Bajo el Volcán. Revista del Posgrado de Sociología. BUAP, Año 7, Núm. 13, noviembre de 2025 – abril de 2026, pp. 369-414.
e-ISSN 2954-4300 · https://doi.org/10.32399/ICSYH.bvbuap.2954-4300.2025.7.13.815

Luchas sociales y coyunturas políticas

Decrecimientos situados: perspectivas críticas desde América Latina y el Sur Global

Situated degrowth: Critical perspectives from Latin America and the Global South

Carlos Tornel1
Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur / Tejido Global de Alternativas, Ciudad de México, México
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-6338-066X

Alberto Acosta2
Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur, Quito, Ecuador

Gabriela Cabaña3
Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur, Quito, Ecuador
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-1661-6892

Sofía Ávila4
Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México

Miriam Lang5
Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, Ecuador
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-1165-6788

María Paz Aedo6
Universidad Diego Portales, Santiago, Chile

Luca Ferrari7
Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México

Carmen Aliaga8
Observatorio Ukamau Territorio y Dignidad, Santiago, Chile

Recibido: 13/05/2025

Aceptado: 30/08/2025

RESUMEN

Este artículo, en formato de diálogo, recoge un intercambio colectivo entre académicxs y activistas del Sur Global que explora críticamente el concepto de decrecimiento desde América Latina. Frente a un debate dominado por perspectivas del Norte Global, se propone un enfoque situado que reconozca la pluralidad de experiencias y resistencias en los territorios latinoamericanos. Se plantea que el decrecimiento no puede ser entendido como una receta universal ni una mera reducción del PIB, sino como una herramienta crítica para desmontar las lógicas capitalistas, coloniales y patriarcales del desarrollo. A partir de experiencias encarnadas en luchas por la justicia ambiental, la autonomía comunitaria y los saberes enraizados, se aboga por un decrecimiento relacional, articulado con el Buen Vivir, la comunalidad y otras cosmovisiones. El texto destaca la urgencia de construir alternativas al “modo de vida imperial” mediante procesos de simplificación, suficiencia y prefiguración política desde abajo. Se propone una agenda de investigación y acción que cuestione las narrativas hegemónicas, reconozca las múltiples crisis en curso y habilite transiciones socioecológicas justas y pluriversales.

Palabras clave: Decrecimiento, Sur Global, América latina, pluriverso, postdesarrollo.

ABSTRACT

This article, written in dialogue format, brings together a collective exchange between scholars and activists from the Global South who critically explore the concept of degrowth from a Latin American perspective. In contrast to a debate largely dominated by Global North perspectives, it proposes a situated approach that recognizes the plurality of experiences and resistances in Latin American territories. The authors argue that degrowth cannot be understood as a universal recipe nor as a mere reduction of GDP, but rather as a critical tool for dismantling the capitalist, colonial, and patriarchal logics of development. Drawing from lived experiences in struggles for environmental justice, community autonomy, and rooted knowledges, the text calls for a relational degrowth articulated with Buen Vivir, comunalidad, and other worldviews. It highlights the urgency of building alternatives to the “imperial mode of living” through processes of simplification, sufficiency, and political prefiguration from below. Finally, it proposes a research and action agenda that questions hegemonic narratives, acknowledges the multiple ongoing crises, and enables just and pluriversal socio-ecological transitions.

Keywords: Degrowth, Global South, Latin America, pluriverse, postdevelopment

INTRODUCCIÓN

Durante las últimas dos décadas el debate sobre el decrecimiento se ha expandido en buena parte del Norte Global. Pasando de ser un concepto acuñado en la década de los setentas, la idea del decrecimiento ha sido retomada principalmente en Europa a principios de la primera década del siglo XXI, donde ha salido de los confines de la academia a tener un papel cada vez más relevante en el ámbito político y público. Como un hito en este proceso, en mayo 2023, 20 parlamentarios europeos de cinco bancadas diferentes invitaron a una conferencia Beyond Growth en el Parlamento Europeo9. El debate sobre el decrecimiento ha sido ampliamente desarrollado, pero, en buena medida, sus recomendaciones y propuestas suelen enmarcarse en la experiencia histórica y política de países (sobre) desarrollados en el Norte Global. Lo anterior ha resultado en una concepción muchas veces problemática sobre la propuesta del decrecimiento en el Norte en su relación con los Sures. Por ejemplo, se propuso en algún momento que el decrecimiento en el Norte ‘generaría un espacio para el desarrollo para el Sur Global.’ Esta propuesta no sólo recicla la idea de que dicho desarrollo o crecimiento por una senda única pre trazada es necesario en los países ‘subdesarrollados’ o ‘pobres’ con el fin de poder alcanzar a los países desarrollados, sino que también muestra una lectura de la realidad y de los horizontes societales en clave unilineal con un supuesto que reproduce la idea de que todos los pueblos se conducen bajo un mismo impulso desarrollista.

Buena parte de la crítica del desarrollo y el crecimiento han comprobado esta falsedad (Escobar, 2007; Esteva, 2013; Schmelzer et al., 2022; Lang, 2024), mostrando no sólo la problemática forma en la que la noción del desarrollo opera como un sistema colonial, sino la falta de evidencia para demostrar que efectivamente los países hechos pobres se benefician al aumentar el crecimiento económico. La realidad como propone Lang (2024) es que no sólo no existe una correlación directa y automática entre el crecimiento económico y la reducción de la pobreza, sino que el crecimiento muchas veces suele tener impactos negativos en términos sociales, ecológicos, culturales y democráticos exacerbando la pérdida de complementariedad. Asimismo, afecta de forma desproporcionada a las mujeres y los cuerpos feminizados y exacerba la sobre explotación del trabajo reproductivo y de cuidados, generalmente no remunerado, así como la subalternización de los sures globales en la economía-mundo. Entendemos estas dependencias más allá de una simple separación regional o geográfica entre norte y sur global, sino que la presentamos, siguiendo a Ulrich Brand y Markus Wissen (2020) como un Modo de Vida Imperial. Este requiere de la expansión de zonas de sacrificio en diversos lugares y trasciende los límites y fronteras entre el norte y el sur como regiones geográficas. Dicho de forma más simple, el crecimiento económico se ha convertido en una especie de ‘sentido común’ en prácticamente todos los países, sus estados y sociedades, así estén ubicados en el norte o el sur geográfico del planeta. Por ello, el decrecimiento material y energético debería ocurrir, de forma diferenciada por sectores y clases sociales, en prácticamente todos los países (sobre)desarrollados o “en vías” de desarrollo.

Como contracara de este ‘sentido común’ hegemónicamente establecido en las narrativas supraestatales y de los propios Estados-nación, se despliegan –en diversos sentidos y con complejidades polifónicas– modos de vida que no solo evidencian la no linealidad de la historia social, ya nombrada por la teoría de la dependencia como “heterogeneidad histórico-estructural” (Quijano, 2014), sino que también configuran alternativas reales al modelo de crecimiento desmedido impuesto por las lógicas del capital. Estos modos de vida nutren, de forma crítica, creativa y beligerante, no solo las reflexiones teóricas, sino, sobre todo, las discusiones políticas y militantes que nos interpela –en clave problemática– el tema del desarrollismo.

Evitar caer en la ‘trampa del desarrollo’ muestra que el crecimiento económico como medio para dicho fin, pronto se convierte en una carrera interminable (Esteva, 2024) con consecuencias tan claras como la enorme desigualdad que hoy existe en el planeta – en donde 8 individuos concentran una mayor riqueza que la mitad de la población del planeta–, la crisis climática, la sexta extinción masiva, el aumento de los sentimientos antidemocráticos y el resurgimiento del autoritarismo, entre muchas tantas otras condiciones socioecológicas que muestran una crisis civilizatoria cuyo principal eje puede ser la pérdida de significado (Escobar, 2020).

Desde el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur,10 se propone pensar la policrisis desde las escalas comunal, nacional, regional y global, con el fin de tejer numerosas apuestas políticas, sociales, económicas y académicas entre otras, para plantear la necesidad de enraizar la transformación socio-ecológica en una lógica de justicia global, que sea a la vez crítica y alternativa a las propuestas hegemónicas de transición ecológica. Se piensa al mismo tiempo, la crisis actual como una guerra contra la vida y la Naturaleza, por lo cual la necesidad de accionar iniciativas críticas se hace cada vez más urgente.

Durante el V Congreso Latinoamericano de Ecología Política: Nuevos horizontes de rebeldía celebrado en la Ciudad de México en diciembre de 2024, diferentes integrantes del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur se convocaron y reunieron para sostener un diálogo en torno a la idea de pensar del decrecimiento desde el sur global, principalmente desde América Latina. Esta oportunidad, permitió intercambiar con compañeras y compañeros aliados, las diversas formas en las que se han ido actualizando los debates en torno del decrecimiento, apuntando a recrear y complejizar las perspectivas que continuamente nos arrojan los numerosos procesos en lucha de los movimientos sociales, principalmente de América Latina.

El encuentro y el debate en formato de rueda de diálogo, giró en torno a las siguientes preguntas: ¿Cómo se puede interpretar, adaptar o contraponer el concepto de decrecimiento en o desde América Latina, considerando sus diferencias materiales, energéticas y culturales? ¿Qué diálogos pueden establecerse entre el decrecimiento y cosmovivencias como el Buen Vivir, la Comunalidad y tantas otras filosofías/prácticas en diversos territorios? ¿Qué papel juegan los entramados comunitarios frente a la crisis civilizatoria, el modelo neoliberal dominante, el Estado y sus instituciones?

Más que ofrecer respuestas, el intercambio permitió abrir algunas nuevas preguntas y problematizar algunos viejos supuestos que han orientado el debate sobre decrecimiento hasta ahora. Además, permitió acercarse a las formas concretas en las que se materializan estas ideas en los procesos sociales vivos. El intercambio de ideas dejó en claro que el decrecimiento no puede ser concebido como una receta universal ni como un modelo homogéneo. Más bien, se trata de un proceso en construcción que debe dialogar con las luchas históricas, políticas y consideraciones locales y territoriales, así como con formas de organización, filosofías y prácticas en diversos territorios. A lo largo de la discusión, emergió la importancia de pensar el decrecimiento como un espacio plural, articulado con las resistencias al extractivismo, la defensa de la vida y la construcción de autonomías desde abajo. Este artículo busca recoger los principales aportes de este diálogo y contribuir a una conversación más amplia sobre las transiciones necesarias en un mundo marcado por el fin de ‘un mundo de un sólo mundo’. En un contexto donde el discurso del crecimiento sigue siendo hegemónico, la tarea de imaginar futuros y recuperar pasados más allá del desarrollo no sólo es urgente, sino imprescindible para enraizar saberes necesarios para la r-existencias y las alternativas.

En buena medida, lo que se presenta a continuación es una versión levemente editada de las intervenciones, buscando resaltar las contribuciones principales de cada una de las personas participantes, siguiendo el orden de las intervenciones durante el congreso. En la siguiente sección se presenta un breve resumen de las principales ideas que surgieron del diálogo, retomando también algunos de los cuestionamientos del público presente. Finalmente, la última sección ofrece una breve serie de conclusiones que, más que cerrar el debate, proponen una agenda de investigación, diálogo y sinergías para el decrecimiento en América Latina.

DIÁLOGO E INTERCAMBIO

Alberto Acosta (AA): El decrecimiento no debe entenderse como una mera reducción económica ni como una recesión controlada, sino como una transformación radical de los modos de vida capitalistas hacia horizontes pluriversales. Frente a falsas soluciones que reproducen la lógica moderna, el decrecimiento plantea respuestas profundas ante la mercantilización creciente de la Naturaleza y la Humanidad. Las críticas al crecimiento económico tienen una larga trayectoria: John Stuart Mill ya hablaba de una economía estacionaria en 1848, y el Informe del Club de Roma (1972) visibilizó los límites biofísicos del planeta, marcando un hito en la reflexión ecológica y social. Herman Daly, influenciado por Nicholas Georgescu-Roegen, cuestionó desde 1971 el crecimiento perpetuo, al que consideraba un “suicidio colectivo” y una lógica antropocéntrica insostenible. En 1999, calificó a la economía convencional como una “máquina idiota” que agota y contamina sin cesar. Por su parte, John Maynard Keynes predijo en 1930 que hacia 2030 se alcanzaría un punto de saturación del consumo, lo que pone en duda el fetiche del crecimiento. Walter Benjamin criticó la noción de progreso como un tiempo “homogéneo y vacío”, destacando la necesidad de desmontar ese imaginario dominante. Sin embargo, su arraigo cultural es profundo, y el poder —apoyado por los medios corporativos— limita el debate, oculta las injusticias estructurales y promueve soluciones superficiales como la economía verde, bajo el discurso incuestionable del desarrollo. Este contexto, atravesado por consumismo, represión y autoritarismo, debilita la democracia y dificulta la construcción de alternativas sistémicas.

El crecimiento económico, con sus múltiples formas de dominación (clase, género, raza, imperio), no debe ser el motor ni el fin de la economía. Más allá de superar su fetichización, es necesario impulsar el decrecimiento como transformación estructural, especialmente en el Sur global. Enrique Leff (2008) advierte que exigir el decrecimiento solo a los países ricos mientras los empobrecidos continúan creciendo es una ilusión peligrosa, como demuestra el caso de China. Perseguir el desarrollo como ideal universal es insostenible y debe ser cuestionado desde las críticas al desarrollo y el posdesarrollo (Escobar, 2011; Unceta, 2014; Acosta, García, Munck, 2021). Aunque el concepto de decrecimiento es complejo y a menudo ambiguo, esta ambigüedad refleja el desafío de cuestionar la racionalidad económica dominante. Más que una propuesta acabada, es una herramienta crítica –un “concepto obús” (Unceta, 2014)– para desmantelar el pensamiento económico vigente. Si bien algunas críticas desde el Sur global lo acusan de ser una idea nacida del privilegio, otras posturas argumentan que precisamente el Norte debe decrecer para que el Sur pueda alcanzar condiciones de vida dignas.

El decrecimiento no tiene una definición única, sino que agrupa distintas estrategias y horizontes políticos con una fuerte potencia transformadora. Como señalan Latouche y Demaria (2019), no busca sustituir el crecimiento por otro tipo de desarrollo “sostenible” o “justo”, sino construir una sociedad radicalmente distinta, descolonizando el imaginario y superando el dominio económico. Propone modelos como la “abundancia frugal” (Paech, 2012), la “prosperidad sin crecimiento” (Jackson, 2009) y valores como la simplicidad, el cuidado y los comunes. Se entrelaza con cosmovisiones como el Buen Vivir (Acosta, 2013), Ubuntu (Le Grange, 2019), Eco-Svaraj (Kothari, 2019), Kyosei (Fuse, 2019), el comunitarismo zapatista y la convivencialidad de Illich (1973, 2015), además de ideas como la “sobriedad feliz” de Rabhi (2013) o la autosuficiencia nacional de Ferrer (2002) y Keynes (1933).

Desde un enfoque plural, el decrecimiento abre espacios para responder a las múltiples crisis globales y avanzar hacia un Pluriverso (Kothari, et al., 2019). Permite desenmascarar las falsas soluciones del “desarrollo verde” o las “transiciones tecnológicas” que, sin cuestionar las estructuras de dominación, reproducen exclusiones bajo etiquetas como economía sustentable, circular o “de colores”. Estas iniciativas, en lugar de resolver los problemas, a menudo crean nuevas formas de acumulación y despojo, incluso mediante políticas de conservación. Aunque surgió en el ámbito académico, el concepto de decrecimiento ha sido adoptado por movimientos sociales cuyas prácticas, aunque no siempre nombradas como tales, se alinean con sus principios y con los del posdesarrollo. En este sentido, el decrecimiento actúa como un conceptopuente que impulsa la acción transformadora.

Más que un debate teórico, el decrecimiento exige articular análisis críticos con acciones radicales. Su aporte central es desmitificar la lógica del crecimiento permanente y abrir el camino hacia otras formas de entender y transformar el mundo. No es un modelo cerrado, sino una herramienta de pensamiento y acción, en la línea del enfoque de investigación-acción participativa de Orlando Fals Borda. Si bien no toda resistencia al sistema es necesariamente decrecentista, incorporar esta perspectiva enriquece la búsqueda de transformaciones estructurales, en conexión con propuestas postextractivistas (Acosta y Brand, 2017), decoloniales, de economía del cuidado, justicia social, derechos de la naturaleza y una democracia radical. Revisar los fundamentos del crecimiento y del capitalismo es urgente. Una nueva economía debe abandonar la lógica de acumulación material y priorizar alternativas centradas en la vida. El decrecimiento permite imaginar nuevas formas de producción, reproducción e institucionalidad, garantizando derechos como el trabajo digno y el ocio, y cuestionando la tensión entre consumo y sustentabilidad. Para Giorgos Kallis (2011), el decrecimiento es un proyecto multifacético de transformación institucional, política y de valores. Tim Jackson (2009) señala la necesidad de redefinir el bienestar hacia la prosperidad, cohesión social y calidad de vida, con menor presión ambiental. La fe en el crecimiento y la tecnología resulta engañosa, pues la técnica no ha democratizado la vida digna y a menudo refuerza las desigualdades. Reencauzar el debate político es clave. La obsesión economicista ha desplazado herramientas esenciales para mejorar la vida, mientras que confiar en el mercado o idealizar la Naturaleza como solución resulta costoso. Ante ello, se requiere una aproximación transdisciplinaria que aborde la complejidad actual y articule resistencias que desbordan los límites de la Modernidad.

Transitar hacia una economía sostenible requiere transformaciones profundas: justicia tributaria ecológica, límites al uso de recursos y emisiones, reducción de la jornada laboral, energías no corporativas, instituciones financieras alternativas y fortalecimiento de capacidades comunitarias. También es necesario desmontar la “sociedad de la externalización”, donde el bienestar de unos depende de la exclusión de otros y de la destrucción ambiental (Lessenich, 2019). Aunque parciales, estas propuestas deben articularse bajo los principios de justicia ecológica y social. El mayor obstáculo es la falta de voluntad política, motivada por la mediocridad o complicidad de las élites. Frente a esto, la acción colectiva desde abajo es urgente. En este contexto, el debate sobre el decrecimiento se vuelve indispensable tanto en el Norte como en el Sur global.

Los países industrializados, principales responsables de la crisis ecológica, deben transformar radicalmente sus formas de vida. Sin embargo, esto no implica mantener en la pobreza al Sur global. Se trata de promover un decrecimiento justo y ecológicamente sensato que supere el extractivismo. El reto para el Sur es construir alternativas dignas sin replicar el “modo de vida imperial” (Brand y Wissen, 2020). A su vez, los países ricos –enriquecidos a costa del resto– deben reconocer su “mal desarrollo” (Tortosa, 2011) y abandonar un modelo de crecimiento no replicable a nivel global. Como advierte Leff, no basta con “saltar del tren en marcha”; hay que redibujar sus rumbos de fondo, construyendo nuevas economías para otra civilización (Acosta y Cajas-Guijarro, 2018). Esto requiere romper con el fetiche del crecimiento y adoptar una racionalidad ecológica para un nuevo paradigma eco-tecnológico y cultural (Leff, 2017).

No se trata simplemente de “reverdecer” el sistema actual, lo cual solo perpetúa la mercantilización de la Naturaleza y la Humanidad. La transformación debe ser estructural y colectiva, anclada en lo comunitario, pero con mirada global, sin obviar el ámbito estatal. Es urgente replantear el sistema económico internacional, aún dominado por el poder empresarial y estatal, los paraísos fiscales, el endeudamiento, los flujos financieros ilícitos y el control geopolítico. Construir otra economía global –para otra civilización– exige desmantelar el poder financiero especulativo y las instituciones que lo sostienen. Este debate, aunque no nuevo, es cada vez más urgente. A ello se suma la necesidad de una Paz mundial verdadera: no sólo entre pueblos, sino entre la humanidad y la Tierra. Esto implica desmilitarización, redistribución de recursos y el reconocimiento efectivo de los Derechos de la Naturaleza como base para una paz duradera.

Gabriela Cabaña (GC): Mi aproximación al decrecimiento ha sido desde el diálogo con las perspectivas latinoamericanas, como son el post-extractivismo. El libro Salidas del laberinto capitalista: decrecimiento y postextractivismo (Acosta y Brand, 2018) pone en diálogo estas tradiciones, reconociéndolas como distintas, con sus historias, pero que se encuentran en solidaridad y en diálogo. Desde mi experiencia situada políticamente, como académica e investigadora, el decrecimiento ha sido una caja de herramientas que ha servido para enfrentar y entender ciertos procesos, conflictos y puntos ciegos que he observado particularmente con lo que está pasando en Chile en relación a la justicia ambiental. En Chile tenemos por un lado, una tradición muy crítica del desarrollo, un conjunto de movimientos sociales y asambleas territoriales que tienen clarísimo el problema del actual modelo expansionista que sacraliza el crecimiento económico por sobre todo lo demás. Pero, por otro lado, convive con esta otra mitad, que sigue insistiendo en estas fórmulas que ya sabemos que no resultan. Conociendo el decrecimiento en Europa me di cuenta que muchas de las de las preguntas que se hacían ahí y muchas de las de los debates sí le hablaban a este contexto político que yo había conocido. Por ejemplo, el debate de las ciudades libres de auto que fue parte de la emergencia del decrecimiento, hace en gran parte sentido para mi desde mi contexto urbano chileno. Veo conflictos que pueden dialogar –desde su diferencia– aprendiendo mucho.

Un caso muy contemporáneo ilustra esto que comento. En Chile está en boga la promoción del hidrógeno verde, como vector energético que venga a reemplazar a los combustibles fósiles (por ser supuestamente “carbono neutral”). Desde un punto de vista de las falsas soluciones, el hidrógeno viene a “salvar” el modo de vida imperial, ahora bajo la bandera de la descarbonización. Chile fue el primer país en América Latina en diseñar una estrategia nacional de hidrógeno verde el año 2020. En los planteamientos de la factibilidad de esta estrategia se planteaban horizontes y magnitudes en completo desacople de la realidad socio material. Tenemos una estrategia diseñada en base a un documento técnico de McKinsey and Company, que dio cifras espectaculares de producción a futuro y de precios de electricidad increíblemente bajos. Según ese documento, Chile podría tener al 2050 una capacidad de generación de energía renovable asociada al hidrógeno verde de 300 GW. Hoy día en Chile existen 34 gigawatts de capacidad instalada a nivel nacional, de los cuales solo 16 son de energías renovables no convencionales (Comisión Nacional de Energía, 2024). Así, la política de hidrógeno se construyó sobre una estimación de potencial energético totalmente abstracto, de niveles de radiación y viento pero sin ningún entendimiento socioecológico de la energía, sus impactos, riesgos e implicancias. No se estimó, por ejemplo, cuánto territorio debe ser sacrificado para la producción del hidrógeno, o cuál es el impacto en las zonas costeras de donde se pretende sacar el agua que se va a desalinizar.. Se entiende erróneamente que los flujos renovables de luz solar y el viento son “infinitos” en su capacidad de proveernos de una mercancía, sin contabilizar los impactos materiales y energéticos de su infraestructura. No contabilizar la materialidad de las infraestructuras constituye un error epistémico. No consideramos los impactos sinérgicos y acumulativos en los territorios, no consideramos a las personas, su relación con el territorio, a los a los pueblos indígenas, y comunidades rurales que ahí habitan. En el fondo, el capitalismo entiende estos espacios como vacíos de valor, disponibles para hacerlos “productivos”.

El decrecimiento aquí sirve para abrir un diálogo sobre lo violento de estos horizontes, proponer un pensamiento más aterrizado y por lo tanto, más justo. Aunque lamentablemente no nos hemos encontrado con mucho interés de parte del estado en discutir estas cuestiones, lo que nos obliga a reflexionar críticamente sobre ¿Energía para qué? ¿Energía para quién? Estas son las grandes preguntas políticas y éticas que no hemos querido o podido abordar democráticamente, y que hoy nos están costando el planeta. Hacer esta crítica al modo de vida imperial y al capitalismo se ha vuelto cada vez más difícil, suena como una cosa muy utópica. Como respuesta solemos escuchar que quienes criticamos este modelo queremos “volver a vivir en las cavernas”. Hay una angostura de la imaginación que es muy preocupante. Y para enfrentar esta falta de imaginación de otras formas civilizatorias, el decrecimiento es una herramienta entre muchas. La investigación que está saliendo ahora desde centros de investigación de decrecimiento que modelan formas de provisión de buena vida para todos y todas con menos demanda de energía, por ejemplo, son súper importantes para abrir conversaciones que hoy están cerradas. No es suficiente ni tiene todas las respuestas. Pero sí puede aportar a salir de esa trampa de que no hay otros mundos posibles.

Finalmente, se trata de tomar lo que nos sirva en nuestras luchas por la vida. Es interesante también que desde Latinoamérica hemos visto qué pasa cuando se habla de decrecimiento desde espacios institucionalizados de poder, como el Estado. Lo vimos en Colombia con la ministra Irene Vélez, y en la primera convención constitucional en Chile con Cristina Dorador. Dos mujeres que insinuaron el decrecimiento fueron rápida y brutalmente atacadas y desacreditadas. Creo que eso también dice mucho de las barreras epistémicas y políticas a las que nos enfrentamos. Yo, la verdad, no sé bien cómo se resuelve la cuestión del Estado y su rol en la transformación que necesitamos gestar. Soy cada vez más escéptica de la idea de cambiar el Estado “desde adentro”. Y también me vuelvo cada vez más escéptica de decir “bueno, vamos a hacer todo sin el Estado y lo vamos a ignorar”, porque tampoco funciona. No tengo respuestas, pero creo que esta cuestión del decrecimiento nos ayuda también a aprender por qué lados se puede empujar más efectivamente por cambios radicales.

Sofía Ávila (SA): Celebro que tengamos un diálogo inter-generacional entre las academias y los movimientos sociales latinoamericanos. Me gustaría proponer un ancla temporal que nos permita hacer una reflexión “hacia atrás” y “hacia delante” en torno al debate sobre el decrecimiento en América Latina. Empecemos por reconocer que el debate en torno al por qué y cómo el decrecimiento es relevante para nuestras sociedades tiene ya un camino recorrido. Muchos podrían ser los puntos de referencia en este sentido11, pero utilizaré uno en el cual he participado de forma activa. Me refiero a la Conferencia Norte-Sur sobre Decrecimiento que organizamos en 2018 en la Ciudad de México, resultado de una colaboración entre la red decrecentista europea y diversos aliadxs en México, incluyendo activistas, movimientos sociales y académicxs.

En ese entonces, uno de los debates iniciales giró en torno a ¿cómo nombraremos a esta conferencia? Algunxs proponían hacer la diferenciación entre decrecimiento y descrecimiento para hacer notar los debates situados en nuestras geografías. Por otro lado, habíamos quienes defendimos que el tema central para situar la conversación no radicaba en un concepto sino en un proceso que construye el puente entre el post-desarrollo y el decrecimiento. En otras palabras, convenimos que, en América Latina, nos importa discutir la imposición del desarrollo como horizonte a desear y la condición de subdesarrollo en la que nos han colocado en consecuencia. Imposición y condición profundamente ligadas al proyecto civilizatorio moderno anclado en el crecimiento económico y los ritmos acelerados del metabolismo que sostienen la acumulación.

Bajo estas premisas, tomamos la oportunidad de trabajar una versión latinoamericana del libro Decrecimiento: vocabulario para una nueva era (2018). El libro, editado por Giacomo Dalisa, Federico Demaria y Giorgos Kallis, se inspiró en el formato del Diccionario del Desarrollo, editado en 1992 por Wolfgang Sachs, con el objetivo de compilar una diversidad de “entradas” para pensar el decrecimiento. Así, propusimos una versión del libro que incluyera una sección llamada “Miradas Latinoamericanas” en donde contribuyeron, entre otrxs, Gustavo Esteva, Maristella Svampa, Enrique Leff, Alberto Acosta y Arturo Escobar. Esta edición permitió trazar un puente más concreto entre el post-desarrollo y decrecimiento y reflejar algunas de las preocupaciones intelectuales y políticas de inicios de siglo XXI.12

Hoy, entonces, vale la pena preguntarnos ¿qué permanece vigente y que ha cambiado desde entonces? Lo que efectivamente permanece con fuerza es que el decrecimiento es una preocupación fundamentalmente europea. Sin embargo, esta preocupación la situamos hoy en clave global y relacional. Me explico, el decrecimiento es una respuesta intelectual y política de las sociedades modernas que se han volcado en sociedades de consumo y acumulación, y que, en consecuencia, requieren de la constante colonización de la otredad para sostenerse. En ese marco el decrecimiento emerge importante para el mundo no europeo; porque los mundos no europeos son esa otredad colonizada para que Europa, y sus ramificaciones socio-espaciales entendidas como “el Norte Global”, puedan crecer y sostener en el tiempo su modo de vida imperial.

Propondría entonces pensar la dialéctica contradictoria entre modernidad y colonialidad, desarrollo y subdesarrollo, como dos caras de una misma moneda que hacen posible la prevalencia del capitalismo y su crecimiento infinito como modelo social global. Estas pueden ser coordenadas fructíferas para desarrollar una militancia internacionalista y relacional por otras diversas formas socio-ecológicas de organizarnos en la tierra. Si el norte decrece democráticamente, se liberan los espacios políticos, culturales y materiales que hoy están sofocados por el ímpetu del desarrollo en los Sures del mundo. En América Latina, sabemos bien, que las élites nacionales (ese “norte” en el “sur”) se anclan al proyecto del desarrollo para acaparar las rentas del intercambio internacional desigual, a través de enclaves productivos como el extractivismo y la maquila (Acosta, 2012) que hoy en día se actualizan en sus versiones “verdes” (Lang et al., 2023) y “solares” (Avila-Calero, 2025). Mientras tanto, grandes capas de la sociedad están totalmente proletarizadas, precarizadas y sobre todo despojadas de esa autonomía política que les representaba no-estar colonizadas.

En América Latina insistimos también en que las luchas por la justicia ambiental y climática encuentran un claro límite frente al modelo crecentista, algo que Gabriela mencionaba claramente en su intervención. Podremos parar un proyecto minero acá, pero la empresa se va a ir al territorio vecino. Mientras el metabolismo global siga exigiendo la demanda creciente de materiales y energía, un logro de justicia ambiental en un territorio no frena la máquina por completo. Necesitamos ponerle el freno a esa modernidad productivista y poder repensar la economía desde otro lugar, desde otros metabolismos (ver: Leff, 2004).

Desde la óptica de un internacionalismo relacional, miramos entonces el decrecimiento y el post-desarrollo como fundamentales aliados para afrontar las nuevas formas en las que el capitalismo propone sortear la crisis múltiple del siglo XXI, incluyendo los modelos de transición energética corporativa, la digitalización del trabajo productivo, y la invisibilización de los trabajos reproductivos que se vuelven cada vez más centrales para restaurar los equilibrios de la vida en la tierra.

Miriam Lang (ML): Quisiera empezar diciendo que soy de nacionalidad alemana. Vivo en América Latina desde el 2002, hasta el 2006 en México y desde entonces en Ecuador. Y extrañamente, aunque soy europea, mi entrada al decrecimiento fue desde aquí, con una delegación latinoamericana que llegó a una de las conferencias de Degrowth en la ciudad de Leipzig, Alemania en 2014. No solamente nos encontramos allí con un debate académico muy efervescente, sino –y quizás lo más impactante para mí– con un movimiento social joven y masivo, que me llenó de esperanza. En particular porque se estaban discutiendo cosas que resonaban mucho con lo que se discutía también en América Latina. Además, calzaban muy bien con mi lugar de enunciación como una persona del Norte que vive en el Sur, que me coloca en esta tarea de traducción de teoría translocal, de intentar adaptar a diferentes contextos diferentes ideas y hacerlas entender, como una especie de vaso comunicante.

Respecto del consenso inicial que formuló Carlos Tornel: Yo no estoy segura si todas y todos aquí estamos de acuerdo en que necesitamos decrecer en América Latina. Creo que eso es precisamente lo que está a debate, ¿no? En lo que quizás sí estamos de acuerdo, es que a nivel global, las sociedades humanas están sobre explotando su entorno natural y por eso lo están destruyendo. Eso genera la crisis que estamos viviendo. Pero ¿quién tiene que decrecer, cómo y por qué? Eso es un gran debate. Yo creo que está muy campante todavía la idea de que el decrecimiento es para los países ‘ricos’. Y los países ‘pobres’ sí tienen que crecer, porque les falta ‘desarrollarse’ y porque hay pobreza. Y mientras haya pobreza, hay que crecer, porque hay que satisfacer necesidades básicas. Esto se plantea en un tono prácticamente indiscutible, porque sería cruel decir que la gente no debe satisfacer sus necesidades básicas. Quisiera deconstruir un poco esta idea.

Primero, recordando que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) no es necesariamente un factor que lleva directamente a que la gente pueda satisfacer mejor sus necesidades básicas. El PIB es una cifra macroeconómica, que en realidad nos indica que le va bien al proceso de acumulación capitalista. No nos indica si le va bien a la gente en sí. Más bien, lo que sí hace el crecimiento del PIB, como dijo Alberto Acosta al inicio, es alimentar la máquina de desigualdad y de desposesión. La desigualdad social es efectiva y comprobadamente un factor que genera mucho malestar, no bienestar (Gough, 2020).

Segundo, si miramos a América Latina en las últimas décadas, cuando más crecimiento del PIB hubo, fue cuando más florecían las dos formas más características de su economía: la del extractivismo, o la de la industrialización destructiva de salarios bajos y de alta contaminación en corredores industriales que hoy son vistos como zonas de sacrificio. Entonces, los supuestos beneficios económicos del PIB y sus consecuencias socioecológicas también son cuestionables.

Tercero, creo que es muy importante revisar los mapas mentales que nos vienen desde instituciones como el Banco Mundial o la ONU. Una visión del mundo en geografías planas, que diferencia entre países pobres y países ricos y que luego traducimos a Sur global y Norte global. Lo que necesitamos para complejizar este mapa es reconocer las desigualdades y las diversidades dentro de los países y también entre los países. Esto nos permitirá visibilizar otra geografía del mundo, en la que podremos ver que en el Sur también vive gente que forma parte de las élites globales, que recauda, por ejemplo, todo este plusvalor del extractivismo, de la industrialización destructiva, etc., gente que es cómplice de los procesos de desposesión y los viabiliza, en términos de un colonialismo interno. Esta es gente que muy claramente tiene que decrecer su estilo de vida.

En el Sur, el decrecimiento se traduce en alternativas al desarrollo. El prefijo ‘post’ de postdesarrollo sugiere nuevamente una temporalidad lineal, precisamente la que ponemos en duda como la única posible o vigente. Pero en América Latina hay muchas realidades, muchos modos de vida, que evolucionan al margen o por fuera del desarrollo. El desarrollo ha sido y sigue siendo una máquina muy eficaz para la expansión de los modos de vida y mercados capitalistas hacia territorios y pueblos que esta(ba)n por fuera.

Tenemos que discutir si estamos de acuerdo o no con este supuesto de que el decrecimiento, también en Abya Yala, nos puede ayudar a encontrar caminos para un buen vivir construido más desde los territorios, desde los contextos diversos. Hay dos propuestas en toda la elaboración teórica del decrecimiento, que me sugieren que sí es el caso.

La primera habla de la necesidad de evaluar en cada contexto territorial, histórico, sociocultural, biofísico, las necesidades específicas de las personas que viven en este contexto, porque las necesidades no vienen siempre acorde a los estándares internacionales. Dependen del contexto, de la manera de entender el mundo y de las prioridades que la gente pone en el marco de sus necesidades identificadas. Entonces, el decrecimiento propone revisar para cada contexto, con base en estas necesidades específicas, qué tipo de actividades económicas deben crecer porque sirven para sostener la vida y producen efectivamente bienestar, y qué tipo de trabajos, actividades económicas deberían decrecer, disminuir o incluso desaparecer, porque no producen bienestar sino malestar y amenazan la vida. ¿Por qué? Por ejemplo, porque dañan la salud, porque nos da una mala calidad de vida, porque arrasan con la vida que nos rodea, la biodiversidad, etcétera (Hoffmann, 2017; Hoffmann et al., 2024). Evaluar esto no solamente para actividades productivas, sino también las reproductivas y los servicios. Y una vez que hayamos hecho un ejercicio de esta índole democráticamente, colectivamente, sobre esta base podremos construir un buen vivir. Pero esto es un ejercicio de planificación completamente ajeno a lo que hacen normalmente las agencias de desarrollo o los Estados en sus institutos de planificación ‘para el desarrollo’.

La segunda propuesta se refiere a cómo autolimitarnos también desde abajo. Es decir, reconocer que el paradigma expansionista ilimitado es mortal, y en lugar de adherirnos a este como el imaginario único de ‘progreso’, pasar a pensar cada contexto y su gente en su entorno. Nos toca deliberar sobre cuánto peso de destrucción queremos imponer a este entorno concreto que nos rodea y del que somos interdependientes (Lang, Brand, Muraca et al., 2024). Y tenemos muchos, muchos ejemplos de esto en América Latina. Cada consulta popular antiminera, o la consulta que se realizó en Ecuador contra la explotación petrolera en el Parque Nacional Yasuní en 2023, es un ejercicio de autolimitación colectiva en este sentido: cuando la gente mayoritariamente dice, nosotros preferimos el agua, la biodiversidad, a los supuestos ingresos que nos va a traer esta mina, o este yacimiento petrolero, se autolimita democráticamente.

María Paz Aedo (MPA): Cuando hablamos de decrecimiento, partimos de la base del cuestionamiento al incremento del PIB como indicador universal de bienestar y legitimidad de los Estados. Se entiende como un resultado favorable en la balanza comercial, erigido como estándar global de lo que entendemos por desarrollo, pero que resulta tanto reduccionista como ficcional. Es preciso reconocer la dimensión especulativa no sólo del capital financiero, sino de la narrativa misma del crecimiento.

A partir de la pregunta “qué pasaría si…”, la ficción especulativa es un género literario que abarca narrativas que exploran escenarios, mundos o realidades alternativas, a partir de preguntas sobre las posibilidades del futuro, la naturaleza de la humanidad y las implicaciones de ciertos avances tecnológicos o cambios sociales. Es propio de esta ficción suponer que, dadas ciertas condiciones, ocurrirá algo. Precisamente, la narrativa del crecimiento económico sostenido supone que el incremento del PIB traerá bienestar.

Todas las narrativas sociales tienen componentes ficcionales en la medida que proponen y proyectan escenarios futuros a partir de ciertas premisas y dadas ciertas evidencias presentes. En la medida que se expanden y fortalecen, las narrativas cobran fuerza suficiente para imponer agendas y estándares de comportamiento económico y político a escala local, regional y/o global. El problema surge con la negación de su condición especulativa y el supuesto de “objetividad” o de “verdad revelada”, que lleva a negar tanto sus defectos como sus condiciones de posibilidad.

La narrativa hegemónica sobre crecimiento, progreso y desarrollo niega los costos que supone proyectar una demanda sostenida e ilimitada de energía y materiales en un planeta limitado y complejo. Confundir esta ficción con una verdad incuestionable es el detonante de todas las aristas de la crisis múltiple en curso: energética, climática, económica y ambiental. La negación ha llegado al paroxismo de señalar la crisis climática como un fenómeno conspiracional e incluso, una oportunidad de negocios para más crecimiento.

La consolidación del crecimiento sostenido como axioma, a mediados del siglo XX, ha significado la clausura del debate sobre lo que entendemos por bienestar y desarrollo en todo el espectro político. En nuestros países, cualquier señalamiento crítico de esta perspectiva, develando su condición ideológica y especulativa, es denostado con más agresividad que argumentos. Prácticamente todo proyecto político y económico que busque legitimidad y respaldo tiene que dar por cierta la posibilidad de crecer en forma indefinida y orientar todos sus esfuerzos en mantener un PIB en aumento. Esto explica cómo un gobierno declarado progresista como el chileno, abraza una agenda de transición energética marcada por la apertura comercial a la instalación de megaproyectos “verdes”, como el hidrógeno; y a la explotación de minerales estratégicos para la electrificación, como el litio, cuyos costos e impactos parecen invisibles frente a la oportunidad de negocio que implican (Aedo y Cabaña, 2022; Breno y Svampa, 2023). Si se observa rigurosamente la cadena productiva de estos megaproyectos, es posible observar que detrás de las promesas de empleo y cobertura de servicios, su sentido último es la creación de nuevos negocios energéticos, buscando el incremento del PIB.

En tanto hegemonía, el axioma del crecimiento sostenido está presente tiende no sólo en la demanda sostenida de energía y materiales, sino también a la reducción de posibilidades: desde los monocultivos y los extractivismos, a la clausura de lo imaginable y deseable. A nivel micropolítico, coloniza y rigidiza lo que entendemos por bienestar y desarrollo de nuestra propia existencia, a través de la percepción de escasez e insuficiencia. La noción de crecimiento sostenido conlleva implícitamente la idea de que lo que tenemos hoy es insuficiente. Esta noción, creadora de escasez, nos inserta en una espiral de producción y consumo no sólo ecológica sino también afectivamente insostenible. La percepción subjetiva e intersubjetiva de insuficiencia resulta peligrosamente despotenciadora y su abordaje tiende a reforzar la individualización, derivando en problemas como la depresión, la ecoansiedad y la solastalgia. En este sentido, Cvetkovich (2012: 13) propone entender que la depresión “es otra manifestación de formas de biopoder que producen vida y muerte (...) al hacer que las personas se sientan pequeñas, inútiles, sin esperanza.” Ese dolor y esa tristeza por no ser todo lo que querríamos, podríamos y nos gustaría ser tiene que ver con los estándares imposibles que nos impone la idea de “mejora continua” a la base del crecimiento sostenido. La insatisfacción y la percepción de escasez son funcionales y necesarias para mantener el sistema de producción y consumo vigente.

La percepción de escasez e insuficiencia permea nuestro pensamiento, nuestro modo de actuar y nuestras decisiones, más allá incluso de la satisfacción de necesidades. Este aspecto de la narrativa hegemónica del crecimiento sostenido está profundamente arraigado en nuestra manera de habitar el mundo, por lo que su cuestionamiento resulta tan fundamental como impopular. Revisar esta dimensión es relevante porque la narrativa del crecimiento sostenido supone la existencia de un individuo despolitizado, separado y desarraigado del mundo, cuyo bienestar y sobrevivencia depende únicamente de su capacidad de crecimiento y mejora. Esta es la percepción que encarna y actualiza el pensamiento capitalista más radical, que apunta a la desaparición del Estado y al emprendimiento personal como horizonte político.

Es preciso desvelar la condición ficcional de esta narrativa también en sus dimensiones intersubjetivas y culturales. Resulta paradojal que lo humano se nos presenta insuficiente, mientras que la naturaleza se nos presenta completa. Desde la ecología política le damos un valor intrínseco a la naturaleza, pero no a lo humano. Es posible trascender esta paradoja reconociendo la condición afectiva, interdependiente y dinámica de ambos dominios, desdibujando las fronteras. Estos otros modos de pensamiento se encuentran no sólo en los márgenes de los territorios colonizados sino también al centro de los espacios convencionales de discusión y construcción de conocimiento. Se requiere entonces una reconstrucción del lenguaje, los conceptos, las éticas y prácticas de cuidado.

Al reconocer la multiplicidad, dinamismo e interdependencia, es posible comprender que todo lo percibido como formas de existencia, humana, no humana y más que humana -ecosistemas, especies, comunidades, ciudades, cuerpos, tecnologías, instituciones, etc- está en relaciones de afectación mutua (Lara, 2015), caracterizados por la permeabilidad y la independencia. Lejos de la concepción de unidades en progreso y mejora continua, podemos reconocernos como “enjambres de fenómenos irreductibles” (Braidotti & Hlavajova, 2018:15). Esta narrativa ofrece una manera de comprender la diversidad de formas de existencia en su complejidad y valor, tal como ocurre cuando observamos las experiencias encarnadas, cotidianas y presentes de transformación socioecológica en territorios diversos.

Sin embargo, no es tan claro que estas perspectivas se traduzcan en propuestas concretas, tangibles de buen vivir para nuestras comunidades, sistemáticamente precarizadas y cooptadas en su perspectiva de horizonte vital. Uno de los grandes triunfos de la narrativa hegemónica es generar un “efecto eco”, donde sólo vemos lo que está a nuestro alcance más inmediato.

Ante estas tendencias, podemos aprender de las investigadoras feministas la importancia de reconocer la politicidad de lo cotidiano. Recuperar la imaginación política, además de imaginar otros futuros posibles, tiene que ver con mirar el presente y el pasado, desde otras perspectivas. Para eso, es preciso visibilizar y referenciar experiencias como la gestión comunitaria del agua, las energías comunitarias, la producción agroecológica, la educación y la investigación situada, los mercados locales, las prácticas de cuidados y reproducción de la vida, etc. Todas ellas, aunque no se llamen explícitamente decrecentistas, son experiencias de “florecimiento diversificante” distintas del crecimiento hegemonizante. En estas experiencias podemos encontrar las alternativas de lo político posible, reconociéndolas como grietas, ventanas de oportunidad que ofrecen un horizonte social de bienestar distinto y presente, formas de coexistencia que dan soporte y sostén a maneras distintas de habitar y co-crear mundos. Su valor radica en la multiplicidad, siendo la escalabilidad una posibilidad que puede o no estar presente. Es posible reconocer la no totalidad de las hegemonías, por más arraigadas y rígidas que nos parezca.

Carlos Tornel (CT): Quisiera retomar algo que mencionó Miriam: no hay consenso sobre si América Latina debe crecer. Pero, ¿de qué crecimiento hablamos? Este modelo civilizatorio actual –la modernidad capitalista– ha puesto la economía por encima de la vida, una lógica profundamente autodestructiva. Karl Polanyi (2001) señalaba que antes el mercado era parte de la sociedad, pero no absorbía todas sus esferas: las relaciones personales no estaban mediadas por él. En el capitalismo, como planteó Marx, ocurre una transformación radical: el mercado se desincrusta de lo social, y la persona se convierte en un operador, un “sujeto automático”, donde la mercancía, el verdadero sujeto, media las relaciones sociales. Romper con esta automatización capitalista implica cuestionar pilares como el trabajo abstracto, el dinero y la fetichización de la mercancía. Entonces, discutir el decrecimiento requiere primero problematizar estos elementos, ya que dicho crecimiento no es ‘neutral’, sino parte de la modernidad capitalista –que incluye expresiones del capitalismo histórico (Wallerstein, 1980) como el comunismo realmente existente en China, Cuba o la URSS.

Debemos decrecer globalmente en el consumo de energía y materiales, pero ¿quién debe hacerlo, dónde y cómo? No podemos homogeneizar responsabilidades. Como señaló Alberto, existe un “sacrificio imperialista”: Hickel y Sullivan (2024) muestran cómo la extracción de recursos del Sur global sigue siendo vital para sostener al Norte. Pero también hay zonas de sacrificio internas, donde ciertos territorios en el sur se explotan en nombre del desarrollo nacional. Es crucial romper con la visión del Sur como víctima homogénea y del Norte como único opresor: hay nortes en el sur y sures en el norte. Esto nos obliga a repensar el decrecimiento más allá del Estado o de las políticas públicas. Como recuerda Joan Martínez Alier (2021), la economía es lineal y no puede volverse circular. Incluso si cuestionamos la lógica imperial del crecimiento, no se trata de redistribuir o incluir a los excluidos dentro de categorías como trabajo, dinero o sujeto, sino de desmontar una sociedad donde sólo es posible obtener la categoría de sujeto a través del mercado o del Estado (Jappe, 2018). Dividir el pastel de forma equitativa no sólo es inviable cuando hablamos de límites externos e internos del capitalismo13, sino que reproduce la visión reformista de que es posible atender la crisis a través del mismo sistema que la creó. Esto es evidente en el surgir del colonialismo verde o el consenso de la descarbonización, que no son más que una fachada de la misma lógica extractivista-asimiladora del capitalismo (Simpson, 2017).

Como bien propone Gustavo Esteva (2022) la carrera por el desarrollo es una trampa. El sueño americano se convierte rápidamente en una pesadilla al perseguir incansablemente el “más y mejor”. El desarrollo prioriza la competitividad, la eficiencia sobre la suficiencia y la autoexplotación sobre la comunalidad y la convivialidad (Tornel y González Gómez, 2022). Romper con esta lógica implica cuestionar la idea misma del individuo. El individuo es el resultado de una enajenación, la cual surge al concebir a la naturaleza y al ser humano como aislados de su contexto social (Tsing, 2015). Este quiebre con el individualismo es clave para el decrecimiento, pues interpela las lógicas que sostienen a la modernidad: la separación sociedad-naturaleza, el mito del progreso y el universalismo Eurocéntrico. Pensar el decrecimiento así lo sitúa más allá de reformas legales o reducciones del PIB: lo plantea como un proyecto político plural, abierto al diálogo con diversas ontologías y prácticas sociales, capaz de romper con la lógica de valoración capitalista para (re)valorar aquello que se invisibiliza en su nombre: lo que Iván Illich (1980) denominaba como el “dominio vernáculo”.

Quiero destacar a tres pensadores que enriquecen el diálogo sobre el decrecimiento entre el Norte y el Sur global. Iván Illich fue de los primeros en cuestionar cómo las instituciones modernas generan dependencias que limitan la autonomía. Su análisis de los umbrales de funcionalidad en salud, educación o transporte muestra cómo, al rebasarlos, estas instituciones se vuelven contraproducentes, debilitando nuestras capacidades de sanar, aprender o movernos. Esto da lugar a una “guerra contra la subsistencia”, donde formas autónomas de vida son eliminadas, y las herramientas se transforman en sistemas que se vuelven fines en sí mismos. La modernidad, así, produce un sujeto totalmente dependiente de servicios y expertos, sin posibilidad de imaginar o habitar alternativas. Por ello, una estrategia decrecentista no puede centrarse solo en tomar el control del Estado o reformar instituciones sin cuestionar la lógica de la dependencia. Debe partir de la prefiguración, la definición de un techo común, lo convivial y otras formas de organización encarnadas en lo local.

Leopold Kohr fue pionero en cuestionar el tamaño de las cosas. En El colapso de las naciones (1957), sostiene que cualquier entidad –estados, industrias, sistemas– que supera ciertos umbrales se vuelve inmanejable. Reducir las escalas de organización es esencial para una justicia enraizada en lo local, lo tangible y lo histórico. Kohr propone repensar la proporcionalidad para fomentar la convivencia y romper con la lógica de las abstracciones, que tienden a homogeneizar y sostenerse en distintas formas de violencia –física, cognitiva, de género, etc. Por su parte, Serge Latouche plantea, a través de la “abundancia frugal”, que la suficiencia y la simplicidad pueden ser formas de riqueza no ligadas al aumento de bienes materiales. Su propuesta se vincula con la convivialidad y prácticas comunitarias existentes en muchas regiones del Sur global. Esta visión cuestiona la idea de que “todo debe (de)crecer” y plantea el decrecimiento como una filosofía de vida que, encarnada cotidianamente, trasciende la cantidad de cosas o servicios consumidos.

Propongo aquí una distinción clave: no es lo mismo una “sociedad decrecentista”, como se pretende plantear en Europa, que una “sociedad en diálogo con el decrecimiento”, como sugiero desde América Latina. La primera responde al alto consumo histórico de energía y materiales, que ahora buscan reducir su impacto, incluido el neoimperialismo y neocolonialismo extractivo. La segunda implica abrirse a epistemologías y ontologías diversas, como la comunalidad, el Buen Vivir o las autonomías del Congreso Nacional Indígena (CNI). No se trata de crecer primero y luego decrecer –esa es la lógica desarrollista que debemos superar– sino de reconocer cómo valores como la convivialidad, la suficiencia o la abundancia frugal pueden dialogar con otras formas de ser y estar en el mundo. Todo esto sin olvidar la urgencia de reducir el impacto material y energético a escala planetaria, pero con una asignación diferenciada de responsabilidades.

Uno de los desafíos del decrecimiento es que aún no se consolida como un movimiento popular. No cuenta con respaldo masivo ni forma parte del debate cotidiano fuera de algunos círculos académicos y activistas, como ya señalaban mis compañeras. Esto dificulta su articulación con otras luchas sociales. Lo valioso, sin embargo, es el diálogo entre los valores del decrecimiento y las filosofías que emergen desde abajo. No se trata de universalizar el concepto –como ‘paraguas’ o ‘movimiento de movimientos’– sino de propiciar intercambios que fortalezcan alternativas locales. La distinción entre “sociedad decrecentista” y “sociedad en diálogo con el decrecimiento” nos recuerda que las luchas deben partir de realidades y procesos históricos propios, no replicar universalismos al estilo eurocéntrico. Este enfoque puede enriquecer el diálogo entre epistemologías y ontologías diversas, ayudándonos a imaginar alternativas socioecológicamente situadas de justicia, dignidad y bienestar.

Por ello, es clave cuestionar qué exigimos al Estado y cómo nos relacionamos con él, evitando reforzar estructuras que limiten la autonomía. Se trata de construir alternativas locales que puedan dialogar con lo estatal sin reproducir dependencias ni caer en abstracciones inalcanzables. También debemos reflexionar sobre la relación entre derechos y responsabilidades estatales: exigir más derechos puede reforzar nuestra dependencia y el poder del Estado sobre nuestras vidas y restringir las autonomías comunitarias. No se trata de ignorar al estado, ni de caer en el vicio de “cambiarlo desde adentro”, como mencionaba Gabriela, sino de repensar nuestras demandas y crear formas organizativas que sostengan la vida desde lo colectivo, prefigurando al estado, sin delegar en exceso. El desafío es tejer resistencias y propuestas desde abajo, articulando lo local con estrategias globales que enfrenten la lógica extractivista y capitalista. Esto requiere un trabajo constante de prefiguración, de redes y de un internacionalismo crítico constituido por y desde los muchos abajos (De parres, 2023) donde las acciones cotidianas y comunitarias encarnen una eutopía (un lugar bueno existente) frente a una utopía o un ‘no lugar’.

Luca Ferrari (LF): La cuestión central que me gustaría abordar es que solemos presentar el decrecimiento como si fuera una opción política a considerar, es decir si avanzamos por este camino o por otro. Pero si empezamos a analizar los datos duros, descubrimos que en realidad es inevitable. Hemos llegado al límite de la extracción de recursos energéticos y materiales y estamos destruyendo la naturaleza de la que depende la vida a un ritmo acelerado. Se ha señalado al capitalismo como un superorganismo devorador de recursos, y es verdad ya que catalizó la rapidez del proceso de consumo, pero este había comenzado desde antes. La construcción de la sociedad como la conocemos se basa en una economía que a su vez se sostiene en recursos no renovables o finitos, y que cada vez cuesta más trabajo obtener. Hemos alcanzado el máximo de lo que podemos extraer de la energía de este planeta; está extracción históricamente ha sido mal distribuida, con una desigualdad brutal donde un 1% de la población consume 100 veces lo que consume otro 50%; esto también se aplica a las emisiones contaminantes (Oxfam, 2024). Ya no podemos crecer porque no hay recursos energéticos y materiales suficientes, y para los que quedan se incrementa exponencialmente su costo de obtención: petróleo, gas, carbón, junto con los diferentes minerales que van a construir la infraestructura de aprovechamiento de las llamadas “fuentes de energía renovables”. No creo que exista una solución tecnológica a esto. Los escenarios que plantean la posibilidad de un “crecimiento verde” proponen tecnologías de captura de CO2, geoingeniería, hidrógeno verde, entre otros, que han demostrado ser inviables o no escalables. Son soluciones falsas, intentos desesperados para evitar reconocer la realidad de que hemos alcanzado los límites de un planeta finito.

De insistir en un modelo de crecimiento extractivista y capitalista, en favor de las elites corporativas y la gran industria, simplemente vamos a exacerbar los conflictos sociales y finalmente el colapso. Es importante tomar en cuenta, dentro de este contexto de límites planetarios –energéticos, materiales y ambientales– también la cuestión de la enorme y creciente desigualdad. ¿Qué margen de maniobra tenemos? Respecto a esa pregunta, creo que el futuro va hacia una desglobalización y una simplificación a todos los niveles: si recurrimos a referentes históricos, vemos que varias civilizaciones tras alcanzar un auge, sucede un declive. Mencionaba que hemos construido una sociedad compleja, pero la complejidad requiere progresivamente más energía, y cuando ya no hay suficiente para alimentar esa estructura, ésta se va desmoronando. Actualmente ya tenemos grandes conflictos geopolíticos que se han reactivado ante la latente carencia de recursos. Este desabasto ha sido principalmente resentido por las grandes potencias de occidente, particularmente Estados Unidos y, sobre todo, sus principales aliados de la Unión Europea.

Los discursos “virtuosos” sobre el consumo responsable o las “energías renovables”, son mayormente promovidos por aquellos países que ya agotaron sus recursos; es fácil pregonar un nuevo respeto a la naturaleza cuando ya no se tiene nada que explotar. Por otro lado, la incongruencia del relato aumenta cuando es utilizado para querer justificar el extractivismo en otros países. El petróleo convencional que queda, el que tiene menores costes de extracción, está concentrado entre Rusia, Medio Oriente y el norte de África; mientras que los minerales críticos para la transición energética se encuentran mayormente en el sur global. Hoy tenemos guerras disfrazadas con otras motivaciones, pero que son fundamentalmente por los recursos. Frente a la pregunta de ¿qué hacer? regreso a la idea de la simplificación o la abundancia frugal de Latouche que también mencionaba Alberto y Carlos: favorecer y defender las formas de organización más locales, la descentralización de la economía y la democratización de las decisiones.

Referente a si existen países que promuevan el decrecimiento, yo creo que no, y que, detrás de esa negativa, hay una lógica muy pragmática y de corto plazo que, desafortunadamente, no permite que exista un diálogo político verdaderamente interesado en la cuestión. Impera el desconocimiento, la inconsciencia e incluso un prejuicio sobre hablar de decrecimiento, pues incomoda, no es un tema que goce de buena salud como también proponían Gabriela y María Paz: en la política desfavorece a la popularidad o a la posibilidad de reelección, en lo privado tampoco es un tema que se hable, nadie quiere escuchar sobre el fin del mundo como lo conocemos a mitad de una cena familiar o con amigos. Creo que antes de proponer soluciones, primero hay que combatir el rechazo al tema, este negacionismo… ¿Cómo podemos esperar que algo se resuelva cuando ni siquiera hay una conciencia real del problema?

Desde los años 70 sabemos que no podemos crecer exponencialmente en un planeta finito, no obstante, se ha promovido un discurso por parte de un sistema que se beneficia de dicha narrativa en pos de una explotación que genere riquezas, claro, a unos cuantos y siempre a costa de los otros tantos. A pesar de ello, esto no quiere decir que no sea posible generar propuestas y estrategias desde diversas escalas para apuntalar escenarios que parten del decrecimiento, incluso en países del sur global como México, en donde las desigualdades energéticas y materiales también son especialmente agudas (Palacios, et al., 2024). Por fortuna siempre hay otros referentes, poblaciones que han vivido fuera de estas ideologías capitalistas del crecimiento infinito, y que han procurado un equilibrio con el entorno natural. Son pocos, pero esos son los que deberíamos volver a mirar y promover; por más que en los gobiernos actuales sea difícil promover estas opciones.

En el sexenio anterior y hasta ahora estuve como co-coordinador del Programa Nacional Estratégico de Energía y Cambio Climático de Conahcyt, del que surgió el libro Transición Energética Justa y Sustentable (Ferrari, et al., 2024) donde se habla explícitamente de la posibilidad de una tercera vía entre lo que llamamos el crecimiento inercial y el discurso orientado al “crecimiento verde”, concepto que hemos demostrado ser una falacia. La tercera vía radica en tratar de simplificar, ir a una organización económica y política más regional y local, utilizando de manera más parsimoniosa e igualitaria la energía y los recursos. Estos son los esfuerzos que hay que hacer; aprender a vivir de una manera más simple y comunitaria, reemplazando la idea del individualismo y la competencia.

SECCIÓN 2. DEBATE: UNA AGENDA PARA EL DECRECIMIENTO DESDE EL SUR GLOBAL

Partiendo de las intervenciones anteriores, esta sección aborda una serie de cuestiones a discutir que a su vez se informan del diálogo con el público y una reflexión de lxs autores con las intervenciones de lxs demás.

Primero, el diálogo propone que uno de los pasos fundamentales está en la necesidad de pensar en un modo de producción ecologista, que trascienda no solo el capitalismo, sino también otras estructuras históricas de dominación como la explotación laboral, el racismo, el patriarcado y el colonialismo. Este planteamiento exige un cambio cultural profundo, ya que los marcos políticos tradicionales han sido insuficientes para abordar la crisis ecológica desde una perspectiva de justicia socioambiental. Propuestas como la Ecosofía de Raimon Panikkar (2021) proponen justamente una visión desde esta perspectiva, que parte de ‘escuchar a la Tierra’ partiendo de la idea de que lo humano viene de lo vivo: humus o el suelo vivo–humano. Partir de cualquier ciencia, como la economía moderna basada en el crecimiento que no parte del carácter primordial de la tierra o que incluso pretende desvincularse de ella, como ya proponía Karl Polanyi (2001) o tantas otras autoras como Carolyn Merchant (1996), Claudia Von Werlhof (1988) o Vandana Shiva (1988), nos alejan de entender a la Tierra como un sujeto y a partir de ahí desvincularse de ella y por tanto verle como un recurso.

Segundo, construir otros horizontes políticos alternativos parte entonces de reconocer que toda cultura, excepto la moderna/colonial, ha visto a la Madre Tierra como algo más que mero trasfondo o ‘recurso’. La predominancia de modelos distópicos, escenarios apocalípticos y una apatía o incluso nihilismo ante la falla de negociaciones internacionales y el rápido cruce de los límites planetarios en las última décadas (Richardson, et al., 2023) ha dado paso a una ‘ecología superficial’, así como a una gama de falsas soluciones y nuevos negacionismos climáticos (Tornel y Montaño, 2023) que pretenden articular propuestas que no necesitan transformar el sistema social institucionalizado que es el capitalismo, sino simplemente adecuar algunas de sus características. Ejemplo claro es el caso del hidrógeno verde en países como Chile y el fortalecimiento de extremas derechas a lo largo de la región (ver: Aedo y Cabaña, 2022; Cabaña y Balcázar, 2024).

En cambio, otras aproximaciones como la de Nancy Fraser (2022), plantean que el decrecimiento puede articularse con otros movimientos anticapitalistas, feministas y de justicia social para construir un bloque contrahegemónico capaz de disputar el poder. Otras como la proveniente de la Crítica del Valor, argumentan que no es una cuestión de clases o identidades, sino de trascender la lógica de un sistema que sólo nos ofrece la condición de sujeto a partir del mercado, es decir, pensar más allá del dinero, el fetichismo de la mercancía, el trabajo abstracto y el valor de intercambio (Jappe, 2017). En otras palabras, la discusión propone que el decrecimiento, por sí sólo, no puede ser el eje central de una transformación política, sino que debe integrarse en una lucha más amplia contra el capitalismo y sus múltiples crisis - de forma similar a la forma en la que el EZLN (2015) conceptualiza al capitalismo como una hidra (con muchas cabezas).

Tercero, la imposición del decrecimiento como un concepto que surge para y desde el Norte Global sigue siendo un tema importante de debate. Si bien la idea ha sido formulada principalmente en Europa, muchas comunidades indígenas y movimientos populares en América Latina han practicado formas de vida basadas en la suficiencia y la autonomía sin necesidad de adoptar esta terminología. Como se destacó en varias de las aportaciones anteriores, es imperativo dejar de mirar hacia el Norte en busca de soluciones y fortalecer los conocimientos y prácticas de resistencia que ya existen en el Sur Global. Esta crítica se inscribe en una tradición de pensamiento decolonial que cuestiona la universalización de conceptos desarrollados en contextos específicos sin atender a sus implicaciones geopolíticas. Asimismo, una de las preguntas centrales del diálogo fue cómo materializar el decrecimiento en el Sur global. Este punto es esencial pues aunque muchas de las resistencias, procesos de construcción de alternativas y luchas autonómicas en el Sur no se denominen como decrecentistas, sostienen valores y principios en común. Algo que Gustavo Esteva (2024: 414) expresaba a través de la fórmula “Un No, muchos Síes”: un rechazo radical, común, al sistema dominante, que al mismo tiempo asume plenamente la pluralidad del mundo real. La posibilidad de fortalecer redes de cooperación Sur-Sur, estableciendo vínculos con experiencias en América Latina, África y Asia, así como en ‘los sures en el norte’ para intercambiar conocimientos sobre transiciones justas y economías solidarias.

Fortalecer redes de autonomía y autogestión como estrategias concretas de resistencia, es parte de lo que se ha denominado como un “internacionalismo de los muchos abajos” (De Parres, et al., 2023) o un “nuevo internacionalismo eco-territorial” (Bringel y Fernández, 2024). Espacios como el propio Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur o el Tejido Global de Alternativas proponen articular las experiencias de varios procesos territorializados que parten de lo local, pero que no son localistas, es decir, que buscan articularse en redes con el fin de proponer una forma de acción, reconocimiento, acción y solidaridad más allá del Estado nación, sus fronteras y su supeditación al capitalismo global. Comunidades que han logrado la autosuficiencia energética y/o alimentaria, la posibilidad de autogestionarse y de repensar, recuperar o tejer una relacionalidad con sus territorios, ofrecen un punto de referencia para otros procesos que comienzan a territorializar sus luchas y a construir redes anti-capitalistas.

Cuarto, otras propuestas como el repensar el carácter de la deuda externa por una deuda climática o ecológica también fueron objeto de diálogo. Esta noción sugiere que los países tradicionalmente deudores se conviertan en acreedores de dicha deuda. Podría ser una acción directa para revertir la constante tendencia de dependencia de los países sobredesarrollados de los subdesarrollados (Hickel, 2020; Lang, et al., 2024). El sistema financiero internacional, a través de las calificadoras de riesgo y la deuda externa, impone un modelo de crecimiento económico a los países del Sur, condicionando y limitando severamente su capacidad de adoptar modelos alternativos. Un caso emblemático fue el de la exministra colombiana Irene Vélez, quien enfrentó fuertes ataques por proponer el decrecimiento como una política pública. Esto evidencia la existencia de una estructura económica y política que penaliza cualquier intento de transición hacia modelos de desarrollo post-crecimiento.

La deuda ecológica es parte de una serie de acciones que en términos generales se enfrentan al reto de resistir la división internacional del trabajo y la economía política del propio capitalismo. Por lo tanto, su implementación no sólo es poco probable dentro del actual modelo económico global, sino que impulsa a repensar el papel del Estado y las posibilidades de cambio y alternativas dentro de este aquel. Asimismo, se cuestionó una suerte de ‘hipocresía’ del Norte Global en relación con el decrecimiento, pero sin dejar de poner en el centro la crítica a los nortes en el sur. Mientras que en el discurso hegemónico se promueven políticas para una supuesta ‘transición ecológica’, en la práctica, el enverdecimiento de Europa propone una reconfiguración geopolítica global que depende del extractivismo en los muchos sures. Se señaló que, si bien algunos países europeos han reducido su consumo de recursos, esto no se debe a una postura ética, sino al desplazamiento de los costos socioecológicos o las llamadas ‘zonas de sacrificio verde’ hacia otras regiones (Zografos y Robbins, 2020; Tornel, 2024) y la reconfiguración geopolítica asociada al colonialismo verde (Lang, et al., 2024). En este sentido, el concepto de deuda ecológica propone que los países (sobre)desarrollados y los enclaves de acumulación en el sur tienen una responsabilidad histórica en la crisis civilizatoria y deberían asumir compromisos concretos de reparación, redistribución de recursos y energía, así como un decrecimiento planeado. Quinto, el papel del Estado en la discusión del decrecimiento es también uno de los principales puntos de discusión. Por un lado, la falta de viabilidad política del decrecimiento como plataforma política/electoral, como se mencionó en las intervenciones, sigue siendo una de sus grandes problemáticas. En la mayoría de las sociedades, el crecimiento económico sigue siendo visto como sinónimo de progreso y bienestar. Un ejemplo ilustrativo es el caso de Chile, donde la propuesta constitucional de 2019 que incorporaba principios de decrecimiento y Buen Vivir fue rechazada por una mayoría que ha interiorizado el modelo neoliberal como la única vía hacia el desarrollo. Más allá de una discusión que también debe darse acerca de estas reformas constitucionales como de las últimas constituciones de Bolivia y Ecuador aprobadas hace más de una década, es si estas acciones conceden una alternativa más allá del extractivismo en lo económico. O si reconocen un pluralismo jurídico, lo cual si bien es un hecho en las constituciones de Bolivia y Ecuador, se ha mostrado mucho más difícil de implementar en la práctica legislativa subsiguiente y del ejercicio cotidiano de la función judicial del Estado moderno/colonial. A pesar de haber incorporado los derechos de la Naturaleza y (y una ley de derechos de la Madre Tierra en Bolivia) y visiones alternativas al desarrollo como el Buen Vivir o Vivir bien, la transformación de un Estado moderno/colonial a un verdadero Estado plurinacional enfrenta innumerables obstáculos y resistencias. La necesidad de desarrollar estrategias de comunicación, educación y narrativas políticas que permitan articular redes de mejor manera y conectarnos con las siguientes generaciones en espacios públicos y políticos son esenciales para cuestionar las narrativas hegemónicas sobre el progreso, el desarrollo y el crecimiento.

Por otro lado, se discutió sobre la naturaleza misma del Estado y sus posibilidades de articular una propuesta hacia el decrecimiento. El Estado, como un sistema que se originó en la modernidad capitalista, es una estructura diseñada para garantizar las condiciones de acumulación del capital, es decir para fomentar el crecimiento y, por lo tanto, difícilmente podrá liderar una transición hacia el decrecimiento. Otros argumentaron que es fundamental disputar su orientación, hacer uso de un poder instituyente desde abajo y construir instituciones que permitan una transformación ecosocial. Se recuperó la frase de Aníbal Quijano: “Desde adentro o desde afuera, pero siempre en contra”, para ilustrar la tensión entre la necesidad de influir en las políticas estatales y, al mismo tiempo, reconocer sus limitaciones estructurales dentro del capitalismo. Coincidimos que no se trata de ignorar al Estado, sino de repensar nuestra relación con él de manera prefigurativa y siempre apuntando hacia la construcción de autonomías, comunidades, colectivos y procesos enraizados. Sin embargo, coincidimos en la importancia de cuestionar la lógica de ‘cambiar el mundo desde arriba’ como proponen Machado y Zibechi (2017). Por ejemplo, en algunos ejes de la transformación ecosocial como la relación comunitaria con la energía, pensada más allá de una simple sustitución de tecnologías y recursos, se hace necesaria la construcción de un camino hacia una gestión de ‘energías comunitarias’ (Roa y Carrillo, 2023). Estas alternativas presentan la posibilidad de pensar la autonomía como una gestión relacional en el territorio, imaginando una visión que va más allá del Estado como el único gestor de la energía (Lang, 2024), pero que dé paso y genere un marco favorable para la organización colectiva, comunitaria, de ayuda mutua y basada en la autodeterminación y la autonomía de diversas comunidades (ver: Post, et al., 2025).

Finalmente, queremos enfatizar una cuestión latente en nuestra discusión sobre el colapso: aunque esta noción ha ganado fuerza en los discursos actuales frente a la crisis civilizatoria, muchas de sus formulaciones siguen ancladas en perspectivas problemáticas. Jared Diamond (2005), por ejemplo, popularizó una visión donde las sociedades antiguas colapsan por factores internos (como la mala gestión de recursos) y externos (como desastres naturales), reproduciendo una narrativa evolucionista y funcionalista que despolitiza las dinámicas históricas del poder, ignorando las relaciones coloniales y omitiendo las lógicas estructurales del capitalismo. Como advierte Jason W. Moore (2015), esta mirada corre el riesgo de presentar a la naturaleza como un agente externo que castiga a la humanidad, olvidando que “la naturaleza” ha sido históricamente moldeada por relaciones de clase, raza, género y colonialidad. Raúl Ornelas y Daniel Inclán (2024) cuestionan la idea del colapso como una fase más del ciclo creativodestructivo del capitalismo, pues ello invisibiliza la singularidad histórica del momento actual. A diferencia de crisis anteriores, gestionadas mediante soluciones espaciales o tecnológicas (como sostienen Wallerstein o Moore), el colapso actual representa una degradación terminal de las condiciones materiales y sociales de reproducción que no puede ser absorbida dentro del sistema que la generó. También advierten sobre el uso indistinto del término “colapso” para procesos tan diversos como las colonizaciones europeas: aunque estas implican el colapso desde el punto de vista de los nativos, también invisibilizan la construcción de “formas de vivir dentro del capitalismo que expresaban la posibilidad de sobrevivir en un contexto que les negaba la vida.”

Uno de los problemas centrales de la narrativa del colapso es su aparente neutralidad científica, que en realidad refuerza una visión colonial y universalista del mundo, se le suele presentar como una anomalía del progreso civilizatorio. Sin embargo, Anselm Jappe (2018) plantea que no se trata de un accidente, sino del desenlace lógico de una civilización basada en la autovalorización del valor, la abstracción del trabajo y la lógica del capital. El colapso no surge por escasez de recursos ni por decisiones erradas, sino por la propia lógica autófaga del capitalismo, que agota sus fundamentos materiales y humanos, automatiza el trabajo y destruye los vínculos sociales. Como advierte Moira Millán (2024), el terricidio –la destrucción sistemática de las condiciones de vida– está inscrito en esta lógica, herencia de 500 años de modernidad capitalista, colonial y racista. Lo que colapsa no es un sistema global neutral, sino un proyecto civilizatorio moderno-colonial impuesto a través del despojo, el epistemicidio y la violencia (Rivera Cusicanqui; 2010; de la Cadena 2015). Frente a las narrativas apocalípticas o deterministas del colapso, se abre una vía de transformación radical. Desde el decrecimiento y la propuesta del pluriverso (Kothari et al., 2019), se propone pensar y construir múltiples mundos posibles, más allá del monocultivo de la modernidad.

CONCLUSIONES. UNA AGENDA DE INVESTIGACIÓN SOBRE EL DECRECIMIENTO PARA LA ECOLOGÍA POLÍTICA Y DESDE EL SUR GLOBAL

Este diálogo ofrece una contribución clave al debate sobre el decrecimiento al reubicarlo desde los territorios, luchas y saberes del Sur Global, especialmente desde América Latina. En lugar de adoptar de manera acrítica las propuestas del Norte Global, las voces reunidas aquí subrayan la necesidad de pensar el decrecimiento no como una receta universal, sino como una herramienta crítica y situada que dialogue con tradiciones como el Buen Vivir y la comunalidad, así como ejercicios encarnados en diversos territorios de autogestión, suficiencia y autolimitación colectiva. A través de intervenciones diversas y complementarias, se insiste en que el decrecimiento no puede limitarse a una reducción del PIB, sino que debe articularse con una transformación radical de los modos de vida, de las relaciones con los territorios y de rechazar la lógica civilizatoria impuesta por la modernidad capitalista, en clave patriarcal y colonial.

El texto también plantea una serie de interrogantes clave para avanzar en una agenda de decrecimiento desde el Sur: ¿Cómo construir proyectos post-crecimiento sin reproducir la dependencia estructural del capitalismo global ni las lógicas desarrollistas impuestas desde el Estado? ¿Qué lugar ocupa el Estado en estas transiciones, y cómo se articulan sus límites y potencialidades con las formas autonómicas y comunitarias? ¿Cómo sostener formas de vida dignas en escenarios marcados por la escasez energética, la desigualdad extrema y la crisis civilizatoria? ¿Es posible fortalecer redes de cooperación Sur-Sur que articulen experiencias de autonomía, justicia ecológica y organización comunal sin caer en la homogeneización? Estas preguntas abren una agenda de investigación, militancia y acción política que trasciende los marcos tradicionales de la izquierda eurocéntrica (o estadocéntrica) y del ecologismo superficial e institucionalizado.

El diálogo con el decrecimiento desde el sur es a su vez un punto clave para la ecología política, puesto que sugiere una reconfiguración profunda del pensamiento y la práctica. Pensar el decrecimiento desde América Latina implica no sólo criticar el crecimiento, sino también desmontar la noción misma de desarrollo, desnaturalizar la centralidad del Estado y revalorar los saberes y prácticas territoriales que han resistido durante siglos a la lógica extractiva y acumulativa. Se trata de construir una propuesta de decrecimiento que parta de los cuerpos, los territorios y las relacionalidades: no como retorno romántico al pasado, sino como la reivindicación del pasado y la encarnación de un presente y futuro múltiple y habitable. En este sentido, conceptos como el internacionalismo de los muchos abajos, la autolimitación definida colectivamente y la relacionalidad ecosocial se convierten en pilares de una praxis emancipadora y en claves para el pensamiento de la ecología política desde el sur.

El desafío no es menor: requiere una pedagogía política que conecte las escalas local y global, que recupere la imaginación colectiva y que visibilice las grietas ya existentes en el sistema. Más que un horizonte utópico lejano, el decrecimiento se presenta aquí como una praxis encarnada, plural y radicalmente situada. En lugar de buscar una gran solución, se trata de reconocer los muchos síes que ya florecen en medio del colapso y el no compartido que se manifiesta ante su rechazo. El aporte de América Latina y los sures globales al debate global sobre decrecimiento no sólo enriquece sus horizontes teóricos y políticos, sino que aporta desde la práctica concreta de resistencias, comunalidades y autonomías en construcción.

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NOTAS

  1. Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur y Tejido Global de Alternativas. Autor correspondiente: tornelc@gmail.com ↩
  2. Economista ecuatoriano y compañero de lucha de varios movimientos sociales, parte del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur. ↩
  3. Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur ↩
  4. Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur ↩
  5. Universidad Andina Simón Bolívar, Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur y del Grupo de Trabajo: Más Allá del Desarrollo. ↩
  6. Universidad Diego Portales, Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur. ↩
  7. UNAM y parte del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur. ↩
  8. Pacto Ecosocial del Sur, Observatorio Ukamau Territorio y Dignidad y Red Latinoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Sociales y Ambientales. ↩
  9. Ver: https://www.beyond-growth-2023.eu/ ↩
  10. Esta iniciativa nace de un grupo de personas y organizaciones de diferentes países latinoamericanos. Nos motiva la urgencia de construir dinámicas sociales capaces de responder a y contrarrestar las dinámicas de reacomodo capitalista, concentración de riqueza y destrucción de ecosistemas que vemos surgir en medio de la crisis civilizatoria, y de configurar, conjuntamente con quienes deseen juntarse, un horizonte colectivo de transformación para Nuestra América que garantice un futuro digno. ↩
  11. Para una revisión ver: Esteva G (2018) Prólogo a la Edición en México. En: D’alisa G; Demaria F; Kallis G (2018) Decrecimiento. Vocabulario para una nueva era. Edición para México. Icaria, Heinrich Böll Stiftung: España-México, 399 pp. ↩
  12. El libro está disponible en versión digital aquí: https://mx.boell.org/es/2019/02/18/decrecimiento-vocabulario-para-una-nueva-era ↩
  13. Por razones de espacio no puedo desarrollar esta cuestión, para ello ver: Tornel, 2024. ↩