo que describía su hijo en el vídeo, parecía más un guion que una comunicación interpersonal. Además, en la fotografía aunque no se veía con claridad, pero me pareció que portaba un chaleco balístico. Le comenté a la señora Rosa. Ella lo desestimó de inmediato, pues —según le habían dicho las autoridades— no se trataba de un chaleco táctico, sino de uno ordinario. No quise insistir. Guardé mis reservas y continuamos con la entrevista. ↩
  15. Esta es una beta de exploración sobre un fenómeno que, aunque históricamente presente, hoy se manifiesta con mayor frecuencia y complejidad: la situación de las personas reclutadas de manera forzada, quienes además de vivir la vulneración de sus derechos, son colocadas en un escenario donde deben enfrentarse a las fuerzas públicas. En el terreno de combate no existe la posibilidad de establecer un diálogo, ni de reconocer el estatus victimal de quienes participan de manera coaccionada. Esa imposibilidad no sólo distorsiona la comprensión de los hechos, sino que coloca al Estado frente a un dilema ético y jurídico. Tener que enfrentarse a personas que, aun portando armas o participando en dinámicas de violencia, son víctimas atrapadas en un entramado de violencias multidireccionales, donde convergen coerciones criminales, omisiones estatales y condiciones estructurales de vulnerabilidad. ↩
  16. Ante un encuentro con la titular de la Secretaría de Gobernación, Rosa Isela Rodríguez, 26 colectivos de búsqueda en México solicitaron el apoyo de la titular de esta dependencia federal, que alberga a la Comisión Nacional de Búsqueda. Esa frase emana de la petición de Gustavo Hernández, —padre buscador— quien hizo una súplica a la titular de esta dependencia, para que al menos se pudiera encontrar “un huesito” que llevara a la identificación de su hijo Abraham Zeidy Hernández del Razo, quien fue desaparecido en mayo de 2024. ↩
  17. En su obra La Sonrisa del Fantasma ↩