e-ISSN 2954-4300 · https://doi.org/10.32399/ICSYH.bvbuap.2954-4300.2025.7.13.859
Reseñas e intervenciones
García Vela, A. y Bonnet, A. (coords.) (2023). Revolución, crítica y emancipación. Debates sobre el pensamiento político de John Holloway. BUAP/Universidad Nacional de Quilmes
María de Jesús Míaz Zúñiga
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, México
ORCID: https://orcid.org/0009-0003-2778-081X
maría.miaz@alumno.buap.mx
La obra coordinada por Alfonso García Vela y Alberto Bonnet y publicada en su primera edición en 2023 por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, se construye como un homenaje al profesor John Patrick Holloway por su septuagésimo quinto cumpleaños. Emerge, además, como una contribución significativa al pensamiento crítico contemporáneo, que discute profunda y críticamente el pensamiento teórico y político de Holloway. El volumen es una traducción de la edición original en inglés The Political Tought of John Holloway. Struggle, Critique, Emancipation (Palgrave Macmillan, 2023).
La introducción, escrita por los coordinadores, establece el marco del volumen. Los autores subrayan la urgencia de cuestionar el concepto de revolución hoy, tarea que Holloway ha emprendido a lo largo de décadas en cada una de las obras que componen una trilogía que comienza con Cambiar el mundo sin tomar el poder (2002) y continúa con Agrietar el capitalismo (2010) y Esperanza en tiempos de desesperanza (2022). Holloway, concibe la revolución no en los términos tradicionales de la toma del poder estatal y la transformación social desde el Estado, sino como un proceso de multiplicación y conjunción de diversas grietas que atraviesan cotidianamente la dominación capitalista. Dicha propuesta, generó –y aún lo hace– un escándalo por el simple hecho de repensar este concepto. Para ello, se apoya en tres elementos fundamentales: 1) las características de las luchas sociales recientes, 2) el marxismo abierto y 3) la teoría crítica.
El éxito de Cambiar el mundo y Agrietar el capitalismo en interpelar a activistas de diferentes luchas, desde Argentina en 2001 hasta Grecia y la Primavera Árabe en 2010-2012, muestra el impacto de su perspectiva. Holloway plantea la hipótesis central de que la aparente imposibilidad de la revolución a principios del siglo XXI refleja el fracaso histórico de la identificación de la revolución con el control del Estado. De hecho, destaca que muchas de las luchas sociales significativas de las últimas décadas, como el levantamiento zapatista o los movimientos antiglobalización, no han seguido la concepción leninista de revolución ni la estrategia de asalto al poder del Estado.
La introducción concluye señalando que, en un contexto global marcado por la crisis del capitalismo, la recuperación y discusión del pensamiento político de Holloway tiene sentido, pues su obra busca la “esperanza en tiempos desesperanzados”.
La primera parte del libro, titulada “Marxismo y Teoría Política”, ofrece un análisis de los fundamentos teóricos del pensamiento de John Holloway, enriqueciendo y debatiendo sus conceptos centrales sobre revolución y dominación capitalista. A través de cuatro capítulos, diversos autores exploran la dialéctica entre sujeto y objeto, la fragilidad del capital, la naturaleza del trabajo abstracto y la posibilidad de la emancipación, sentando las bases para una compresión más matizada de la propuesta de Holloway de “agrietar el capitalismo”.
En “Sobre la dominación y su fragilidad”, Richard Gunn y Adrian Wilding abordan la tesis de Holloway de que el marxismo debe centrarse en la fragilidad o crisis de la dominación capitalista en lugar de simplemente describirla. Proponen que el concepto hegeliano de “reconocimiento” puede ofrecer una explicación unificadora tanto de la dominación como de su inherente fragilidad. Critican las interpretaciones “menos-que-revolucionarias” del reconocimiento de autores como Charles Taylor y Axel Honnet, que tienden a dar por sentadas las estructuras capitalistas o a reducir el reconocimiento a un recurso o la forma institucional. En contraste, Gunn y Wilding regresan al joven Hegel para postular el “reconocimiento mutuo” como una idea revolucionaria y peligrosa, capaz de evidenciar la libertad y la autodeterminación, y que fue fugazmente demandada en eventos como la Revolución Francesa y la Revolución Haitiana. Conectan esta idea con los movimientos sociales contemporáneos que buscan la horizontalidad y las grietas, así como la noción de bienes comunes (commons) como ejemplos vivos de reconocimiento mutuo. No obstante, los autores señalan una doble dificultad en la dominación, donde el reconocimiento unilateral/desigual y el reconocimiento institucional, se entrelazan, haciendo que el cambio sea difícil. Esto, les permite cuestionar la noción de “servidumbre voluntaria” como una explicación incompleta de la dominación, ya que no aborda la cualidad “plomiza e intransigente” de las instituciones o el “señorío difuso del capital mismo” al que no se le puede decir simplemente “no”. La respuesta de los autores es un “sí, pero…” a la propuesta de Holloway de “decidíos a no servir más” y subraya la complejidad de la dominación que no debe pasarse por alto.
Posteriormente en “El sufrimiento y su validación social: sobre el trabajo abstracto”, Werner Bonefeld profundiza en el doble carácter del trabajo en Marx, como trabajo concreto y trabajo abstracto, un concepto que Holloway considera fundamental para comprender al capitalismo. Bonefeld enfatiza que el trabajo abstracto no es una categoría natural o fisiológica, sino puramente social, una forma que opera como compulsión económica silenciosa. A diferencia de algunas interpretaciones que ven al trabajo abstracto como un gasto de energía humana transhistórico, Bonefeld, en línea con la crítica del valor que busca develar las formas “valor”, “mercancía”, “dinero” y “capital” como relaciones sociales invertidas, subraya su carácter socialmente mediado, donde el tiempo de trabajo de los individuos se valida sólo como “tiempo de trabajo universal objetivado” a través del intercambio. Holloway, por su parte, interpreta al trabajo concreto como algo que adquiere un carácter abstracto en el capitalismo debido a su creciente simplificación y su tecnologización. La contribución de Bonefeld explica como esta validación social convierte al trabajo vivo socialmente inválido en capital obsoleto y mano de obra redundante, revelando así el carácter implacable de la competencia capitalista como una coerción social impersonal y abstracta propia del capitalismo que afirma las leyes inmanentes de este modo históricamente específico de producción.
Adrián Piva, en “Clase, contradicción y antagonismo”, sitúa el pensamiento de Holloway dentro de una tradición de marxismo vivo y abierto, que recupera el concepto de “forma” y desarrolla la dialéctica negativa, en oposición a la reducción de la lucha de clases en el marxismo tradicional. Piva, destaca que Holloway y Gunn conciben a la clase no como una clasificación sociológica, sino como una relación social antagónica y de lucha, desvelando la clase como un proceso de reificación y despersonalización. La crítica de Piva radica en su argumento de que la conceptualización de clase del marxismo abierto tiende a la indistinción entre contradicción y antagonismo, proponiendo que una compresión más fructífera de la relación de explotación capitalista exige recuperar esta distinción. En la misma línea, explica cómo la relación capital-trabajo es objetivamente contradictoria y se encarna en la figura del obrero “libre” que simultáneamente es libre e igual en el intercambio, pero desigual y coaccionado en el proceso de producción. El potencial antagónico reside en esta contradicción, donde lo “heterogéneo al concepto” (la opresión real) emerge frente a la lógica igualadora de la mercancía. Finalmente, Piva plantea una interrogante abierta y urgente para la lucha revolucionaria; si todas las luchas (contra el racismo, el patriarcado, etc.) son intrínsecamente lucha de clases, o si requieren de una articulación que respete su exterioridad radical y autonomía, un punto de tensión con la tendencia de Holloway a reducir la multiplicidad de las grietas al “hacer” como base.
Para cerrar esta primera parte, Yiorgos Moraitis y Vasilis Grollios, en “La democracia radical de Rousseau: un antepasado de Agrietar el capitalismo en el siglo XVIII”, establecen una conexión inesperada entre la filosofía de Jean-Jacques Rousseau y el marxismo abierto de Holloway. Ellos argumentan que Rousseau, lejos de ser un mero precursor de la teoría liberal-burguesa, desarrolló un método materialista, que aspira a una organización alternativa de las relaciones sociales, donde se satisfagan las necesidades humanas básicas y que puede considerarse como un antecedente de la teoría crítica de Holloway. Interpretan la “voluntad general” de Rousseau como una expresión de cómo las personas interactúan en su vida cotidiana para satisfacer sus necesidades, criticando las formas sociales alienadas que ellas mismas producen. Al mismo tiempo, destacan la crítica de Rousseau a la lógica del capital y la maximización del beneficio (“el tiempo es dinero”) como precursora de la idea de Holloway de que la lucha de clases se genera cada vez que se niega esta lógica. La propuesta de Rousseau de abolir el dinero o minimizar su papel, y su llamado a la participación a través de asambleas y de consejos en lugar de apelar a la democracia representativa, refuerzan su carácter anticapitalista y radical, que Moraitis y Grollios ven reflejado en la búsqueda de Holloway de “agrietar el capitalismo” desde las prácticas cotidianas y la desnaturalización de las formas sociales.
La segunda parte del libro “Negatividad, Grietas y Emancipación”, explora los conceptos centrales del pensamiento de Holloway en torno a la posibilidad de subvertir la dominación capitalista a través de las resistencias cotidianas y la acción colectiva. A lo largo de dos capítulos, los autores profundizan en la naturaleza de las “grietas” como formas de ruptura de la totalidad capitalista y el “hacer” como fundamento de la actividad humana, así como las implicaciones políticas de estas ideas en el contexto actual, marcado por la pandemia y el autoritarismo.
En su quinto capítulo, “La ontologización de la negatividad: consecuencias políticas de la tensión entre el hacer y las grietas”, Edith González y Panagiotis Doulos rinden homenaje a “Agrietar el capitalismo”, reconociendo su impacto global y su intento de repensar la revolución desde las movilizaciones de los de abajo; como los zapatistas, los piqueteros argentinos y las insurrecciones en Bolivia, Grecia y Oaxaca, concibiéndolas como grietas. Sin embargo, su aporte radica en una lectura crítica de esta propuesta y señalan la existencia de una tensión latente entre el concepto del hacer y las grietas. González y Doulos, argumentan que el “hacer” de Holloway tiene un fundamento ontológico, es decir, que lo concibe como una cualidad inherente al ser humano. Esta ontologización del hacer, tiende a homogeneizar la diversidad de las grietas y a reducirlas a un principio productivista, el trabajo concreto, útil, que paradójicamente puede llevar a una lógica identitaria, a pesar del énfasis en la anti-identidad. Advierten, además, que esta primacía del hacer puede relegar a otras esferas de dominación, como el patriarcado o el racismo, a categorías secundarias. La crítica se extiende a la ambigüedad del “grito” y el “hacer”, que de acuerdo con Marcel Stoetzler, no siempre son intrínsecamente emancipadores y pueden incluso haber sido funcionales para la superación de crisis o ser indiferentes a otras formas de opresión como el antisemitismo. El capítulo subraya la necesidad de una teoría que reconozca la totalidad capitalista como un entramado fragmentado de esferas de poder interconectadas, sin primacía de una sobre otra y enfatiza la importancia de un análisis histórico-social preciso de las transformaciones capitalistas, que Holloway a veces, tiende a esquivar.
Por su parte, el sexto capítulo “Emancipando nuestros cuerpos (perdidos) en la era de la pandemia”, Katerina Nasioka y Marios Panierakis retoman la noción de “grietas” para analizar la pandemia de COVID-19. Exploran cómo la pandemia intensificó la proletarización-sin-trabajo y generó nuevas formas de exclusión y control biopolítico, re-articulando las relaciones sociales para consolidar la cohesión capitalista. Explican que, a pesar de estas nuevas y duras realidades, el marxismo abierto de Holloway ofrece una nueva perspectiva para ver la crisis como una discontinuidad histórica que abre la posibilidad de la esperanza y la transformación. Resaltan la concepción de lucha de clases como un antagonismo cotidiano y continuo que se manifiesta en movimientos como el Ocuppy, el zapatismo, las luchas en Rojava, las protestas contra la precarización, black lives matter y mee too. Para ellos, es importante el cuerpo como lugar privilegiado de dominación, pero también de resistencia y de emancipación. Se basan en Félix Guattari para conceptualizar el cuerpo no sólo como un receptor pasivo de la represión capitalista, sino como una fuerza subversiva y un espacio de conflicto y liberación que desafía la lógica de la productividad y el control. Proponen la colectivización de los cuerpos y los encuentros inesperados como el medio para romper los límites individuales y extender las grietas, aunque reconocen la vulnerabilidad de estas frente a la “succión gelatinosa de la síntesis capitalista”.
Por último, en la tercera parte del libro, titulada “Holloway y la teoría crítica”, se encuentra un análisis multifacético de la obra de John Holloway a través de la teoría Crítica, exponiendo tanto sus aportes como sus limitaciones. Los autores entablan un diálogo crítico que busca enriquecer, y en ocasiones, cuestionar la forma de la revolución que propone.
Alfonso García Vela, en el séptimo capitulo, aborda los “fundamentos de la subjetividad antagónica” de Holloway, y traza una influencia significativa de Herbert Marcuse; su teoría ha sido fuertemente asociada a la influencia de la noción de “gran rechazo” y la “revolución intersticial”. García Vela postula que la teoría de Holloway, al igual que la de Marcuse, se basa en un “núcleo antropológico”, es decir, en una idea afirmativa de la naturaleza o esencia humana (el hacer creativo) como sostén del potencial emancipatorio. Este enfoque, contrasta con el Marx maduro, que fundamentó las posibilidades de emancipación en las contradicciones inherentes a la sociedad capitalista misma, no sobre la base de una supuesta naturaleza humana, a diferencia de sus primeros escritos como los “Manuscritos económicos y filosóficos” de 1844. De acuerdo con García Vela, esta orientación antropológica lleva a Holloway a recaer en la identidad, a pesar de su intención anti-identitaria. Si bien Holloway concibe “el hacer” como un movimiento o “devenir frustrado” para evitar la estaticidad del “ser”, el autor sostiene que definir a los sujetos como “hacedores” es ya una forma de fijarlos y de homogeneizar la diversidad humana bajo un común denominador, reproduciendo así la lógica identitaria. Este dualismo entre “el hacer” (potencialmente no-capitalista) y el trabajo abstracto (capitalista) se convierte, según García Vela en el modelo marcuseano presente en Holloway.
Marcuse buscó una filosofía social concreta, que comprendiera la existencia humana y las posibilidades de emancipación a partir de la naturaleza humana. Para él los manuscritos de 1844 revelaron la esencia del hombre como la base de la teoría de la revolución, viendo el capitalismo como una catástrofe para el ser genérico de la especie. Marcuse recuperó la hipótesis freudiana de que la civilización implica la represión de los instintos, estableciendo una dialéctica entre “Eros” y “trabajo enajenado”. El “Eros” como poder gratificador tiene un potencial emancipador enraizado en la estructura instintiva de los individuos. García Vela, define el modelo de Marcuse como antropológico con carácter antagónico, donde existe un antagonismo entre la naturaleza humana (con una disposición potencial para la emancipación) y el mundo sociohistórico. Postula una “negatividad positiva”, la naturaleza humana lucha por afirmarse y sólo se realizará en un mundo emancipado. Esto crea un dualismo que Holloway no logra superar a pesar de intentarlo, ya que concibe la contradicción social como un antagonismo entre la naturaleza humana y la sociedad.
En el octavo capitulo, José A. Zamora, se adentra en el problema de la crisis del capital y la rebelión conformista, contextualizando el pensamiento de Holloway en la urgencia de repensar la revolución frente al colapso ecológico, las pandemias, el autoritarismo y la “imposibilidad inimaginable” de una superación revolucionaria. Zamora destaca la tesis central de Holloway: “somos la crisis del capital”, que implica que, si el capitalismo es producido por la acción humana, entonces los humanos también pueden dejar de producirlo. No obstante, Zamora señala que Holloway tiende a llevar la “crítica ad hominem del fetichismo a un extremo no exento de problematicidad”, al enfatizar demasiado la disolución de la rigidez cosificadora de las formas capitalistas y, en consecuencia, subestimar la poderosa coacción y estabilidad de la “síntesis social” capitalista. Para Zamora, la rebelión conformista (como el ascenso de los fascismos) demuestra que la introyección de la coacción capitalista puede llevar a los individuos a querer la forma capital y a afirmar lo que los destruye. El autor, destaca la necesidad de integrar la comprensión de cómo la dominación se inscribe en los individuos a través de conflictos psíquico-libidinales, una veta en la Escuela de Frankfurt que permite entender por qué el sufrimiento puede derivar en “falsas curas” o en “falsas salidas” en lugar de una lucha antisistémica genuina.
Alberto Bonnet, por otro lado, indaga la asimilación de la dialéctica negativa de Adorno en el pensamiento de Holloway, reconociéndola como un insumo fundamental para su teoría de la revolución. Bonnet, sin embargo, argumenta que la interpretación de Holloway, al hacer hincapié en una “tendencia subjetivista a la reducción del objeto al sujeto” merma las aristas más radicales de la dialéctica adorniana. Para Adorno, la dialéctica negativa busca “desmontar la falacia de la subjetividad constitutiva” mediante la prioridad del objeto. Bonnet, critica que Holloway, al asimilar sin más la alienación y la objetivación, priva las formas sociales (capital-estado) de su objetividad, lo que lleva a subestimar la complejidad de los retos revolucionarios. Esta tendencia, sostiene y conduce a una indistinción entre acumulación originaria y acumulación capitalista y a infravalorar el análisis históricosocial situado. Aunado a ello, Bonnet cuestiona la jerarquía que Holloway utiliza para organizar el conflicto entre “el hacer” y “el trabajo” como anterior a otros conflictos, ya que ello puede aminorar la relevancia de otras luchas a una única matriz productivista y suprimir la distinción entre “contradicción” y “antagonismo”. La negación abstracta de la identidad del sujeto por Holloway, aunque busca evitar definiciones estrechas, resulta problemática al dejar un “hacer” o “poder hacer” como un principio ontológico indeterminado, en lugar de un sujeto concreto con identidad que se construye en la lucha.
Marcel Stoetzler, en el capítulo diez, ofrece una crítica penetrante a la metáfora del tren utilizada por Holloway en su epílogo de Open Marxism 4. Stoetzler afirma que a pesar de intentar superar la dicotomía estructura/agencia enfatizando el “hacer”, esta metáfora paradójicamente reintroduce una separación entre el tren (la totalidad capitalista como una cosa) y la agencia humana. Stoetzler valora la constante negativa de Holloway a aceptar dicotomías, pero observa que su entusiasmo por la fragilidad del capital a veces lo lleva a subestimar la fuerza objetiva de la dominación. Una de las críticas incisivas del autor se dirige a la ambigüedad y excesiva inclusión de conceptos como “grito” y “grieta”. Insinúa que no todas las negaciones del capitalismo son inherentemente emancipadoras, señalando que movimientos como el fascismo también se han proclamado anticapitalistas y han sido funcionales incluso para superar crisis capitalistas. Sloetzler aboga por una lectura más sobria, que reconozca que el espacio abierto por la desintegración de las formas sociales burguesas no garantiza movimientos emancipatorios, sino que puede ser llenado por innumerables fetichizaciones adicionales o rebeliones conformistas.
Finalmente, en su epílogo, John Holloway ofrece una repuesta a las críticas, asumiendo una postura de ser leído “en-contra-y-másallá”. Reafirma su punto de partida en el “nosotros” y la idea de que la riqueza se desborda de forma mercancía, manteniendo una visión de la naturaleza humana que, aunque negada, se resiste a la dominación. Abraza el calificativo de “idealismo subjetivo” y “marcuseano antropológico”. Asimismo, argumenta que somos atacados, pero no completamente derrotados y que, aunque los ataques se manifiesten a través de diferentes identidades, la lucha es en contra de un monstruo de muchas cabezas, que pueden tener un corazón conector en el dinero y en el intercambio de las mercancías. El dinero, al romper la comunidad crea esas cabezas identificadoras. Para Holloway, lo importante es la forma que adopta nuestra reacción. “Una reacción se desborda, rompe barreras, mientras que la otra retrocede para buscar un refugio dentro de las barreras existentes”. Es más útil pensar en reacciones identitarias y antiidentitarios, entendiendo la interpenetración de identidad y no-identidad y el peligro de encierro incluso en movimientos antiidentitarios.
El libro Revolución, crítica y emancipación. debates sobre el pensamiento político, de John Holloway, afronta la urgencia de la revolución en el siglo XXI, se sitúa en un contexto en el que el capitalismo es un tren desbocado que se dirige hacia el abismo, generando pandemias, guerras y crisis económicas, políticas y ecológicas. La riqueza del libro reside en las objeciones planteadas por los diversos autores que complejizan la comprensión del pensamiento de Holloway. La necesidad de una transformación radical de las relaciones sociales nunca fue tan urgente.